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Web Designer & Web Developer
from United States, California.

I have rich experience in web site design & building and customization. Also I am good at html, css, javascript, wordpress, php, jquery, bootstrap. I love to talk with you about our unique approach. Feel free to contact me writing an email with your project idea.

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Memorias de un carasucia: Cuento de fútbol

Boca Juniors vs River Plate, algún momento de 1954
Allí estaba yo. Un día especial. Domingo a las tres en el gallinero. Al norte. Olor a verde húmedo, cerveza, madera, sudor y tensión, mucha tensión; el olor del cagazo.  Y allí estaba él. En el ojo del huracán. Remando contra una vorágine de sentimientos encontrados. Minuto setenta y el “carasucia” ahondaba incesantemente por reconciliarse con ella, su reina. La invitada de honor. Otro acto más de la obra sin fin. La pecosa pelinegra de tez blanca que tanto le había evadido en los albores de la faena, seguía esquiva, reacia, resistente a los placeres. Si no lo conoce, se lo presento: Pedro Miguel Moreno (con los quilates de su apellido, por un tal “charro”) oriundo de las orillas del Río de la Plata. Malabarista de la redonda, zurdo por conveniencia, operador del Railway y astro de proporciones épicas enjaulado en tres puntadas y media.

Tres puntadas y media del “charco”, el pueblito de calles estrechas, mercado concéntrico, cinco bares por metro cuadrado, casitas coloniales, izquierda atestante (tanto que los encorbatados soñarían con galopar al unísono de un vuelo de cuervos maquinando el resquicio para ilegalizarnos) y abrumante soledad. Sí, pero mucho cúmulo también. Ambiguo. Surreal. ¿Por qué? Porque vivimos de la pelota. Y del granate, el amado granate. No nos moviliza el payaso con traje de turno ni su retahíla indisoluble.

En tierras con suelo y aroma arcaico nos mueve la tradición. Abuelo. Nieto. Sobrino. Hijo. Fenómeno. Todos agolpados, como próceres del apocalipsis, domingo a domingo. Con la etiqueta de vándalos, regalo afectuoso del club de puritanas, nosotros y un combo de treinta prendíamos la cerilla que detonaba el torpedo. Sin ponernos de acuerdo se erigían las banderas, retumbaban los pitos, brotaban las cornetas y el “charco” se volvía pura fiesta. Como un día patrio. Como un 14 de mayo todos los domingos. ¿Por qué hoy? ¿Por qué el quilombo? Era la final, loco. De perder nos tendríamos que atrincherar en un búnker de cartón tres meses. Imagináte lo que sería la cargada en la capital. En el trabajo. En la gasolinera. En la escuela. Ahi, la escuela. La vieja escuela en la que mi nene y cinco más llevaban la bandera del bien (Sí, en la capital), los demás, típicos chicos, hinchaban por el equipo de moda: Planteses. Los muy caraduras nos tenían la paternidad hasta la yugular. Siete de siete, todos por más de tres. Un combo para matarte, de esos que los ves y ni siquiera te presentás, y para colmo el DT de las cincuenta mil copas. La semana previa nos fuimos a la desesperada. Yo no me cambié la remera, como la vez del primer ascenso. Mi mujer cocinó las tortas en el fogón derecho, cómo la semana que ganamos dos clásicos. Y mi nene, Gabrielito, se lo tomó tan a pecho que se durmió a las diez y cincuenta y cinco todas las noches, como la previa de aquel batacazo en la capital, el dos a dos que lo tengo fresquito como si fuera ayer.

Tocaba en el gallinero, suerte poética, había que matarlos aquí. Te juro que, con cientos alrededor y el pueblo en día festivo, me sentía solo. La paradoja de estar solo entre la muchedumbre. Yo y mi pasado. Mi pasado y yo. Yo y mis recuerdos. Mis traicioneros recuerdos y yo. Las lágrimas de los descensos. Recomponer el corazón con la marcha de aquellos. Como cuando se va el portero que te salvaba quince puntos por torneo ¿y ahora qué hacemos? Cuando se va el goleador que te metía veinticinco pepas por corrida ¿y ahora qué hacemos? Todos corren a besarle las medias a burócratas inservibles con manojos de verdes, se les olvida el sentimiento. Amnesia selectiva. Puercos. Común desde que la pasión se prostituyó. Hace décadas, loco.

Volviendo a él, el del número mágico, atestado camboyano en un sinfín de inquisiciones, estaba atrincherado. Sólo. “vendido”, “pecho frío”, “cagón”, le gritaba el barrendero de la quince. Sí, el bigotudo de ochenta le echaba la madre al nene de veinte. El fútbol, querido. Aquel pobre desgraciado estaba más sólo que el pibe bajito de la clase cuando tocaba gimnasia. Un drama.
Él, en su cabeza, no quiere ser nada más que un futbolista, y, si se puede, el héroe de hoy. Lo demás, todas las otras cosas, se las echa encima una sociedad carente de modelos, que acude al templo a buscar esperanza, alguien en quién creer. Ese pueblo hastiado de canallas, ventajistas, pícaros de turno, pregoneros del egoísmo y la idolatría. Con puesto de privilegio para perpetuar su crimen. Matar masas desde la cabeza, el peor de los delitos.

