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from United States, California.

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Skyhook: Coetzee tú, anarquista yo

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

Simbolismo, más allá de enrevesadas definiciones típicas de diccionario filosófico, es un estilo literario que Moréas, su precursor, definió como “enemigo de la enseñanza”. Más allá del enunciado, este esconde intenciones de mostrar el mundo como un sudoku de periódico de domingo esperando a ser resuelto, y en aras de dicha labor el escritor debe encontrar los vínculos entre los objetos sensibles para, entonces, desempolvar el puente de piedra vetusto y transitar sobre su historia en busca del todo.

El simbolismo en sus letras ha caracterizado, por ejemplo, a J.M. Coetzee, premio nobel de literatura sudafricano, a lo largo de su carrera. Lo que John Maxwell nunca supo, mientras apañaba en su estudio a poca luz los primeros trazos de obras como “desgracia” y “diario de un mal año”, era que un compatriota gemelo de apellido iba a tomar de él, maestro de la disección precisa de su sociedad, la técnica para arremeter en contra de lo establecido. El sábado pasado en Newlands, el coloso de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, Allister Coetzee, entrenador de los Springboks, fue un simbolista más; fue, desde el primer minuto, en contra de aquella enseñanza que dice que contra los All Blacks no hay fórmula ni menjurje, y que no queda más remedio que aguantarles con kilos de masa muscular y centenares de rosarios rezados en la semana previa al cotejo. Porque son ellos los que tienen tan solo cinco derrotas desde 2011.

Los Springboks eran el último escollo de la tribu maorí por excelencia para alzarse con el Rugby Championship de este curso. Coetzee planteó un partido reactivo de principio a fin, sin regalar medio centímetro e incomodando, dentro sus posibilidades, la gestación de juego de los neozelandeses. El sudoku se fue desentrañando a medida que, por los pequeños vínculos de la aportación individual, Sudáfrica fue tejiendo los caminos para buscar el todo. Desde la aplicación sistemática y acertada del balón a tierra hasta la resistencia mastodóntica de su hooker, Malcolm Marx y el ímpetu del espíritu anarquista de su capitán, Eben Etzebeth, recordando, independiente de sus marcadas diferencias en estilo y aplicación táctica, a François Pienaar -el hombre que detuvo a Jonah Lomu-. Etzebeth fue la representación artística de un cuadro en bucle en el que el protagonista, anarquista luchando contra el régimen, no se cansa de colisionar contra un muro de concreto infranqueable que, a cambio de sus marcadas cicatrices, apenas va cediendo de a ínfimas fracturas. Sudáfrica acabó con catorce hombres y una derrota, pero el orgullo intacto.

La expresión impávida de Kieran Read, capitán de los All Blacks, al cierre del partido que acabó 24-25 y significó el título invicto para los neozelandeses, fue una muestra más de que el enemigo no logró cruzar el puente vetusto para llegar al todo, pero hizo temblar los adoquines del reino. Y eso, ante una caballería milenaria y colosal, es la muestra de que el simbolismo es el camino: Nueva Zelanda tiene puntos débiles mínimos -objetos sensibles-, y para llegar al todo, la victoria, hay que encontrar los vínculos entre unos y otros. Después del despliegue sudafricano y de la excelsa labor de los Lions en sus cuatro encuentros recientes, parecen vislumbrase luces en el camino más allá de sus cinco derrotas aisladas en estos años. La clave pasa porque los cuerpos técnicos consuman, a partes iguales, partidos de la tribu maorí, café para el pestañeo de madrugada y libros de Coetzee. Leer a un nobel y vencer a los All Blacks como recompensa del trasnocho no estaría nada mal.

Skyhook: Carlo, tu sei Hugh Hefner

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

Cuando en los años 70 el imperio Playboy se vino abajo, los vientos en la redacción no se arremolinaron ni se produjo una hecatombe que desembocara, como casi todas las caídas en el sector editorial, en una serie de despidos en masa -por ende, la cancelación de muchas suscripciones a revistas del hogar y la reducción de las filas en los estrenos de las películas de Jane Fonda-. Hefner, quien dio vida al magazín y labró un concepto que trascendió las barreras del mercado editorial, supo que la única necesidad de una monstruosa maquinaria que se había quedado sin aceite ante la velocidad de la competencia era encontrar quién diera un cambio de enfoque para resurgir y seguir a flote más fuerte que antes.

