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from United States, California.

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¿Y si Guardiola no cuenta conmigo? El dilema de los jugadores del City

Agüero tiene todo para explotar con Pep.

La temporada que viene Pep Guardiola arribará a la ciudad de Manchester a hacerse cargo del City, para buscar quitarle un poco más de esa gloria eterna que tiene el United, y para eso es muy probable que el español tenga algunos nombres en mente para reforzar a un equipo que lleva varios períodos con técnicos de distintas intenciones que las de Pep, como Mancini o el mismo Pellegrini, por lo tanto, el plantel a día de hoy, no tiene todas las cualidades que un equipo al estilo de Guardiola debe tener.

Poco se habla de esto, en Manchester están tan emocionados con esta llegada, como también en otras partes del país por las ganas de ver a Guardiola en la Premier, pero pocos mencionan el efecto negativo que puede tener este arribo en los próximos meses, cuando el City se juegue la fase decisiva de la temporada. Ojo, el efecto puede ser positivo, quizás algunos jugadores piensen que es su última temporada y tienen que darlo todo, pero también puede ser negativo, ¿Qué motivación puedo tener si en algunos meses me echaran de aquí?

Esta claro que la primera muestra de como reacciona el plantel ante la noticia no es buena, la derrota ante el Leicester tuvo muchos puntos bajos y un rendimiento preocupante para lo que el encuentro pedía. Si vamos a hacer un analisis de lo que Guardiola quiere en sus equipos, ¿Quiénes entran en consideración? Esta más que claro que jugadores como Silva, De Bruyne y Aguero encajan perfecto con Guardiola. Pero recuerdo una frase de Pep sobre Wilshere (antes de sus lesiones) comentando de que a Jack se lo agrandaba por ser solo inglés, que en España había unos 50 jugadores de su nivel. ¿Pensará lo mismo sobre Sterling? Teniendo en cuenta que el nivel del ex Liverpool es muy bajo no sería muy descabellado aunque, claro su juventud le ayuda.

Yaya Toure es quizás el caso más polémico. Se fue del Barcelona con Guardiola como técnico, y ahora lo volverá a tener como superior en el City. Su alta edad parace influir en su nivel, y las cosas no pintan bien para el marfileño. Se sabe que Guardiola explota la zona media como pocos, Busquets, Xavi, Xabi Alonso, Lahm o Thiago son ejemplos y el City no cuenta con esa clase de jugadores. Quizás Fernandinho pueda hacer esa función pero no es lo ideal, al igual que Delph. Además, en Argentina ya se habla de que es el fin de Demichelis de su etapa en el City.

La llegada de Guardiola genera mucha emoción en la afición citizen, pero no deben olvidarse de que falta la etapa decisiva de la última temporada de Pellegrini bajo el mando del equipo, y tiene una llave favorable en Champions, la final de la Capital One, el cruce con Chelsea en FA Cup, y la pelea por le título de la Premier. Todo, dependerá del enfoque y la motivación de los jugadores del City, en busca de demostrarle a su nuevo técnico de que ellos están a la altura.

@MatyGHermida

Skyhook: De imperialistas y colonos

Pep Guardiola y Carlo Ancelotti (Foto: Talksport)
Los grandes (y pequeños) imperios de la historia se han caracterizado, entre sus monumentales gestas militares, por una cierta homogeneidad interiorizada desde el triunfo de sus predecesores, aplicando ideas muy cercanas a su particularidad dentro de los manuales de guerra seguidos a rajatabla. Con la aportación singular de cada personaje como aspecto distintivo, claro está. Marcados, además, por ápices diferenciales entre uno y otro. Un fenómeno evidenciado, por ejemplo, desde la legión de conquistas e ideologías gestadas a partir de los principios maquiavélicos. En pocas palabras, cómo el éxito de una idea se propaga al ritmo de una pandemia cuando los agentes del sistema la ven válida y fructífera. 


Sucede en la vida y, por consiguiente, en su vertiente más cercana, el fútbol. A partir de la llegada de Guardiola al Camp Nou se empezó a germinar un fenómeno de heterogeneidad táctica exquisito, sobre todo para el espectador, quién deleita el paladar con el amplio bufé. El legado estilístico mesmerizador de Pep dio pie a una nueva interpretación, a un nuevo aire de revolución en las entrañas del balompié del viejo continente. Desde los modestos verdes de tercera división hasta los impetuosos teatros se compartían ideas en una reciprocidad provechosa para el crecimiento contingencial.

Para el ojo del “tifosi” de tribuna fue maná en un desierto de presiones en bloque bajo y tibieza. Su obra consistió en un entramado de pequeños procesos e ideas, parte de un credo global innegociable, que desencadenaban coyunturalmente en la mayor expresión futbolística de la década y, cómo poco, una de las mejores de la historia del marrón.