Y él, sabiéndolo todo, se expone. Con cojones. Pregona posesiones terapéuticas, genera superioridad inyectando pausa, cabeza fría. Desatranca el viejo motor cuando pierde aceite. Y aún así, la creatividad sin choque y esfuerzo es siempre sospechosa. Injusto.
La pide y lo dejan morir. Los cuatro que tiene a los lados le ignoran. La reina sigue reacia a buscarle, y él sabe que ella es la única solución a esto. Al infierno que se iba a formar si no ganaban. Fuera de ello, el ambiente para reconciliarse era ideal. El rey y la reina no coinciden si la situación no lo amerita. Y hoy, para darle la primera alegría a un pueblo desesperanzado después de las bofetadas secas año a año, era la ocasión. El canoso de campera gritaba desaforado desde la línea de cal. Llamó a Moreno a la banda, charló con él y acto seguido sacó a un back central y metió al pibe de la cantera. Sí, al delantero, iban a por todo.

Perdiendo uno a cero y faltando quince, te dejás la piel en el campo. Ya nadie defiende, nadie se acuerda del somnífero que les mandó el canoso antes del partido. Nadie sabe de táctica. Pelotazos, centros, remates, todo sin fundamento. Hasta que uno de ellos, el catorce, el cabecita, se la pasa al diez. Vaya genio, lo puso a vivir. En la leve caricia del botín remendado con la pecosa, algo se activó en él. Desató una faena de gambetas, pases y cinturitas sin precedentes. Tres llegadas en cinco minutos. Dale que todavía se puede, le gritaba el canoso. Acto seguido, algo se activa en el incondicional, el jugador número doce. El veterano, al que lo bajaron del ejército y quedó vendiendo pan, lanza un grito ensordecedor desde la norte. La cajita de cerillas hace eco del chiflido posterior. Todos entendimos. Había que bancar como si no hubiese un mañana. ¿Y ellos? ¿Quiénes, los platenses? Estaban cagados, se querían ir, estaban en la olla. Veían el reloj cada diez segundos, rechazaban el balón sin saber, miraban al banquillo buscando respuesta. No la había.
Eso que después de ver tanto fútbol, sabés que ellos están mal y que en cualquier momento cae el gol? Así, pegados del techo, pariendo trillizos y pensando en dejarte el bigote, volarte a Ecuador y empezar de cero. Así de serio es esto. Se sufría, pero había esperanza.

Zubeldía, el de la oficina de correos, la agarró desde atrás y se metió una carrera, mamita ni para qué te digo, infernal. El tres lo bajó en el borde del área y el central, el calvo cabronazo, se acordó que se había traído el pito y señaló. ¿Quién más lo iba a tomar si no Pedrito, eh? Tres pies de carrera, una mirada de reojo y ya está. Adentro. Volteé a celebrar y a mi nene lo vi llorando. ¿Sabes lo que vale eso? Ya podemos perder, lo vale todo. La ropita granate que le puse cuando chiquito no fue en vano. Este es de los buenos.

Falta un minuto y sentimos que se nos va. Que la conexión del genio vino tarde, se demoró. El proceso es el mismo después de una muerte. Negación. Llanto. Resignación. Cuando todo parece muerto aparece él, el de la varita, el iluminado. Te digo que si este hubiese sido cirujano, estuviera tapado en verde. Milimétrico. Preciso. Madre mía, la hora en que este decidió jugar al fútbol. La reina se reconcilió del todo. Le ha perdonado la ingratitud de tantos meses, de buscarla a ratos. Se han juntado los reyes y no hay quién intervenga. El idilio apareció para el disfrute popular.

Un centro hermoso después de abrir la cancha a placer. Para llorar. Y ahí estaba Germancito, el nueve, el albañil, no puede ser. El tipo está ahí. En el borde del arco. En el área chica. Dónde debía estar. Después de haber hecho mil quinientos goles (se escandalizan porque Palermo hace cuarenta) se lanzó a por este cómo si no hubiese un mañana. La conectó y el tiempo se detuvo. Lo vi todo en cámara lenta. El balón entró y somos campeones. Pellízcame, vieja, que me estoy montando una de Spielberg en el sueño. El chico acabó con el grande. Se acabó la burocracia. No hay más injusticia. El mundo es un lugar feliz.

El juego nos ha regalado minutos de realismo mágico. Nos olvidamos de las aflicciones, las deudas, el dolor, los que ya se fueron, la vida en sí misma (un dolor constante). No importa nada más. El hincha granate no quiere que le hablen de nada ni nadie más, quiere retirarse con ellos. Hoy, y hasta el próximo campeonato, son el Papa, Ghandi, Luther King y una pizca más. Cuando volvamos a la realidad, en dos meses, seguiremos ahí. Alentando, gritando y pariendo. Y cómo no, puteando desde la barra. Con mucho amor, que quede claro.

"El bosque es precioso, oscuro y profundo. Pero tengo promesas que cumplir y millas que recorrer antes de dormir. Y millas que recorrer antes de dormir".
Robert Frost
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