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Mostrando las entradas con la etiqueta Veranos europeos. Mostrar todas las entradas
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Veranos europeos: ¿Se llevará otra vez el rojo diablo?

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La Eurocopa de 1980 la organizó Italia. 32 países jugaron la fase previa, dividos en siete grupos de los que salieron los campeones que se clasificaron para la fase final. Fue la primera edición en la que el número de participantes aumentó a ocho y por primera vez, también, el país anfitrión tenía plaza asegurada. Así que a Italia se unieron: Alemania Federal, España, Grecia, Checoslovaquia, Inglaterra, Holanda y Bélgica.

Bélgica participaba por segunda vez en la fase final del torneo (había debutado en la edición de 1972) y se iba a enfrentar en la primera fase a ingleses, españoles e italianos. Sin participar en los dos últimos mundiales, la medalla de Oro olímpica conseguida en 1920 era apenas un recuerdo en los libros de historia del deporte.

Pero algo estaba cambiando en el fútbol belga, puesto que a finales de los años setenta el Anderlecht conseguía ganar el primer título europeo: la Recopa de Europa de 1976 (4-2 al West Ham United). Además disputaría otras dos finales consecutivas en la misma competición, ganando el título en 1978. A esto hay que añadir las dos Supercopas de Europa que le ganó a Bayern Munich y Liverpool (quien, a su vez, había sido Campeón de Europa derrotando al único equipo belga que ha jugado una final de esta competición: el Brujas).

Así pues, con un bloque de jugadores provenientes de estos dos equipos y de otros como el Standard de Lieja y el Beveren en el que defendía la portería Jean Marie Pfaff, el seleccionador Guy Thys armó un conjunto que se clasificó dejando fuera a Austria, Portugal, Noruega y Escocia.

Bélgica e Inglaterra empataron 1-1 en el primer partido de la primera fase. Lo que unido al empate sin goles entre España e Italia dejaba la lucha por el primer puesto de grupo y por tanto la clasificación para la final (en esta edición no se jugaron semifinales) abierta por completo. En la segunda jornada, Bélgica e Italia ganaron sus partidos a España e Inglaterra respectivamente (2-1 y 1-0) por lo que el choque entre belgas y el equipo anfitrión se presentaba decisivo. El que se llevara el partido jugaba la final, aunque el empate beneficiaba al conjunto belga por los goles marcados a favor.

El partido se disputó el 18 de junio en el estadio Olímpico de Roma y los locales lo tenían todo a favor. Sin embargo, el encuentro concluyó en un empate sin goles que dejaba fuera a la selección dirigida por Enzo Bearzot. Bélgica iba a jugar la final de la Eurocopa. El rival, Alemania Federal que alcanzaba la final por tercera vez consecutiva. Dos goles de Hrubesch dieron el segundo título a los teutones.

Bélgica perdió aquella final pero iniciaba su época dorada. Acompañada, de nuevo, por el triunfo del Anderlecht en la Copa de la UEFA del año 1983 y los subcampeonatos del Standard de Lieja en la Recopa de 1982 y del propio Anderlecht en la UEFA del 84, los 80 fueron la década de los “Diablos Rojos”. Van Der Elst, Gerets, el citado Pfaff, Ceulemans, Cools, Vandereycken... convirtieron a la selección belga en una escuadra respetada y temible.

Si bien no consiguieron ganar ningún título, el combinado belga fue un habitual de las fases finales de Mundial y Eurocopa, consiguiendo algunas victorias de prestigio ante rivales como Francia y Holanda en los clasificatorios y URSS y España en el Mundial del 86. Aunque sobresale, por encima de todas, la conseguida ante Argentina (vigente Campeona del Mundo) por 1-0 en el partido inaugural del Mundial 82 en el Camp Nou de Barcelona. Precisamente, fue Argentina con Maradona al frente la que privó al equipo de Guy Thys de jugar la final del Mundial celebrado en México.

Cosas del destino, veintiocho años después Argentina se cruzó de nuevo en el camino mundialista de una selección que había desaparecido del concierto europeo tras doce años alejada de los grandes torneos internacionales. Higuaín con su gol eliminaba a uno de los equipos que más expectación había suscitado en la última cita mundialista de Brasil.

Italia, Irlanda y Suecia pondrán a prueba a una de las selecciones, a priori, más atractiva de las 24 que disputarán la próxima Eurocopa de Francia. ¿Serán capaces Hazard, De Bruyne, Fellaini, Mirallas, etc... de poner de moda, otra vez, el rojo diablo?

Alfonso Massó (@alfonsomasso)

Robert, Sylvain y David

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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

El fútbol está repleto de momentos en los que se convierten en protagonistas aquellos que no están, a priori, llamados a serlo. Pero ver el fútbol desde este punto de vista nos lleva a una interpretación del mismo como un juego individual y no colectivo, de equipo, que en el fondo es de lo que se trata: que once personas se identifiquen con una idea, sean capaces de plasmarla sobre el terreno de juego y demuestren sus habilidades individuales en beneficio del grupo.

Lógicamente, cuanto mayor es la influencia singular más relevancia se tiene entre compañeros, aficionados y periodistas. La historia del fútbol se rinde a los pies de aquellos nombres que consiguieron destacar (Maradona, Pelé, Di Stéfano, Cruyff...) pero también está lleno de jugadores sin los cuales los éxitos o el reconocimiento de éstos no sería el mismo.

