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Una vez por cada generación aparece un genio, un adelantado a su época, un virtuoso, un visionario. Alguien que cambia las reglas, que logra ver cosas que los demás ignoran y que puede cambiar la percepción de las personas.
Durante la historia en distintas ramas del conocimiento y el que hacer humano han surgido un puñado de seres humanos extraordinarios con estas características; desde las ciencias hasta las artes e incluso el deporte. Por mencionar algunos como Newton, Einstein, Mozart, Hawking, Da Vinci, Kubrick... Y Cruyff.
Medir a Johan Cruyff por sus números en la cancha, sus títulos como jugador y como entrenador sería no darle su justa dimensión a lo que el holandés hizo por el juego; se podría decir que el es el inventor del fútbol moderno y el creador de una visionaria manera de entender al deporte, como una extensión de la vida misma y una parte esencial de ella.
Claro, hay que recordar a Hendrick Johannes Cruyff como el extraordinario jugador que era; su elegancia, su visión, su habilidad, su liderazgo y su inusual capacidad de depredar el área como ninguno a pesar de no ser un 9 nato, producto de su entendimiento con el Futbol Total . Tanto como en su amado Ajax, como en el Barcelona, así como en su selección Cruyff fue el líder y orquestador de sus éxitos. Tres balones de oro, tres títulos de la Copa de Europa consecutivos con el Ajax, 9 ligas domésticas con Barcelona, Ajax y Feyenoord, y como olvidar el sub campeonato del mundo en Alemania 1974 con la eternamente recordada Naranja Mecánica.
El fue la super estrella del balón durante los 70's, entre el adiós de Pelé y el surgimiento de Maradona. Como entrenador recogió el concepto del Futbol Total de su mentor y técnico en la Naranja Mecánica, Rinus Michels, y aplico una versión renovada de este en el Ajax y el Barcelona, instaurando una idea de juego que persiste aún en ambas escuadras. Su influencia se siente hasta el día de hoy, con cada vez más entrenadores y jugadores buscando emular ese estilo perfeccionado de futbol.
Como Cruyff hay pocos en la historia. Cambio el juego, revoluciono el deporte y al hacerlo, lo embelleció, convirtiéndolo en un arte elevado, pero a la vez tan simple que no se necesita ser un genio para apreciarlo, pero si se necesita ser uno para ejecutarlo, un genio como Johan Cruyff
Por Gabriel Delgado (@gabote94)
El sábado se disputa en el Camp Nou el
Barcelona-Granada correspondiente a la jornada número 19, fecha que cierra la
primera vuelta del campeonato. Un partido que no tiene nada de especial, a
priori (salvo el posible debut de Arda y de Aleix Vidal con el Barcelona en
Liga, después de disputar sus primeros minutos ante el Espanyol el pasado miércoles
en la Copa), excepto para los aficionados barcelonistas de cierta edad, aunque
me atrevería a decir de todas las edades, ya que estamos hablando del equipo
contra el que debutó, ni más ni menos, Johan Cruyff.
Fue un domingo de octubre del año 1973 en
partido de la octava jornada de la temporada 1973/74 (debido a problemas burocráticos
no pudo jugar hasta esa fecha) a pesar de estar fichado desde el 13 de agosto
después de largas negociaciones con el Ajax de Amsterdam. En aquel momento
el Barcelona estaba clasificado en la décimo cuarta posición con tan sólo
6 puntos, a cuatro del líder que era el Valencia. La expectación en el Estadio
era máxima y las expectativas creadas, enormes (el club azulgrana lo seguía
desde 1971, pero no se pudieron contratar a extranjeros hasta 1973) tras 14
interminables años sin ganar la Liga lo que dio lugar a una de las frases más
repetidas en el vocabulario culé de la época: “aquest any, tampoc” (este año,
tampoco). Esa tarde, Rexach, baja por lesión, no pudo jugar y el entrenador
holandés Marinus Michels alineó a Sadurní, Rifé, Torres, Costas, De la Cruz,
Juan Carlos, Juanito, Asensi, Cruyff, Sotil y Marcial. El partido concluyó con
un 4-0 y Cruyff anotó dos tantos. El equipo terminaría la temporada Campeón
de Liga (9º Título) dejando al segundo clasificado a 8 puntos y con algunas imágenes y
actuaciones memorables como el 0-5 del Bernabéu o el gol de espuela ante el Atlético
de Madrid del propio Cruyff.