Al mencionar las clarísimas raíces provenientes de aquel fabuloso “Dream Team” muchos acusaban a Guardiola de repetir una fórmula pre cocida por Cruyff y Michels (ignorando bestialmente a Peucelle), sin tener en cuenta la crisis de identidad que padecía el Barça en el último tramo de Rijkaard, síntoma común desde la era post-van Gaal hasta la llegada de Pep al banquillo. Además de las notorias evoluciones en materia defensiva y de presión post-perdida. Cómo dijo alguna vez el multicampeón olímpico Phelps: “No soy un segundo Mark Spitz, sino un primer Michael Phelps”.

Su método fue simple. Rescató esencia, sentido de pertenencia y compromiso, valores de antaño que estaban algo refundidos, acompañados de un estilo construido con pico y pala. No por casualidad las grandes eclosiones naturales son efectos de la conjunción de elementos peligrosos. Desde Lillo en Sinaloa, Bielsa en charlas veraniegas, cafés larguísimos en el piso de Menotti, encontrones pedagógicos con Capello hasta asiduas visitas a casa del maestro Cruyff, fuera de su experiencia palpable de haberle tenido cómo director de ceremonias, formaron parte vital de la construcción del estilo autóctono. Tomó lo mejor de cada uno. Idealizó, creyó, maduró, ejecutó y campeonó.

Erigió, ladrillo a ladrillo, una pirámide de juego posicional exquisito que repartió decálogos por doquier, dejando a su salida un irremediable vacío en el cetro continental. Las hegemonías son agua en el Sahara desde aquel punto de quiebre contra Di Matteo en 2012. Nadie es capaz de controlar grandes citas a punta de posesión absoluta. Y ante tal dominio la solución de salida por la tangente pasaba por ejecutar un plan que rozara la perfección basado en marcajes, coberturas y ayudas incansables, ahogamiento y desgaste, además de perpetuar, con poquísimo margen de error, contraataques feroces de manual en las cortas rencillas de equivocación rival. Pocos hidalgos cómo Mourinho, Sabella, Lucescu o Hiddink se aventuraron a ello, asumiendo todas sus consecuencias, plantando cara y dejando cotejos de antología. Los necios con complejo de técnico frustrado aseguraban, sin vergüenza alguna, que la clave estaba en quitarles el balón.

El histórico Walt Disney alguna vez mencionó que lo difícil no era llegar la cima, si no mantenerse. Mismo fenómeno. El fútbol, al ser una ciencia tan detallada, con estudios en constante evolución y tecnologías al servicio del deporte hace cada vez más difícil sostener una idea revolucionaria que perdure más de tres ciclos, tiempo suficiente para generar el mismo efecto de atracción y adaptación; logrando toparse, tarde que temprano, con la tuerca que apaga el reloj. El verdadero y trascendente mérito está en reinventarse cuantas veces lo exija el entorno, en aras prolongarse en la cima. Caso Ancelotti, Heynckes o Halilhodzic que han dotado a su filosofía de cierta (y necesaria) flexibilidad táctica que les permite pregonar cimientos firmes y a la vez unirse a la ola estilística de turno. Y claro, campeonar.
Jupp Heynckes y Arjen Robben (Foto: BBC)
A diferencia de la tozudez que exige el no estar dispuesto a negociar el credo. Con la llegada de Guardiola a Múnich se planteaba uno de los más osados planes de trabajo. Decirle a una máquina colosal–única manera de definir la brillantez sinérgica creada por Heynckes- que a pesar de ganarlo todo debe cambiar e implementar un nuevo estilo significa un agravante mayúsculo para iniciar un proyecto. Algo legado para genios, siendo los únicos en capacidad de no negociar sus ideas y mantenerse en constante creación. Sistemas, variables, rotaciones, lo que haga falta para mantenerse imprevisible ante un entorno que ya le conoce y cree poseer la clave para detenerle. Eso sí, dándole continuidad a una metodología de trabajo y entrenamiento, además de contar con verdaderos prodigios capacitados para bajar las ideas del papel, entenderlas, razonarlas y explayarlas en sobre el verde. Que la flexibilidad táctica exista en los micro-ciclos, en pequeños ápices. Bien lo aseveraba el campeón ajedrecista Kaspárov: “La regularidad puede influir al cambio positivo. Siempre hay que buscar retos. Hallar nuevas preguntas. Tener el valor de pensar en grande y cuestionarse sobre todo cuando las cosas marchan bien”

La fórmula exacta del éxito no existe. Sobre todo por la constante evolución del rival y el entorno, quién a causa de la misma heterogeneidad mencionada, cada vez tiene más argumentos para complicar al histórico de turno, convirtiendo campos como Anoeta o El Madrigal en los puntos asiduos para pérdida de títulos.