La Eurocopa del año 2000, la celebrada en Holanda y Bélgica (primera vez que el torneo se celebraba en una sede compartida) vivió uno de esos momentos. Francia acudía a la cita como Campeona del Mundo y Roger Lemerre confió en el mismo bloque de jugadores para afrontar el torneo en una primera fase que les iba a enfrentar a tres rivales que también habían conseguido la Eurocopa: Dinamarca, República Checa y los anfitriones, Holanda. A Zidane, Deschamps, Blanc, Djorkaeff, Thuram y Barthez se unieron unos jóvenes Henry, Anelka y Trezeguet.

En aquella plantilla también se encontraban jugadores como Sylvain Wiltord que por entonces pertenecía al Girondis de Burdeos y el centrocampista ofensivo del Olympique de Marsella Robert Pirès. Con una delantera formada por el indiscutible Henry, acompañado unas veces por Anelka y otras por Dugarry, Wiltord fue titular en el partido contra Holanda en el que Francia ya estaba clasificada para los cuartos de final y el seleccionador galo decidió hacer rotaciones. Lo mismo le ocurría a Pirès, teniendo a Zidane y a Djorkaeff como titulares. Cuando el asunto se puso de nuevo serio, contra España en el cruce de cuartos, ni Wiltord ni Pirès jugaron un sólo minuto, siendo de nuevo suplentes en el partido de semifinales ante Portugal.

El rival en la final fue Italia. El técnico francés confió de nuevo en su equipo de gala. La primera mitad concluyó con 0-0. En la reanudación, Marco Delvecchio adelantó a los italianos en el minuto 55. Lemerre reaccionó y cambió a Dugarry por Wiltord en el minuto 58. El partido avanzaba y los campeones del mundo no eran capaces de atravesar la férrea defensa italiana. Con el tiempo cumplido, el colegiado decretó cuatro minutos de tiempo extra. A la desesperada los franceses se lanzaron al ataque, con el banquillo azzurro celebrando el título y protestando al árbitro que no pitara ya el final.

Pero en diez segundos el guión de aquella final iba a cambiar y de qué manera. Se cumplía el minuto 93 cuando Barthez pateó el balón tras un fuera de juego. Trezeguet, que también había saltado al terreno de juego por Djorkaeff, cabezeó la pelota hacia la banda izquierda. Cannavaro, inmenso durante el partido y durante el torneo no alcanzó a despejar bien el esférico que cayó a la posición donde se encontraba Wiltord. Con el pecho, hizó un control orientado que le dejó el balón botando para rematarlo con su pierna izquierda. Francesco Toldo, el meta italiano, no pudo atajarlo y Francia igualaba la final.

Desolado, el equipo de Zoff no se repuso del golpe y vió como en una jugada por la banda izquierda entre Wiltord y Pirès (en el campo desde el minuto 86 por Lizarazu) terminó con un pase de la muerte que Trezeguet remató a portería lejos del alcance del portero de la Fiorentina. Gol de oro que daba el título a Francia y ponía punto final al partido.

Francia conquistaba su segundo título y se convertía en la primera selección en ganar de forma consecutiva Mundial y Eurocopa. Pirès, Wiltord y Trezeguet se convirtieron en protagonistas y demostraron que en el fútbol, y en la vida, los Zidane, Henry y compañía necesitan de su presencia y de su participación.

Veranos europeos: Y entonces se presentó Alemania Federal

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Escribir sobre la historia del fútbol de Europa a nivel de selecciones y no mencionar a Alemania sería como escribir de cine sin hablar de Kubrick, de música sin referirnos a los Beatles o los Stones, y de literatura sin citar a Cervantes, Shakespeare o García Márquez, por ejemplo.

Ligada obviamente a la realidad política y social que representa, la selección de fútbol alemana ha pasado a lo largo del tiempo por varias denominaciones. Heredera de la Alemania Nazi, tras la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1949, Alemania se dividía en la zona occidental, la Alemania Federal, y en la zona oriental, la Alemania Democrática. A esta división se unió la autonomía del Protectorado del Sarre que estuvo controlado por Francia desde 1947 a 1956 lo que le permitió formar su propia selección nacional. De hecho, el protectorado del Sarre participó en los JJ.OO de Helsinki 1952, y la selección de fútbol, integrada como miembro de la UEFA y de la FIFA, llegó a tomar parte en la calificación para el Mundial de 1954, enfrentándose precisamente en dos partidos ante Alemania Occidental. En 1957, y tras la incorporación, otra vez, a dominio alemán, sus selecciones deportivas dejaron de existir.

Tras su renuncia en las dos primeras ediciones de la Eurocopa por motivos políticos, al creer que su selección solo debía disputar la Copa Mundial, desprestigiando así el Campeonato de Europa del que sí formaba parte la Alemania comunista y buena parte de los países del este, en 1968 decidió participar aunque fue eliminada a las primeras de cambio después de empatar 0-0 contra Albania en Tirana y quedar segunda en su grupo de clasificación detrás de Yugoslavia.