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| FOTO: Archivo |
Johan estuvo cuatro temporadas más en
Barcelona en las que anotó 51 goles en los 184 partidos que jugó, aunque el
club sólo consiguió levantar la Copa del Rey del año 1978 ante la UD. Las
Palmas. Sin embargo, su estancia como jugador le convirtió en un símbolo para el
barcelonismo, pues se integró muy rápidamente en la cultura catalana, hasta el punto de llamar a su tercer hijo, Jordi, aunque esto le
supusiera problemas con el régimen franquista de
la España de entonces.
Los caminos de Cruyff y el Barcelona se
separaron, pero nunca se distanciaron. Después de acabar su carrera como
jugador, comenzó la de entrenador y como ocurriera catorce años atrás, Johan
llegaba a Barcelona con el club sumido en una crisis deportiva similar a la de
cuando llegó como jugador (el
equipo había ganado la Liga de la temporada 84/85, pero en el año 86 perdió la
famosa final de Sevilla ante el Steaua y el Madrid de la “Quinta del Buitre”
dominaba a sus anchas en España) incluso con los jugadores pidiendo el cese del
presidente, José Luis Núñez, en lo que se denominó “el motín del Hesperia”,
por ser en dicho hotel donde tuvo lugar el comunicado por parte de la
plantilla.
Lo que sucedió después es de sobra
conocido: en sus ocho años como entrenador, el holandés agrandó aún más su
figura como leyenda del barcelonismo y, no sin dificultades, consiguió, a parte
de títulos (1 Copa de Europa, la primera en la historia del Club; 4 Ligas de
forma consecutiva; 1 Recopa de Europa; 1 Supercopa de Europa; 1 Copa del Rey y
3 Supercopas de España) dos cosas que son más importantes, si cabe, que los títulos:
un cambio de mentalidad en el "entorno" culé (con ganar al
eterno rival, no era suficiente) y un estilo de juego, con una filosofía muy
definida, que convirtieron al Barcelona en lo que es hoy día.
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| El 20 de Mayo de 1992 el Barcelona ganaba su 1ª Copa de Europa |
Ante el Granada empezó todo
Alfonso Massó
2:54 p.m.
Alfonso Massó
2:54 p.m.
José Mourinho respondía, sobre
apoyar a la vieja o nueva escuela de técnicos de fútbol, a un periodista en una
rueda de prensa de su etapa en Porto:
“Yo no soy un defensor de los entrenadores de
fútbol viejos o jóvenes. Yo creo en los buenos y en los malos, aquellos que
logran el éxito y los que no lo hacen”
Existen pocas palabras en el castellano más
subjetivas que éxito. Y aplicadas al contexto futbolístico muchísimas menos. La
comunidad futbolística y el mismo periodismo han llegado a equiparar como
sinónimos, conceptos tan ambivalentes y distantes cómo “éxito” y “ganar”.
Y es que ganar se ha convertido en el único
termómetro existente para medir, en función de variables inexactas, el éxito o
el fracaso de un proceso. Con esta corriente, hemos venido equivocándonos, restándole méritos a aquellos que, a pesar de no ganar, sentaron bases
previamente inexistentes para, por ejemplo, éxitos subsiguientes.
Lastimosamente, algunos cosechan y otros recogen.
En esta caracterización del éxito, se debe tocar
su punto de inflexión más inverosímil: El estilo. No existe una verdad
universal sobre éste, y su intrínseca relación con el “jugar bien” o “jugar
mal” (“feo” o “bonito”) lo hacen difícil de definir. Pero, ¿en qué se basan
realmente los arrogantes que pretenden imponer como verdad suprema determinado
estilo? ¿Habrá algo más allá de un juicio moral incomprensible o una estirpe
anti-democrática? Vamos desde el inicio.