Divagar y profundizar en estudios ilógicos no es más que jugar al alquimista con una venda en los ojos, intentando solucionar el misterio de la vida por arte de magia. Allí está la verdadera esencia de esto. Tan imprevisible y exacto a la vez. Tan simple y tan complejo. Tan lioso y tan fascinante. El juego tiene la particularidad de generar sensaciones y sentimientos diferentes en cada individuo, por tanto, la cuantía de  acercamientos a este marca la pauta para poder disfrutar de un duelo de estilos, donde cada rey cree que la causa de su imperio es la más justa y la única válida. Y el gran ganador es el espectador.

En una pugna de imperialistas contra colonos siempre ganarán los colonos, porque poseen un valor agregado por sobre la carrera armamentista y militar que ambos comparten: El engaño. Así, aquellos que se diferencian por pequeños detalles que resultan siendo cuantiosos son los genios cuyas gestas contaremos en las cenas familiares de la próxima década. Cómo bien lo enunció Simeone: “La diferencia entre Low, Ancelotti, Ferguson y cualquier muchacho de segunda división es experiencia y un plus intangible, porque de fútbol sabemos todos parecido”.

Aquel que niegue que la revolución táctica que vivimos es una bendición para la retina debe pertenecer a la horda que sostiene en el rating a los viles inquilinos de los micrófonos que no diferencian el libre directo del indirecto (Sí, mientras hablan en directo).

Porque cada vez son menos imperialistas y más colonos, y entre colonos la lucha es mejor. Claro, para el disfrute popular. Que al fin y al cabo es el objeto de todo esto.

“Eso era la historia. Una rama de fabulación y magia que pretendía ser ciencia”.

Mario Vargas Llosa

Guardiola: "El único que no tiene que hacer lo que digo es Messi"

Pep Guardiola, entrenador del Bayern de Múnich
Fuente (Getty Images).
Josep Guardiola, entrenador del Bayern Múnich, compareció ante los medios el viernes en la previa del compromiso que su equipo disputó con el Hamburgo en el marco de la 1º fecha de la Bundesliga alemana, cotejo que finalizó con victoria aplastante del onceno bávaro por 5-0. Ante la prensa, Guardiola hace evidente la tensión que acarrea, fiel espejo del ambiente que se respira en las oficinas del club de Baviera desde la sorpresiva y dramática derrota en la Supercopa ante del Wolfsburgo. 

Según palabras que reproduce el diario alemán BILD, se asegura que Pep se dirigió con suma contundencia a la plantilla en uno de los entrenamientos matutinos de la semana. El rotativo afirma que sus palabras fueron: "Este año todo el mundo va a hacer lo que yo diga y como yo quiera. Yo digo por donde deben ir las cosas y vosotros escucháis. El único jugador del mundo entero que no tiene que hacerme caso es Messi".

Con este discurso, el preparador catalán caldeó los ánimos en un intento de imponer su autoridad ante la plantilla. Sus palabras parecen haber calado en el plantel, pues el Bayern goleó sin piedad al Hamburgo por 5-0 en el debut de Arturo Vidal y Douglas Costa en la Bundesliga. Ningún recurso se antoja innecesario cuando Guardiola asume quizá su temporada más difícil al mando del club muniqués por ser cuestionado incluso antes de empezar la temporada. A puertas de un récord sin precedentes, ganar 4 torneos ligueros alemanes en fila y dar con la tecla que traiga, al fin, la codiciada "orejona" a Múnich.

El éxito, el estilo y el periodismo

José Mourinho en el Inter de Milán


José Mourinho respondía, sobre apoyar a la vieja o nueva escuela de técnicos de fútbol, a un periodista en una rueda de prensa de su etapa en Porto:

“Yo no soy un defensor de los entrenadores de fútbol viejos o jóvenes. Yo creo en los buenos y en los malos, aquellos que logran el éxito y los que no lo hacen”

Existen pocas palabras en el castellano más subjetivas que éxito. Y aplicadas al contexto futbolístico muchísimas menos. La comunidad futbolística y el mismo periodismo han llegado a equiparar como sinónimos, conceptos tan ambivalentes y distantes cómo “éxito” y “ganar”.

Y es que ganar se ha convertido en el único termómetro existente para medir, en función de variables inexactas, el éxito o el fracaso de un proceso. Con esta corriente, hemos venido equivocándonos, restándole méritos a aquellos que, a pesar de no ganar, sentaron bases previamente inexistentes para, por ejemplo, éxitos subsiguientes. Lastimosamente, algunos cosechan y otros recogen.