Cuatro años después, en la edición que se disputó en Bélgica en 1972, los alemanes del oeste apearon de los cuartos de final a Polonia, Turquía y Albania. Derrotaron a Inglaterra venciendo en Wembley por 1-3 y se plantaron en la fase final a cuatro junto a Bélgica, Hungría y URSS. Aquel equipo dirigido por Helmut Schön y capitaneado por Beckenbauer, contaba entre sus filas con Sepp Maier en la portería, Breitner, Hoeness, Heynckes y el delantero centro Gerd Müller. Dos goles del “torpedo” alemán eliminaron a los anfitriones en semifinales. Los soviéticos esperaban en la gran final en el estadio “Rey Balduino” de Bruselas. Otros dos goles de Müller y otro de Wimmer coronaban a la República Federal de Alemania como campeona de Europa. A partir de ahí, los alemanes enlazaron otras dos finales de eurocopa consecutivas (1976 y 1980) con el triunfo en 1974 de la Copa del Mundo, donde se produjo el único enfrentamiento entre las dos alemanias y con triunfo por 1-0 de Alemania Democrática.

Con la reunificación alemana en octubre de 1990, la Eurocopa de Suecia en 1992 fue el primer torneo que disputó bajo la denominación de Alemania, llegando de nuevo a la final, cosa que repitiría cuatro años más tarde venciendo a la República Checa en Inglaterra 96. Su último título. En total, 6 finales jugadas (3 ganadas y 3 perdidas) y 8 veces semifinalista. Si a eso unimos su trayectoria mundialista (8 finales jugadas: 4 ganadas y 4 perdidas, y 13 veces semifinalista) entenderemos la dimensión de una selección que nos volvió a dejar impresionados el 8 de julio de 2014 cuando derrotó 1-7 a Brasil en Belo-Horizonte. Aquella noche, muchos de nosotros empezamos a llegar a entender lo que supuso el famoso “maracanazo” uruguayo del 50.

Algunos de los nombres propios citados anteriormente, más Fritz Walter, Max Morlock, Uwe Seeler, Rummenigge, Rudi Völler, Schumacher, Schuster, Stielike, Matthaüs, Brehme, Klinsmann, Sammer, Effenberg, Bierhoff, Ballack, Kahn, Klose, Lahm, Schweinsteiger, Thomas Müller, Kroos, Özil, Neuer, Götze...y un largísimo etcétera son los futbolístas que han formado parte de la selección más laureada del continente europeo y una de las mejores del mundo.


Alfonso Massó (@alfonsomasso)

Veranos europeos: La obra de arte de Van... Basten

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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

Holanda no estará presente en la próxima Eurocopa. Será la ausencia más destacada. La selección que terminó en el cuadro de honor del último Mundial, ocupando el 3º puesto, no fue capaz de clasificarse en un grupo en el que la República Checa, la sorprendente Islandia, y Turquía sacaron más puntos que el conjunto entrenado por Danny Blind. Ya empezó mal la clasificación perdiendo el primer partido ante los checos por 2-1. La inesperada derrota en Islandia por 2-0 empezó a preocupar a los aficionados oranje que vieron como su equipo no fue capaz de enderezar el rumbo en casa sin poder ganar a Turquía (1-1) e Islandia (0-1). En el partido decisivo, Holanda sucumbió en Turquía por 3-0 y dijo adiós a la fase final del torneo por primera vez desde 1984.

La selección del pequeño país europeo siempre ha sido una de las candidatas al título tanto en Mundiales como en Eurocopas desde los años 70 del siglo pasado. Pero le ha sucedido lo mismo que a la selección española: muchas expectativas y pocos resultados. La década de los setenta representó sus años dorados en la que pasaron de no disputar el Mundial del 70 y la Euro 72 a jugar dos finales consecutivas del Campeonato del Mundo: Alemania 74 y Argentina 78 y quedar en tercer lugar en la Euro de 1976.

La época de la “naranja mecánica” con Rep, Neeskens, Krol, Rensenbrik, Jansen, y, por supuesto, el tristemente fallecido Cruyff como algunos de los jugadores más detacados de lo que se llamó el fútbol total, coincidió en el tiempo con el reinado en la Copa de Europa del Feyenoord primero (1970) y del Ajax después (1971-72-73). A partir de ahí, cada cierto tiempo, una nueva generación de futbolistas holandeses (con Bergkamp, Kluivert, Van Nistelrooy, Robben y Van Persie a la cabeza, entre otros muchos) ha sido capaz de sorprendernos y enamorarnos con su juego vistoso y dinámico, aunque al final nunca consiguieran ganar el título en juego.

A finales de los ochenta, en la Eurocopa de 1988, una de esas camadas, sí fue capaz de ganar el que hasta la fecha es el único título que tiene en su palmarés Holanda. A las órdenes de Rinus Michels, el equipo formado por jugadores que militaban en el PSV Eindhoven (Van Breukelen, Koeman, Van Aerle, Kieft...), en el Ajax (Rijkaard, Wouters, Van´t Schip...) y los milanistas Gullit y Van Basten consiguieron llegar a la final y derrotar en el Olympiastadion de Múnich a la URSS por 2-0.

Y eso que el camino no fue fácil ya que perdió en el primer partido ante el mismo rival por 1-0. Tres días después, la victoria ante Inglaterra con tres goles del protagonista de este capítulo haría que la selección holandesa levantará el vuelo y se clasificara para las semifinales con un triunfo por la mínima ante Irlanda con un gol de Kieft a ocho minutos del final.