Que un equipo tenga forma, sentido, y responda a
una manera de jugar determinada por su entrenador a raíz de diferentes
situaciones o conceptos, se antoja necesario para el funcionamiento armónico de
un onceno. Ahora, el estilo siendo entendido como la manera o la forma de
resolver las situaciones que se presentan en un partido de fútbol.
El estilo, por tanto, está emparentado con la
particularidad, con la forma de ser del que transmite o comunica. El que
transmite cree en la particularidad y la asertividad del mensaje que intenta
comunicar. Esto se antoja primordial, porque si no está completamente
convencido de su mensaje, su inseguridad será inmediatamente descubierta por el
receptor, en este caso el futbolista. Para el futbolista poder aceptar a un
entrenador tiene que creer que lo está convenciendo respecto de un camino en el
cual el entrenador cree. Pues es muy difícil darle varios estilos al equipo y
asignarle el que conviene en determinado momento. Allí cabe lo que mencionaba
Marcelo Bielsa como técnico de Chile sobre los estilos:
“Hay
varios estilos distintos, lo que no hay es entrenadores exitosos que triunfen
aplicando ideas en las que no crean firmemente”
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| Marcelo Bielsa, DT del Olympique de Marseille |
Por tanto, denotamos que “jugar bien” no tiene
relación alguna con el estilo, pues observando el juego como un sistema
democrático y una dinámica autotélica, el único criterio realmente válido para
sentar juicio sobre un determinado proceso o partido en singular, es el nivel
de ejecución de la idea grupal, no la consecución de resultados. El espectador
puede disfrutar de igual manera la perfecta ejecución de transiciones de
Mourinho, los repliegues compactos de Simeone, la presión alta y contraataque
letal de Klopp o el juego posicional de Pep. Jugar bien no debe ser un camino enjuiciable,
debe ser el fin.
Entonces tu porción de éxito radica en ejecutar
tu idea de la mejor manera posible (no existe la perfección), sin importar los
resultados momentáneos. A mediano plazo el que juega bien, ejecuta y cree en su
idea termina cosechando frutos. El juego debe tener el fin de primar las
virtudes propias y no triunfar a causa de los errores del rival.
Los que planifican y estructuran ganan, y los que
dan cabida a la improvisación, la especulación y las distintas variables (como
el despliegue de talento individual) también. Ambos siempre sujetos al error
humano, y a las pequeñas cosas que embellecen este deporte. Por tanto una
escuela no es mejor que la otra. Tener más títulos en su haber no hace más
exitoso al “catenaccio” que al “fútbol total”.
Convencer a un grupo es el paso primario de
cualquier intento de éxito en cualquier ámbito de la vida. Diego Pablo Simeone
en una entrevista con Maldini mencionaba:
“Yo creo
que los equipos tienen una vida. La vida del equipo es el cómo juegan. Y si
sumas gente que piensa de la misma manera y está convencida de la misma idea, más
allá de que jueguen mejor o peor, es un éxito. No pasa por jugar bien para
ganar, pasa por cómo lo transmites, cómo te compenetras y cómo compites para
poder demostrarlo después. Puedes ver al Atlético de Madrid y son todos tipos
con el mismo corte. Pueden jugar mal, pero nunca te van a fallar.”
El éxito en sí (o una parte de él) entonces
vendría siendo, necesariamente, una compaginación homogénea de convencimiento y
voluntad divina. Independientemente de que desee jugar como Hitler o como
Lenin.