En esta caracterización del éxito, se debe tocar su punto de inflexión más inverosímil: El estilo. No existe una verdad universal sobre éste, y su intrínseca relación con el “jugar bien” o “jugar mal” (“feo” o “bonito”) lo hacen difícil de definir. Pero, ¿en qué se basan realmente los arrogantes que pretenden imponer como verdad suprema determinado estilo? ¿Habrá algo más allá de un juicio moral incomprensible o una estirpe anti-democrática? Vamos desde el inicio.

Que un equipo tenga forma, sentido, y responda a una manera de jugar determinada por su entrenador a raíz de diferentes situaciones o conceptos, se antoja necesario para el funcionamiento armónico de un onceno. Ahora, el estilo siendo entendido como la manera o la forma de resolver las situaciones que se presentan en un partido de fútbol.

El estilo, por tanto, está emparentado con la particularidad, con la forma de ser del que transmite o comunica. El que transmite cree en la particularidad y la asertividad del mensaje que intenta comunicar. Esto se antoja primordial, porque si no está completamente convencido de su mensaje, su inseguridad será inmediatamente descubierta por el receptor, en este caso el futbolista. Para el futbolista poder aceptar a un entrenador tiene que creer que lo está convenciendo respecto de un camino en el cual el entrenador cree. Pues es muy difícil darle varios estilos al equipo y asignarle el que conviene en determinado momento. Allí cabe lo que mencionaba Marcelo Bielsa como técnico de Chile sobre los estilos:

“Hay varios estilos distintos, lo que no hay es entrenadores exitosos que triunfen aplicando ideas en las que no crean firmemente”

Marcelo Bielsa, DT del Olympique de Marseille


Por tanto, denotamos que “jugar bien” no tiene relación alguna con el estilo, pues observando el juego como un sistema democrático y una dinámica autotélica, el único criterio realmente válido para sentar juicio sobre un determinado proceso o partido en singular, es el nivel de ejecución de la idea grupal, no la consecución de resultados. El espectador puede disfrutar de igual manera la perfecta ejecución de transiciones de Mourinho, los repliegues compactos de Simeone, la presión alta y contraataque letal de Klopp o el juego posicional de Pep. Jugar bien no debe ser un camino enjuiciable, debe ser el fin.
Entonces tu porción de éxito radica en ejecutar tu idea de la mejor manera posible (no existe la perfección), sin importar los resultados momentáneos. A mediano plazo el que juega bien, ejecuta y cree en su idea termina cosechando frutos. El juego debe tener el fin de primar las virtudes propias y no triunfar a causa de los errores del rival.

Los que planifican y estructuran ganan, y los que dan cabida a la improvisación, la especulación y las distintas variables (como el despliegue de talento individual) también. Ambos siempre sujetos al error humano, y a las pequeñas cosas que embellecen este deporte. Por tanto una escuela no es mejor que la otra. Tener más títulos en su haber no hace más exitoso al “catenaccio” que al “fútbol total”.

Convencer a un grupo es el paso primario de cualquier intento de éxito en cualquier ámbito de la vida. Diego Pablo Simeone en una entrevista con Maldini mencionaba:

“Yo creo que los equipos tienen una vida. La vida del equipo es el cómo juegan. Y si sumas gente que piensa de la misma manera y está convencida de la misma idea, más allá de que jueguen mejor o peor, es un éxito. No pasa por jugar bien para ganar, pasa por cómo lo transmites, cómo te compenetras y cómo compites para poder demostrarlo después. Puedes ver al Atlético de Madrid y son todos tipos con el mismo corte. Pueden jugar mal, pero nunca te van a fallar.”

El éxito en sí (o una parte de él) entonces vendría siendo, necesariamente, una compaginación homogénea de convencimiento y voluntad divina. Independientemente de que desee jugar como Hitler o como Lenin.

Hitler: “Logré comprender igualmente la importancia del terror físico para con el individuo y las masas”
Lenin: “Todo se trata de dar un paso hacia atrás para dar tres hacia adelante”

Si entendemos e interiorizamos estos principios, quizá algún día podamos juzgar sin automatismos efímeros y/o resultadismos, el verdadero sentido del éxito en un grupo o un proceso. Sobre todo nosotros, el periodismo deportivo. A ver si así le abonamos la merecida cuota a grandes infravalorados como Lillo, Bielsa o Menotti, a los que la justicia divina y el tiempo ya se encargaran de darles la razón, como siempre la han tenido.

“El periodismo no le ha enseñado al espectador más que geometría innecesaria que no merece ser explicada más allá de los números telefónicos”

Marcelo Bielsa
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