Los anfitriones serían los rivales en Hamburgo y, otra vez, un gol postrero del delantero del Milan a falta de dos minutos para el final del partido, clasificó a su selección para disputar la gran final. Pero lo mejor estaba aún por llegar. La primera parte de la final había concluído con 1-0 con el gol de Gullit en el minuto 32. A los diez minutos de la reanudación un mal despeje de Zavarov permitió a Adri Van Tiggelen asistir en la izquierda a Arnold Mühren. Su centro al primer toque fue muy bombeado al segundo palo y cuando le llegó el esférico a Van Basten se encontraba muy escorado dentro del área con solo la opción de pase a Gullit. Pero en lugar de eso, enganchó una volea sorprendente con su pierna derecha que pasó por encima de la cabeza del portero ruso Dasayev y se coló por el palo largo.

Aquel gol sigue siendo uno de los mejores goles que se han visto en la historia del fútbol europeo (y mundial): una obra de arte al alcance de muy pocos jugadores. Es para los holandeses y todos los amantes del fútbol y de la belleza, como los cuadros de Van Gogh, patrimonio inmaterial de la humanidad.

Veranos europeos: El final de la maldición (o la convicción de Luis Aragonés)

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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

Recuerdo que el reloj marcaría las once y veinte de la noche (minutos más, minutos menos) cuando Fábregas batía a Buffon en el noveno lanzamiento de la tanda de penaltis del partido ante Italia de cuartos de final celebrado en el Ernst-Happel-Stadion de Viena la noche del 22 de junio y clasificaba a la selección española para jugar las semifinales de aquella Eurocopa del 2008. Pero no sólo eso, en un abrir y cerrar de ojos, se ponía fin a una época de continuas frustraciones y decepciones que acabaron germinando en una especie de complejo que presuponía que España no podía competir de igual a igual con las grandes potencias mundiales y que el camino en los grandes torneos terminaba siempre en la insuperable barrera de los cuartos de final.

Desde la final de la Eurocopa de Francia de 1984, la historia del fútbol español está repleta de nombres (tanto de jugadores como de entrenadores) que simbolizan, con sus errores en jugadas decisivas o con sus decisiones y filosofía del juego, el fracaso deportivo de un país que teniendo en su Liga a dos de los gigantes del fútbol mundial (Madrid y Barcelona) no entendía por qué siempre se tropezaba en la misma piedra. La lista incluye nombres como Eloy en México 86, Julio Salinas en Estados Unidos 94, Hierro y Nadal en la Eurocopa del 96, Javier Clemente en Francia 98, Raúl en la Eurocopa del 2000, Joaquín en Corea-Japón en el año 2002, e Iñaki Sáez en la Eurocopa de Portugal 2004.

¿Qué ocurrió, entonces, para que se diera la vuelta a la situación? Analizando los hechos con la perspectiva que da el paso del tiempo, no sucedió nada milagroso, es más, pienso que lo de la maldición y toda la leyenda que se creó se debió más a las falsas expectativas maximizadas, la mayoría de las veces, por parte de la prensa, antes de cada torneo. Simplemente, antes no eran los mejores. Eran buenos, algunos, incluso, muy buenos pero no los mejores.

Por poner algunos ejemplos, Fábregas tenía 21 años cuando lanzó el penalti que nos clasificó y ya con 17 ó 18 años era un pieza fundamental del Arsenal. Julio Salinas, delantero del Barcelona en el “Dream Team” de Cruyff era suplente de un tal Romario que esa misma temporada del Mundial 94 anotó 30 goles en 33 partidos de Liga. En esa misma tanda de penaltis de la que hablamos, Casillas, posiblemente, fuera uno de los mejores porteros del mundo (detuvo dos lanzamientos). Zubizarreta con 35 años, en 1996 ante los ingleses, no detuvo ninguno.

Ya sé que el fútbol no es tan simple como estas líneas que estoy escribiendo e influyen otros factores como la suerte, el arbitraje y por supuesto el rival. Estoy pensando, por ejemplo, en el “robo” perpetrado a Italia y a la propia España, en el mundial asiático del 2002. Pero el éxito empieza aceptando lo que uno es y creyendo hasta dónde puede llegar y a eso ayudó, y mucho, Luis Aragonés. También tuvo que soportar otro fracaso, esta vez la derrota contra Francia en el Mundial del 2006. Pero sentó las bases de los éxitos obtenidos en estos últimos años, no sin sufrir presiones y ataques (mediáticos) por algunas de sus decisiones. Apostó por un estilo definido, con el toque por bandera y Casillas, Puyol, Ramos, Xavi, Iniesta, Fábregas, Cazorla, Villa, Fernando Torres y demás hicieron no lo que tenían que hacer, sino lo que sabían hacer.

Con el título ya conseguido, de repente nos acordamos de que en 1964 ya habíamos ganado otra Eurocopa. De ser unos malditos, pasamos a igualar a títulos con Francia y a superar a selecciones como Italia.

Simplemente, ganamos cuando fuímos los mejores.

Veranos europeos: El penalti más largo (y famoso) del mundo

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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

En el año 2005 se estrenó en España una película que cuenta la vida de un trabajador de un supermercado de barrio y que juega al fútbol como portero de un equipo de la tercera división regional. Fernando, así se llama el protagonista, siempre es suplente, pero en el último partido de la temporada el portero titular se lesiona en una jugada en la que el árbitro señala penalti y tiene que ocupar la portería. Si para el penalti, el equipo será campeón y subirá de categoría. Cuando el jugador del equipo contrario está a punto de lanzarlo, unos hinchas invaden el campo y el partido se suspende. El comité de competición decide que se lance el penalti al siguiente domingo. En tono de comedia, la película hace un retrato costumbrista de la clase obrera y de la gente más desfavorecida y los problemas de la España de hace una década con el fútbol como telón de fondo...