Hitler:
“Logré comprender igualmente la importancia del
terror físico para con el individuo y las masas”
Lenin: “Todo
se trata de dar un paso hacia atrás para dar tres hacia adelante”
Si entendemos e interiorizamos estos principios,
quizá algún día podamos juzgar sin automatismos efímeros y/o resultadismos, el verdadero
sentido del éxito en un grupo o un proceso. Sobre todo nosotros, el periodismo
deportivo. A ver si así le abonamos la merecida cuota a grandes infravalorados
como Lillo, Bielsa o Menotti, a los que la justicia divina y el tiempo ya se
encargaran de darles la razón, como siempre la han tenido.
“El periodismo no le
ha enseñado al espectador más que geometría innecesaria que no merece ser explicada
más allá de los números telefónicos”
Marcelo Bielsa
El éxito, el estilo y el periodismo
Unknown
10:49 a.m.
Unknown
10:49 a.m.
Johan Cruyff, durante su etapa de entrenador del Barcelona (Foto: visionnoventa.com)
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Hablábamos,
hace algunas semanas en este mismo portal de la primera Copa de Europa ganada
por el FC Barcelona, allá por 1992 y que supuso el culmen, en lo que a títulos
se refiere, de la era Cruyff. Como decíamos también allí, Johan Cruyff llegó al
Barcelona en 1998 y a punto estuvo de ser cesado durante sus dos primeras
temporadas. Pero, tras salvarle la consecución de la Copa del Rey de 1990
frente al Real Madrid, encadenó 4 títulos de Liga, de 1991 a 1994 y dos finales
de Copa de Europa (1992 y 1994) con el referido título.
Sin
embargo, aunque ocuparía el banquillo blaugrana hasta el final de la temporada
1995/96, el final de facto de la era Cruyff en el Barcelona fue la final de la
Copa de Europa (ya se había pasado a llamar UEFA Champions League) de 1994 que
perdió frente al AC Milan en Atenas. Y no la perdió de una manera cualquiera:
la perdió de forma estrepitosa tras caer por 4 a 0 ante los italianos.
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| AC Milan, campeón de la Champions League de 1994 |
De
hecho, el marcador ha sido el más abultado de la historia de las finales de UEFA
Champions League, desde que la Copa de Europa se conoce como tal, y conforma una de las
peculiaridades de tal edición. Otra de ellas, es que el Olympique de Marsella, campeón
de la Liga francesa y campeón vigente de la Copa de Europa no pudo defender su
título al estar sancionado por la UEFA por un escándalo de corrupción. Le
sustituiría el subcampeón, AS Mónaco.
Volviendo
a la trayectoria del Barcelona, en dieciseisavos y en octavos de final dejaría
en la cuneta a Dinamo de Kiev y Austria de Viena: con muchos apuros a los
ucranianos (5 a 4 en global, teniendo que remontar el 3 a 1 de la ida) y con
total solvencia a los austriacos (5 a 1 en el balnace de los dos partidos).
Como ya
venía siendo habitual, los cuartos se disputaron en formato “liguilla”: dos
grupos de 4 equipos cada uno de los que saldrán los semifinalistas. El
Barcelona quedó encuadrado en el grupo A, junto con el Mónaco, precisamente, el
Spartak de Moscú ruso y el Galatasaray turco. 6 partidos, 4 victorias, 2 empates
(a domicilio ante rusos y turcos) y a semifinales.
Las
semifinales se disputaron aquel año a partido único y enfrentaron a primero
contra segundo de cada uno de los grupos de la liguilla de cuartos, en casa de
los respectivos primeros. El Barcelona se midió al Oporto en el Nou Camp y el
AC Milan al Mónaco en San Siro. Resultado de ambas eliminatorias, el mismo: 3 a
0 para Barcloena y Milan. Por cierto, que al Oporto que se enfrentó al
Barcelona en aquella semifinal lo entrenaba Bobby Robson, que sustituiría a
Johan Cruyff en el banquillo blaugrana en 1996.