Hefner, cual rey sobrado de pericia y sagacidad, cedió las llaves del reino a su hija, Christie, y esta levantó a la revista del bache, la volvió a situar en el pico del mercado y expandió el espectro comercial de la marca logrando que Playboy llegara al cine, el video -innovador para entonces- y la cibernética. La pequeña Hefner reacondicionó un Koenigsegg con el chasis maltrecho para que volviera a lucir acorde a su poderoso motor. Más tarde, con el auto reluciente y el motor desempolvado, Hugh tomó las llaves y volvió a ser el rey.

Carlo Ancelotti, recientemente relegado en el Bayern de Múnich, es Hugh Hefner. Ha caído, a pesar de que su despido se pueda considerar apresurado e incorrecto, pero volverá. Porque, como dijo Sófocles alguna vez, los decretos no tienen la fuerza suficiente para permitir al hombre ignorar las leyes inmutables de los dioses, pues su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre. Ancelotti hace parte de ese olimpo de dioses de la Copa de Europa cuyos decretos son inmutables y cuya palabra no tiene reversa; pocos entrenadores llevan cubos de hielo en la sangre como para, tras las críticas por dejar fuera de un cotejo mediático a los pesos pesados del vestuario, afirmar con la serenidad de un personaje de Tolstoi: “Je ne regrette rien” -no me arrepiento de nada-. Las copas en el bar junto a Paisley, Ferguson, Michels, Herrera y Sacchi se las ha ganado a pulso.

El Bayern, ese equipo que de la mano de Jupp Heynckes parecía tener madera para tiranizar europa, es Playboy. La velocidad centrífuga a la que corre el medio, el reinado indiscutible de un monarca -Real Madrid- y la amenaza de aquellos reinos que cuentan con príncipes de sangre azul esperando por el cetro -Kylian Mbappé, Paulo Dybala y compañía- han acabado por, aparentemente, relegarlo de la discusión por la corona continental, esa que parece, cada vez más, cortar de raíz los aires subversivos para privilegiar a una élite que se retroalimenta y, en un acuerdo tácito, actúa para simplemente cederse la silla.

Dentro de sus filas tiene materia prima suficiente para cambiar el aceite y volver a sembrar el pánico en sus giras por el viejo continente; la clave está en encontrar a su Christie Hefner que le de nuevas dimensiones al gigante bávaro. A fin de cuentas, Playboy siguió siendo Playboy, y el Bayern volverá a ser el Bayern. Así Beckenbauer y Rummenigge deban volver a vestirse de cortos y enfundarse las botas para lograrlo. Es lo que tienen los imperios milenarios; jamás caen, solo se transforman.

Hugh Hefner (QEPD)

Skyhook: El puñetazo del billón de dólares

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

Floyd Mayweather es uno de esos tipos que no da puntada sin dedal. Y lo es sencillamente porque, a pesar de poner en riesgo el invicto de 49-0, con el que se retiró en 2015, al pelear con Conor McGregor, no lo hace por el simple hecho de demostrar su valía en el ring ante un oponente que le ha retado hasta el hartazgo, no; lo hace porque, desde mucho antes de poner un pie en la lona, tendría asegurados 100 millones de dólares más una tajada cuantiosa de los ingresos por PPV. Mayweather, ante todo, es un astuto hombre de negocios, como bien lo dijo el propio McGregor posterior a la primera reunión entre ambos para tratar la posibilidad de montar semejante show. Porque efectivamente es un show, y quizá sea el espectáculo más lucrativo de la historia. 1 billón de dólares en ganancias estimadas, todo esto para una pelea que, desde la óptica del boxeo y del deporte en general, carece de todo sentido.