En la realidad, en la historia del fútbol, el penalti más famoso del mundo se lanzó en Belgrado el 20 de junio de 1976 y sirvió para dar el título de Campeón de Europa a Checoslovaquia. Su autor no es otro que Antonín Panenka. Siempre que se habla del penalti de Panenka se hace desde el lado del triunfador, del que se lleva la gloria. Pero en esta ocasión quería hablar y valorar a la parte perjudicada, el portero que defendía la portería: Sepp Maier.

Maier desarrolló toda su carrera como jugador en el Bayern de Múnich (1966-1979). Durante ese tiempo consiguió numerosos títulos nacionales así como tres Copas de Europa consecutivas (74, 75 y 76). Además, era el titular indiscutible de la selección alemana que venía de conquistar, de forma consecutiva, la Eurocopa en el año 72 y el Mundial del 74. Apodado “el gato”, Maier fue reconocido como mejor jugador alemán del año en 1975.

La final de aquella Eurocopa terminó, tras jugarse la prórroga, con el resultado de 2-2. Aprobados ya oficialmente por la FIFA, los lanzamientos desde el punto de penalti iban a decidir, por primera vez, el campeón de un gran torneo, cuya fase final organizó Yugoslavia. Los siete primeros lanzamientos fueron convertidos por los jugadores, pero el alemán Uli Hoeness erró el suyo con un cañonazo que envió por encima de la portería. En el siguiente lanzamiento, el noveno de la tanda, el jugador checoslovaco inició la carrera desde fuera del área y, con un toque sútil, elevó la pelota suavemente a media altura dibujando una parábola que acabó entrando por el centro de la portería que Maier había dejado vacía al lanzarse hacia el lado izquierdo. La imagen que ilustra el artículo refleja claramente los dos lados de la misma situación: el uno, triunfante, mano en alto , celebrando el título incluso antes de que el balón rebase la línea de gol; el otro, por los suelos, casi arrodillado, con una postura como de desubicado, sin saber muy bien qué diablos había sucedido.

…por cierto, en la ficción la historia tiene final feliz, así que pueden imaginar lo que acaba sucediendo.

Veranos europeos: Vacaciones en el mar...del Norte

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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

La Eurocopa de Suecia es, posiblemente, la edición más interesante de todas las que se han celebrado hasta la fecha desde el punto de vista histórico debido a la situación social y política que se estaba viviendo en la Europa de finales de los ochenta y principios de los noventa. Situación que influyó de manera tan directa en el desarrollo de la propia competición que incluso algunos de los países clasificados ya no tenían el mismo nombre o representaban una realidad muy distinta a la de cuatro años atrás, o no pudieron participar, finalmente. La caída del muro de Berlín, y por tanto del bloque comunista del este de Europa en noviembre de 1989, produjo, de un lado, la reunificación de Alemania y de otro, la desaparición de la Unión Soviética lo que provocó que a la fase final acudieran un combinado de jugadores con el nombre de Comunidad de Estados Independientes (C.E.I) debido a la independencia a lo largo de 1990 y 1991 de las distintas repúblicas que integraban la URSS: Rusia, Ucrania, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Georgia, Kazajistán, Armenia...

Por si esto fuera poco, Europa se encontraba en guerra. Suena raro hasta escribirlo, pero es así. A menos de 3000 kilómetros en línea recta de Madrid o apenas a 3 ó 4 cuatro de horas de vuelo desde una España que se modernizaba con la construcción de la alta velocidad ferroviaria, la Exposición Universal de Sevilla y los JJ.OO de Barcelona y de una Unión Europea que ya había iniciado su consolidación con las firmas de los Tratados de Schengen y de Maastricht y el establecimiento del mercado y la futura moneda única, el corazón de Europa se desangraba en un conflicto que dejó 140.000 muertos y 4.000.000 de desplazados.

La guerra de los Balcanes puso fin, también, a otro estado artificial, Yugoslavia. Y la consecuencia deportiva fue ratificada el 30 de mayo por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas decidiendo sancionarlo sin la participación en la Eurocopa y en los Juegos Olímpicos. Durante las semanas previas a la decisión definitiva, el reguero de ausencias y renuncias de futbolistas había sido constante. Jugadores croatas como Prosinecki, Suker, Boban, Boksic o Jarni fueron los primeros en no volver a ponerse la camiseta yugoslava, el esloveno Katanec hizo lo mismo, al igual que los bosnio-musulmanes Kodro, Hadzibegic, Bazdarevic y el seleccionador Ivica Osim. Los últimos en dejar la selección fueron los macedonios Pancev y Najdoski. En su lugar se invitó a la selección de Dinamarca que había quedado segunda en el grupo de clasificación.

-Fue mi esposa la que respondió al teléfono. Me dijo que en dos días debía presentarme en un hotel de mi país- dijo Brian Laudrup; -Ni siquiera tuvimos tiempo de pensar en los partidos que debíamos jugar- reconoció Schmeichel; -No quiero ir a Suecia. Mi cabeza está en la playa- pensó Jensen. Estas son sólo algunas de las reacciones que tuvieron algunos de los integrantes de aquella selección tras la llamada de su federación. Es más, la estrella de aquel conjunto, el barcelonista Michael Laudrup (ganador de la Copa de Europa aquella temporada) se negó a acudir por problemas con el propio seleccionador.