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| Bobby Robson, durante su etapa como entrenador del Barcelona (Foto: noticias.lainformacion.com) |
Y así
se llegó a la final de Atenas, entre Milan y Barcelona. Un Milan que ya
entrenaba Fabio Capello, sucesor y heredero de la gran obra creada por Arrigo
Sacchi y que reinó en Europa a finales de los 90. El partido se presentaba
equilibrado pero fue un monólogo rossonero, que vencieron por 4 goles a 0: dos
goles de Daniele Massaro en el primer tiempo y otros dos de Marcel Desailly y
Dejan Savicevic en el segundo destrozaron a un Barcelona al que ese partido le
llevó a una crisis que se prolongaría por varios años.
En las
dos temporadas siguientes, Cruyff trató de reconstruir el Barcelona buscando en
la cantera a los sustitutos de Guardiola, Ferrer, Amor… Pareció encontrarlos
con lo que se llamó la “Quinta del Mini” (encabezada por Iván de la Peña y formada
por jugadores por Albert Celades, los hermano Oscar y Roger García o su propio
hijo, Jordi Cruyff). Pero nada fue lo mismo: las odiosas comparaciones y la
falta de tiempo (Cruyff tuvo numerosos roces con la directiva), hicieron que
Cruyff fuese cesado dos jorandas antes de finalizar la Liga 1996/97.
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| Johan y Jordi, padre e hijo (Foto:dailymail.co.uk) |
Allí se
consumó el final del Dream Team y la era Cruyff en el Barcelona pero su final,
de facto, ocurrió un 18 de mayo de 1994 en Atenas.
El final, de facto, de la era Cruyff
Anónimo
6:44 a.m.
Anónimo
6:44 a.m.
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| González, portero valencianista con el balón en las manos tras parar el penalty (Foto: jotdown.es) |
Johan
Cruyff marcó una época como entrenador en el Barcelona: fueron cuatro títulos
de Liga consecutivos (de 1991 a 1994), la primera Copa de Europa de la historia
del club pero, sobre todo, una forma de jugar. Una forma de jugar que con sus
matices y sus aportaciones por parte de todos los técnicos que han venido
después (Van Gaal, Rikjaard y, sobre todo, Guardiola), sigue vigente 25 años
después.
Ganó
cuatro Ligas consecutivas, si, pero, salvo en la primera, ninguna la ganó de
forma clara: se da la curiosa circunstancia de que las tres últimas (1992, 1993
y 1994) las ganó en el último partido y sin depender de sí mismo, es decir,
teniendo que esperar el fallo del rival. Hablaremos en otro capítulo de esta
serie de las llamadas “Ligas de Tenerife” pero hoy quisiera detenerme en la de
1994, la que dejó escapar el Deportivo de la Coruña.
El Deportivo
de la Coruña había sido siempre un equipo modesto, alternaba la Primera con la
Segunda División españolas con bastante frecuencia. Hasta que, en 1998, llegó a
la presidencia Augusto César Lendoiro. Fundador y presidente legendario del
Liceo La Coruña de hockey, Lendoiro se empeñó en hacer que “su” Deportivo compitiese
de igual a igual con el Madrid y Barcelona.
El
punto de inflexión llegó en el verano de 1992, cuando el Deportivo, se hizo con
el fichaje de dos brasileños, desconocidos en España, pero que marcarían una
época en La Coruña: Mauro Silva, mediocentro de excepcional fuerza y calidad,
que parecía lo tenía hecho con la Roma y Bebeto, delantero de aspecto frágil
pero un goleador implacable que, este sí, tenía “pie y medio” en Dortmund para
jugar en el Borussia.
Basado
en ellos, en una delicia de jugador salida de la cantera como era Fran y con algunos otros retales, Arsenio Iglesias
(un técnico de la tierra, de la casa y con una filosofía del fútbol y de la
vida muy particulares) armó un equipo que peleó la Liga 1993/94 hasta la última
jornada.
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| Arsenio Iglesias, el mago (Foto: vavel.com) |
De
hecho, a esa última jornada de la Liga 1993/94 se llegó con el Deportivo de la
Coruña por encima del Barcelona. El 14 de mayo de 1994, los azulgranas jugaban
en el Nou Camp, frente al Sevilla mientras que el Deportivo jugaba en La Coruña
frente al Valencia. El Deportivo dependía de sí mismo: una victoria le daba el
título de Liga pero, en caso de empate o derrota y victoria blaugrana, la Liga se
iría a Barcelona.
