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viernes, 27 de mayo de 2016

Robert, Sylvain y David
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Por Alfonso Massó (@alfonsomasso)

El fútbol está repleto de momentos en los que se convierten en protagonistas aquellos que no están, a priori, llamados a serlo. Pero ver el fútbol desde este punto de vista nos lleva a una interpretación del mismo como un juego individual y no colectivo, de equipo, que en el fondo es de lo que se trata: que once personas se identifiquen con una idea, sean capaces de plasmarla sobre el terreno de juego y demuestren sus habilidades individuales en beneficio del grupo.

Lógicamente, cuanto mayor es la influencia singular más relevancia se tiene entre compañeros, aficionados y periodistas. La historia del fútbol se rinde a los pies de aquellos nombres que consiguieron destacar (Maradona, Pelé, Di Stéfano, Cruyff...) pero también está lleno de jugadores sin los cuales los éxitos o el reconocimiento de éstos no sería el mismo.

La Eurocopa del año 2000, la celebrada en Holanda y Bélgica (primera vez que el torneo se celebraba en una sede compartida) vivió uno de esos momentos. Francia acudía a la cita como Campeona del Mundo y Roger Lemerre confió en el mismo bloque de jugadores para afrontar el torneo en una primera fase que les iba a enfrentar a tres rivales que también habían conseguido la Eurocopa: Dinamarca, República Checa y los anfitriones, Holanda. A Zidane, Deschamps, Blanc, Djorkaeff, Thuram y Barthez se unieron unos jóvenes Henry, Anelka y Trezeguet.

En aquella plantilla también se encontraban jugadores como Sylvain Wiltord que por entonces pertenecía al Girondis de Burdeos y el centrocampista ofensivo del Olympique de Marsella Robert Pirès. Con una delantera formada por el indiscutible Henry, acompañado unas veces por Anelka y otras por Dugarry, Wiltord fue titular en el partido contra Holanda en el que Francia ya estaba clasificada para los cuartos de final y el seleccionador galo decidió hacer rotaciones. Lo mismo le ocurría a Pirès, teniendo a Zidane y a Djorkaeff como titulares. Cuando el asunto se puso de nuevo serio, contra España en el cruce de cuartos, ni Wiltord ni Pirès jugaron un sólo minuto, siendo de nuevo suplentes en el partido de semifinales ante Portugal.

El rival en la final fue Italia. El técnico francés confió de nuevo en su equipo de gala. La primera mitad concluyó con 0-0. En la reanudación, Marco Delvecchio adelantó a los italianos en el minuto 55. Lemerre reaccionó y cambió a Dugarry por Wiltord en el minuto 58. El partido avanzaba y los campeones del mundo no eran capaces de atravesar la férrea defensa italiana. Con el tiempo cumplido, el colegiado decretó cuatro minutos de tiempo extra. A la desesperada los franceses se lanzaron al ataque, con el banquillo azzurro celebrando el título y protestando al árbitro que no pitara ya el final.

Pero en diez segundos el guión de aquella final iba a cambiar y de qué manera. Se cumplía el minuto 93 cuando Barthez pateó el balón tras un fuera de juego. Trezeguet, que también había saltado al terreno de juego por Djorkaeff, cabezeó la pelota hacia la banda izquierda. Cannavaro, inmenso durante el partido y durante el torneo no alcanzó a despejar bien el esférico que cayó a la posición donde se encontraba Wiltord. Con el pecho, hizó un control orientado que le dejó el balón botando para rematarlo con su pierna izquierda. Francesco Toldo, el meta italiano, no pudo atajarlo y Francia igualaba la final.

Desolado, el equipo de Zoff no se repuso del golpe y vió como en una jugada por la banda izquierda entre Wiltord y Pirès (en el campo desde el minuto 86 por Lizarazu) terminó con un pase de la muerte que Trezeguet remató a portería lejos del alcance del portero de la Fiorentina. Gol de oro que daba el título a Francia y ponía punto final al partido.

Francia conquistaba su segundo título y se convertía en la primera selección en ganar de forma consecutiva Mundial y Eurocopa. Pirès, Wiltord y Trezeguet se convirtieron en protagonistas y demostraron que en el fútbol, y en la vida, los Zidane, Henry y compañía necesitan de su presencia y de su participación.

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