De esta manera, Richard Möller-Nielsen, fue formando un grupo de 20 jugadores e improvisando una serie de entrenamientos para acelerar la preparación de varios de ellos como Povlsen, Larsen, Schmeichel o el menor de los Laudrup que, al jugar fuera de Dinamarca, llevaban ya nada menos que tres semanas de vacaciones. Con todo, el entrenador lo tenía muy claro y les espetó a sus púpilos en el primer entrenamiento que iban a Suecia “a ganar”.

En el mismo grupo que los anfitriones, Francia e Inglaterra, la cosa no pintaba muy bien, pero un empate sin goles ante los ingleses les subió un poco la moral. La derrota en el segundo partido por 1-0 ante Suecia les obligaba a realizar una proeza ante los franceses en el último partido de la primera fase. Dinamarca conseguía vencer a Francia en el descuento con un gol de Elstrup (1-2) y se clasificaba para las semifinales ante Holanda. Cinco días despues en Goteborg, los daneses resistirían ante los actuales campeones y firmarían un 2-2 que se decidió desde el punto de penalti. Van Basten falló el segundo lanzamiento y propició la clasificación de la revelación del torneo para la final.

Alemania, se presentaba ante su segunda oportunidad de conseguir Mundial y Eurocopa de manera consecutiva con jugadores como Brehme, Hässler, Effenberg, Sammer y Klinsmann como fíguras mientras que los daneses, con nada que perder y mucho que ganar, según cuentan las crónicas de la época, se pasaron las horas previas del partido entre manguerazos de agua fría en la piscina del hotel con sus esposas y novias. De hecho, la actuación del conjunto de Möller-Nielsen cuestionó y desmitificó las concentraciones casi militares que, por entonces, realizaban algunas selecciones, como Holanda e Inglaterra.

Dinamarca acabó ganando aquella Eurocopa, que fue el primer torneo futbolístico internacional en el que las camisetas incluyeron los nombres de los jugadores, por 2-0, con goles de Jensen y Vilfort. De esta forma, la selección apodada la "dinamita roja" conseguía su único título hasta la fecha.

Veranos europeos: La noche que la plata cotizó como oro

 (Foto: uefa.com)
Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

El 13 agosto de 2004 Atenas se convirtió en el centro del mundo, deportivamente hablando, con la inauguración de los Juegos Olímpicos. Fueron dieciséis días en los que las grandes potencias mundiales exhibieron músculo y países como Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Alemania coparon los primeros puestos del medallero. Destacaron deportistas como el nadador Michael Phelps, la atleta china Liu Xang, el fondista marroquí Hicham El Gerrouj, la seleccción Argentina de baloncesto que derrotó a Estados Unidos...

Apenas mes y medio antes, la tarde-noche del 1 de julio, la selección griega de fútbol saltaba al césped del Estadio Do Dragao de Oporto para medirse en la semifinal de la Eurocopa de Portugal ante la República Checa. La cenicienta del torneo, junto a Letonia, se había convertido en la revelación. España y Rusia en la primera fase y Francia en cuartos de final habían quedado eliminados por el equipo del técnico alemán Otto-Heinz Rehhagel.

Con un juego basado en el orden defensivo y, en ataque, aprovechar las contras y los balones parados, Seitaridis, Charisteas, Karagounis, Papadopoulos, Vasilis Tsiartas y compañía lograron sorprender a la europa futbolera con un triunfo en la final sobre Portugal con el gol de Charisteas (a la que ya había vencido en el partido inaugural por 1-2).

Para llegar a semifinales, el partido que nos ocupa en este capítulo, los checos habían ganado en la fase de grupos a letones, alemanes y holandeses y se habían deshecho, sin muchas complicaciones, de Dinamarca en el enfrentamiento de cuartos. Baros, Jan Koller, Petr Cech, Ujfalusi, Rosický junto a unos veteranos Nedved, Poborský y Smicer partían como favoritos.

Fiel a su estilo, la jugada del equipo griego que decidió el pase a la final no podía ser de otra manera que a balón parado. En el minuto 15 de la primera parte de la prórroga, Tsiartas botó un saque de esquina y Dellas, en el primer palo, remachaba a la red el gol que ponía a Grecia en la final. Aquel gol, que se llamó de plata durante un tiempo (era el que se conseguía durante la primera mitad de la prórroga y si el equipo rival no era capaz de empatar en el tiempo restante, no se jugaba la segunda mitad), tuvo para el país heleno un valor muy superior al de todo el oro del mundo.

Veranos europeos: La moneda que le salió cara a la URSS

El capitán italiano con la Copa de Europa (Foto: uefa.com)
En este capítulo contaremos un hecho ocurrido durante la Eurocopa de 1968 celebrada en Italia. Nuestras protagonistas las selecciones de la Unión Soviética, Italia y una moneda. Una moneda que cambió el destino de la selección italiana.

Europa miraba a Francia como consecuencia de las revueltas estudiantiles de París a las que acabarían sumándose los sindicatos, los obreros y el Partido Comunista. Las revueltas calaron en otras partes del viejo continente y en Checoslovaquia se produjo el movimiento de liberalización política llamado Primavera de Praga que terminó con la invasión del país por parte de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia. En ese contexto político y social se disputó la 3ª edición del torneo en la que solamente cuatro países podían disputar la fase final.