El
Barcelona comenzó perdiendo pero acabó remontando y goleando al Sevilla
mientras que, en La Coruña, los nervios atenazaban al Deportivo y el 0 a 0 se
prolongaba, amenazando el sueño de toda una ciudad.
Hasta
que llegó el minuto 89, a uno sólo de la conclusión. Un penalti cometido sobre
Nando, lateral izquierdo deportivista, suponía la gran oportunidad. Pero, a la
vez, una gran responsabilidad para el lanzador: tener en tus pies la opción de
dar a un equipo modesto la primera Liga de su historia. Y, estando en el minuto
89, sin margen alguno de reacción.
El
habitual lanzador de penaltis del Deportivo, el brasileño Donato, estaba ya en
el vestuario: Arsenio lo había retirado del campo en busca de más mordiente
ofensiva en el centro del campo. El siguiente en la lista de lanzadores debía
ser Bebeto pero cuentan que, ya sea porque había fallado un penalti unos días
antes, fuese porque le pudo la responsabilidad, se negó a tirarlo.
Y fue
el serbio Miroslav Djukic, líbero del equipo y un jugador bastante fiable
también en estas lides, quien asumió la responsabilidad. Y, para desesperación de
toda la ciudad de La Coruña y de todos aquellos que deseábamos que ganase la
Liga un modesto, demostrando que, con trabajo se podía vencer a los grandes,
falló. Seguramente, le pudo también la presión y el portero valencianista,
González, detuvo la pena máxima.
La
Coruña y más de media España fueron un mar de lágrimas aquella noche. Cierto es
que, afortunadamente, en fútbol no siempre gana quien lo merece, pero era de
justicia que aquella Liga debía haber sido para el Deportivo.
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| Djukic, lamentándose tras fallar el penalty (Foto: futbol.as.com) |
De
hecho, se decía en los mentideros futbolísticos que “el fútbol debía una Liga
al Deportivo”. Y a fe que la logró. Fue la del 2000, ya sin el mago Arsenio Iglesias en el
banquillo. Pero eso es ya otro capítulo.
El penalty de Djukic
Anónimo
8:32 a.m.
Anónimo
8:32 a.m.
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| Koeman, celebrando el gol que dio al Barcelona su primera Copa de Europa (Foto: blaugranas.com) |
Johan
Cruyff fue contratado por José Luis Núñez como entrenador del Barcelona en mayo
de 1988 con el objetivo de acabar con la hegemonía del Real Madrid de la Quinta
del Buitre, que había ganado las tres Ligas anteriores y que amenazaba con
proseguir su ciclo victorioso. Los primeros años fueron difíciles: pese a la
Recopa de Europa ganada en 1989, el Real Madrid seguía con su dominio
incontestable en la Liga española y sólo la victoria en la Copa del Rey de
1990, cuya final se disputó en Valencia frente al eterno rival merengue, salvo
al Flaco de un despido (casi) seguro.
Pocas
veces un único partido tuvo tanta trascendencia en la historia inmediatamente
posterior de un club: a partir de ahí el Barcelona comenzó un ciclo victorioso
que le llevó a ganar cuatro Ligas españolas y la ansiada Copa de Europa. Resulta
un poco chocante o anacrónico hablar en estos tiempos de obsesión blaugrana por
la Copa de Europa cuando ha ganado 3 de las últimas nueve ediciones y, hasta la
temporada pasada, había disputado 8 semifinales de forma consecutiva; pero,
durante los 70 y los 80, la Orejona
fue una auténtica obsesión en can Barça.