Desde septiembre de 1966 y acabado el Mundial de Inglaterra se celebró la fase de clasificación en la que las selecciones se emparejaron en 8 grupos de los que saldrían los cuartofinalistas. Llama la atención el grupo formado por los cuatro territorios que componen el Reino Unido en una especie del “cuatro naciones” de fútbol y del que Inglaterra (vigente Campeona del Mundo) se clasificó en primer lugar, por delante de Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

Las ocho selecciones clasificadas se enfrentaron a doble partido. Las que ganaron sus respectivas eliminatorias y por tanto se clasificaron para las semifinales fueron: Unión Soviética, Italia, Inglaterra y Yugoslavia. La UEFA, una vez conocidos a los clasificados, estableció que la sede fuera Italia.

El 5 de junio en el Estadio San Paolo de Nápoles, Italia y la URSS jugaron la primera semifinal con el resultado final de 0-0. Por aquel entonces todavía no eran oficiales las tandas de penaltis (seis años antes el Trofeo Ramón de Carranza de Cádiz se decidió de esta manera, siendo la primera vez que se utilizaba para dirimir el ganador de un partido que había terminado en empate, sin necesidad de jugar el “replay”). Así que sin posibilidad de jugar el partido de desempate ya que la final estaba programada para el 8 de junio, el árbitro del encuentro, el alemán Kurt Tschenscher citó en los vestuarios del estadio napolitano a los capitanes de los dos equipos (Facchetti y Shesternev) y se produjo el hecho que cambió la suerte de ambas selecciones: el colegiado lanzó una moneda al aire y la suerte sonrió a Italia.

Lo que pasó en aquel vestuario sólo lo saben los protagonistas e incluso, con el paso del tiempo, los hechos tienden a distorsionarse y distintas versiones son tomadas por verdaderas: que si el árbitro lanzó la moneda y ésta se quedó en un grieta del suelo por lo que repitió el lanzamiento, que si la presencia de la camorra napolitana “ayudó” a que la moneda saliera cruz, que fue la intervención divina de San Genaro la que obró el milagro... incluso según las crónicas del partido que leas, unas veces cuentan que el capitán italiano Giacinto Facchetti eligió cara y otras veces que eligió cruz.

Lo cierto es que Italia jugó la final y derrotó a los yugoslavos por 2-0 en el partido de desempate tras haber igualado a 1 en el primer partido. La selección azzurra compuesta por jugadores de la talla de Zoff, Facchetti, Mazzola, Riva y Rivera conseguía su primera y única Eurocopa y rejuvenecía un palmarés que se había estancado con las dos Copas del Mundo de los años treinta.

La URSS, por su parte, clara favorita para, al menos, haber llegado a la final (ya tenía un título y un subcampeonato de las dos ediciones anteriores) vio cómo la suerte le dió la espalda y comprobó que, a veces, el fútbol no es suficiente.

Alfonso Massó (@alfonsomasso)

Veranos europeos: La boda de Smicer

Nedved y Smicer en el césped del estadio de Wembley (Foto: uefa.com)
Contraer matrimonio sigue siendo uno de los ritos, sacramentos o actos (según las creencias de cada cual) más extendidos en el mundo .Y hacerlo en primavera, con la llegada del buen tiempo es una costumbre bastante asentada en España y buena parte de Europa. Ese era el plan que tenía el checo Vladimir Smicer para mediados del mes de junio de 1996 sin saber que el fútbol se cruzaría en su camino hasta en dos ocasiones.

La República Checa, ya dividida Checoslovaquia, se clasificó por primera vez para jugar la fase final de un gran torneo. Se trató de la Eurocopa organizada por Inglaterra en la que se introdujeron algunas novedades con respecto a tiempos anteriores: era la primera edición con 16 selecciones participantes y la primera vez que la victoria en un partido de grupo valia 3 puntos. Junto a la República Checa, se clasificó también para la fase final Croacia (disuelta también la antigua Yugoslavia), “the times they are a changin`” que diría Bob Dylan.

Teniendo como rivales a Alemania, Italia y Rusia, el bueno de Smicer concretó la fecha de su enlace para el final de la primera fase, suponiendo, con buena lógica que quedarian eliminados a las primeras de cambio. Sin embargo, la noche del miércoles 19 de junio y después de empatar a 3 goles con Rusia y del empate sin goles también entre alemanes e italianos, los checos se clasificaban como segundos de grupo y dejaban fuera del torneo al equipo de Arrigo Sacchi. Para colmo, el gol del empate a 3 y de la clasificación, por tanto, para los cuartos de final lo marcó nuestro protagonista en el minuto 88 de partido. Así que el enlace previsto para ese fin de semana tuvo que postponerse para otra fecha ya que el domingo 23, Portugal esperaba en Anfield.

Portugal, con Rui Costa, Couto, Vitor Baía, y sobre todo Luis Figo partía como clara favorita pero un gol de Poborský en el minuto 53 desató la locura en todo el país centro europeo. Su selección iba a jugar las semifinales de una Eurocopa. No sabemos las conversaciones que se sucederían entre las familias de los novios después de que por segunda vez la boda tuviera que aplazarse: Francia con Blanc, Djorkaeff, Desailly y Zidane entre otros era el rival a batir en semifinales.

El partido en Manchester terminó en empate a cero goles. Se jugó una prórroga en la que no se movió el marcador y en la tanda de penaltis, el portero Kouba se convirtió en héroe nacional al atajar el lanzamiento de Reynald Pedros. La República Checa disputaría la gran final en el mítico estadio de Wembley el domingo 30 de junio.

Smicer se casó en Praga el sábado 29 de junio después de obtener permiso de la Federación Checa para abandonar la concentración y con la condición de regresar a la misma a tiempo para jugar la final. Desconozco si fue como castigo o pensando en el bien del equipo, pero lo cierto es que el entrenador checo Dusan Urhin dejó en el banquillo a Smicer, que salió al campo sustituyendo a Poborský en el minuto 87. Los noventa minutos terminaron 1-1 por lo que el tiempo extra fue como un regalo (de boda) para el recién desposado. Sin embargo, Oliver Bierhoff frustró las ilusiones de Smicer y de todo un pais, anotando un gol de oro histórico que puso fin al partido y que proclamaba a Alemania campeona por tercera vez.

Años más tarde (casi una década después) Smicer fue campeón de Europa con el Liverpool de Rafa Benítez, marcando un gol en aquella final de Estambul ante el Milan. De aquella generación de jugadores también destacaron el citado Poborský fichado por el Manchester United; Berger que también fichó por el Liverpool; Radek Bejbl que jugó en el Atlético de Madrid; y cómo no, Pavel Nedved, jugador del Lazio y de la Juventus donde conquistó el Balón de Oro en 2003.

Alfonso Massó (@alfonsomasso)


Veranos europeos: El fallo de Arconada (o el balón que cobró vida)

Platini logra el primer gol tras lanzamiento de falta
Estamos en año de Eurocopa. Desde esta columna haremos un repaso por los momentos más señalados de este torneo que comenzó en la década de los 60 del siglo pasado y que celebrará su XV edición este verano en Francia con 24 selecciones participantes. Estos artículos nos ayudarán a conocer un poco mejor la competición y la evolución del fútbol durante este periodo y a entender la propia historia del viejo continente. 

Comenzamos. Y lo hacemos deteniendonos precisamente en Francia. La edición de 1984 se disputó del 12 al 27 de junio con ocho selecciones. La final se jugó en el Parque de los Príncipes y a ella accedieron los anfitriones (liderados por Michel Platini) y España que, tras el fracaso del Mundial 82, supo reponerse y escribir una las páginas más brillantes de su historia fútbolística hasta esa fecha. Ya para estar presente en la fase final, España tuvo que golear a Malta 12-1 en el partido que marcó a una generación de españoles aquel 21 de diciembre de 1983 en Sevilla. Pero centrándonos ya en la propia Eurocopa, la selección dirigida por Miguel Muñoz se clasificó para las semifinales encabezando su grupo  por delante de Portugal, Alemania Federal (a la que derrotó con gol de Maceda en el minuto 90) y Rumanía.

Francia por su parte, venció a sus tres rivales de grupo: Dinamarca, Bélgica y Yugoslavia y se clasificó en primera posición. En semifinales, el equipo dirigido por Michel Hidalgo derrotó 3-2 a Portugal; mientras que España, después de empatar a 1 ante Dinamarca, se clasificaba tras transformar los cinco lanzamientos desde el punto de penalti.

Y así  llegamos al partido final y al momento en el que nuestros dos protagonistas (tres si contamos al balón) coinciden y se enfrentan cara a cara en una jugada que marcará el devenir de la final y de la propia carrera de ambos. De un lado, Platini, líder de la Juventus, Balón de Oro y capitán de una Francia que todavía no había conseguido levantar título alguno a nivel de selección. Del otro, Arconada, portero de la Real Sociedad que había conquistado las Ligas de 1981 y 1982 y un fijo de la selección española desde 1980.

Minuto 57 y el árbitro checoslovaco, Vojtech Christov, señala una falta muy cercana al semicírculo del borde del área. Arconada coloca la barrera en el lado derecho de su portería cubriendo él el palo izquierdo de la misma. Platini realiza un lanzamiento a media altura salvando la barrera y el balón se dirige al cuerpo del meta vasco que lo detiene lanzándose al suelo. Cuando el peligro parece que ha pasado, se ve como Arconada se retuerce en el suelo estirando la mano para intentar atrapar una pelota que parece ha cobrado vida ella sola. Inexplicablemente, el esférico rebasa la línea de gol y Francia se adelanta en el marcador 1-0. El partido terminó con otro gol de Bellone en el minuto 90. Francia conquistaba su primera Eurocopa. España dejaba escapar una buena oportunidad de conseguir un título y comenzaba una época en la que la barrera de los cuartos de final se convirtió en infranqueable.

Ese gol en España es conocido como "el gol de Arconada". Años después, cuando la selección española ganó la Eurocopa en su edición de 2008, el guardameta Andrés Palop subió a recoger la medalla de oro que le iba a entregar, precisamente, Platini como presidente de la UEFA con la camiseta que aquel día vistió Arconada. Palop declaró: "se merecía un homenaje importante, tuve la oportunidad de conseguir su camiseta, me la traje y tenía claro que si levantábamos la copa, iba a tener este detalle, porque históricamente se le recuerda por un fallo garrafal, pero es justo recordar que también fue un enorme portero y que hizo grandes paradas, tanto con la Real como con esta camiseta que llevo puesta".

Alfonso Massó (@alfonsomasso)


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