La Copa
de Europa que se disputó hasta la temporada 1991/92 poco o nada tiene que ver
con la Champions que conocemos actualmente. Hasta 1991, se disputaba con 32
campeones de Liga, con eliminatorias directas desde los dieciseisavos hasta la
gran final. Pero la 1991/92, que fue la última en la que participaron
únicamente los campeones de las respectivas Ligas (a partir de ahí, ya bajo el
formato Champions, comenzaron a entrar segundos, terceros e, incluso cuartos
clasificados), ya empezó a tener algunos cambios que ya apuntaban a lo que
sería la innovadora Champions.
Las dos
primeras rondas (dieciseisavos y octavos) se disputaron de la forma “tradicional”
y los ocho equipos vencedores, en lugar de disputar cuartos y semifinales como
era habitual, disputaron una liguilla con dos grupos de cuatro donde sus dos
ganadores disputarían la gran final.
El Barcelona
eliminó en dieciseisavos al Hansa Rostock de la extinta República Democrática
Alemana (RDA) – pese a la reunificación, todavía equipos de la Alemania del Este
disputaban esta competición - y en
octavos, al Kaiserlautern, de la República Federal Alemana (RFA). Esta eliminatoria
resultó clave en el devenir de la competición ya que el Barcelona a punto
estuvo de caer eliminado: tras ganar por 2 a 0 en Barcelona, se afrontaba el
partido de vuelta con una cierta, sino tranqulidad, sí confianza.
Pero el
Kaiserlautern, apoyado por un ambiente infernal en su estadio, salió a jugar el
partido al “todo o nada”. Y a punto estuvo de salirle bien: logró empatar la
eliminatoria con dos goles de Hotic de cabeza a la salida de sendos córneres
(el primero de ellos, previa clara falta a Zubizarreta, portero azulgrana por
aquel entonces) y ponerse por delante en la eliminatoria con un gol del danés
Goldbaeck, en una salida de los alemanes al contraataque, en el minuto 76, que
parecía alejar nuevamente al Barcelona de su oscuro objeto de deseo.
httpsv://www.youtube.com/watch?v=_5XOnrm0KLA
Gran
parte del segundo tiempo pero, en especial, los últimos quince minutos,
transcurrieron con el Barcelona absolutamente volcado sobre la portería
alemana. Y, cuando ya todo parecía perdido, en el último minuto, una falta
lanzada desde el medio campo por Ronald Koeman desde el mediocampo fue rematado
a gol por José Mari Bakero (curiosamente, una de las primeras peticiones de
Johan Cruyff al llegar al banquillo blaugrana). 3 a 1 y el Barcleona, a la
liguilla de cuartos de final gracias al valor doble de los goles en campo
contrario.
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| Gol de Bakero al Kaiserlautern (Foto: libertaddigital.com) |
El Barcelona,
en esa liguilla, quedo encuadrado en el grupo B, junto con Benfica, Sparta de Praga
y Dinamo de Kiev; pasó sin mayores apuros, con apenas un empate y una derrota
en los seis partidos disputados.
La
final le enfrentó el 20 de mayo de 1992 en Wembley (hoy ya hay que decir el
antiguo Wembley) a la Sampdoria, ganador del grupo A (que completaban Estrella
Roja, Anderlecht y Panathinaikos) y que contaba con los sublimes Gianluca
Vialli y Roberto Mancini como punta de ataque. El partido resultó tremendamente
tedioso ya que el Barcelona jamás supo encontrar la vía para penetrar en el
sólido entramado defensivo italiano.
Tras un
0 a 0 en los 90 minutos reglamentarios, se llegó a la prórroga que siguió por
los mismos derroteros y hubo de ser una falta directa al borde del área ejecutados
por el holandés Ronald Koeman, en el minuto 112 de partido, quien resolviese el
partido y diese a los azulgrana la ansiada primera Copa de Europa. Un gol y un
título para la historia. El momento más álgido de la exitosa etapa de Cruyff en
el Barcelona.
El culmen de la era Cruyff
Anónimo
8:52 a.m.
Anónimo
8:52 a.m.




