Mayweather afirmó recientemente ante las cámaras del portal fighthype.com, a la salida de un evento en Londres, que vuelve del retiro únicamente para enfrentar a McGregor: "Firma el papel con UFC y peleemos en junio. El plan es simple, pelear en junio" sentenció. El combate, que ya es posible pues McGregor obtuvo la licencia de boxeo hace un par de semanas en California, carece de sentido más allá de poner fin a la lucha de egos que ambos protagonizan desde hace tiempo en redes sociales, y tiene, además, un nefasto historial con el recuerdo de la pelea, hace 40 años, entre Muhammad Alí y el japonés Antonio Inoki, campeón de lucha libre. Aquel combate, que finalizó en empate, fue un rotundo fracaso deportivo que recaudó millones, algo no muy lejano a lo que este terminaría significando. Porque más allá del morbo del público, que es el motor de la maquinaria que gestiona el combate, no habrá mucho más. Nada memorable como un Tyson vs Holyfield o un soñado Pambelé vs “Mano de piedra” Durán. Será (jugosa) carne de cañón para los empresarios del entretenimiento en Estados Unidos.

El combate tiene todo el sentido desde el punto de vista económico, evidentemente, pero desde lo deportivo es como lanzar a un león a pelear con tiburón fuera del agua. Lo normal será que Floyd Mayweather destroce a McGregor, por el simple hecho de que McGregor no es boxeador y Mayweather no es cualquier peso welter novato. Y pasaría lo mismo si se invirtieran los papeles. Mayweather, en un octágono y con normas y técnicas de MMA, tendría una mínima, por no decir ninguna, opción. McGregor, para colmo de males, estaría arriesgando su carrera prácticamente en base a nada; además de adjudicarse 25 millones mientras su contrincante se lleva 100 (cuatro veces más), para pelear tendría que romper su contrato con UFC, el cual tiene firmado por 3 combates más, y poner en peligro su integridad física, por ende su carrera, subiéndose al ring como un simple novato con meses de entrenamiento ante un campeón invicto que no va a especular, menos cuando su reputación y legado están en juego. Una pelea, por donde se le mire, con un solo ganador.

La única posibilidad real de McGregor pasa por atestarle al campeón un puñetazo que en la jerga boxística se conoce como “Money Punch”, uno con la suficiente potencia para lanzar a Mayweather sobre la lona. Y bueno, ante el mejor boxeador de este siglo, maestro por excelencia de la técnica defensiva y una bestia que ni siquiera Manny Pacquiao pudo domar, el puñetazo del billón de dólares se antoja, como diríamos coloquialmente, “bien patas arriba”.

Skyhook: El error humano y la suerte

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

La debacle de Atlético Nacional en Japón no es explicable dentro de parámetros lógicos. Ni por táctica, ni por falta de preparación, ni ningún factor futbolístico duro que se nos pueda ocurrir. La balanza la han terminado inclinando los intangibles, esos tan temidos que pasan por debajo de la mesa en la gran cena de la conversación futbolística porque, aunque todos desean tenerlos a favor, no existe trago más amargo que verlos obrar en contra ante la impotencia de no poder luchar contra ellos.

Simeone dijo alguna vez que la suerte siempre empalma con el más preparado, y que por ello él intentaba ser siempre el más preparado en la contienda, para tratar así de seducir a la suerte. Claramente, en momentos donde la necesitó, la suerte le abandonó, concretamente en un desquiciado e histórico minuto 92:48. La suerte es una ramera que elige sin discriminación; y que como hoy puede negar sus amores, mañana quizá toque a la puerta con lencería negra y una botella de Bourbon. Se le ama y se le odia, sin grises.

Nacional hizo lo que debía en teoría, dominó en todas las facetas del juego desde el principio, salvo en los tramos finales donde se vio embriagado por la desesperación del marcador y la oportunidad histórica que se esfumaba. Se topó, sorpresivamente, con un onceno ordenado, serio, aplicado, subvalorado y con la suerte de su lado. Y ante la suerte no hay nada que se pueda hacer. En la temporada más laureada de su historia ha sufrido quizá la debacle más estrepitosa de su historia. Altos y bajos, claros y oscuros; el fútbol, señores. Porque se hace válida aquella máxima que el balompié lleva tatuada y saca a relucir religiosamente cada vez que se nos va olvidando: el que no los hace, los ve hacer.

El partido quedará para la historia por donde se le vea. Por el resultado, por la dinámica o por la “innovación”. El primer partido en la historia del fútbol en el que se utiliza tecnología para sancionar un penalti queda manchado por el error. Y es ciertamente justo, no es más que justicia poética; porque cuando se desprende al deporte de una de sus condiciones innatas nada bueno puede suceder. El error humano hace parte de la naturaleza orgánica del juego en sí mismo. Y nos quitan eso. Ciertamente, queda poco en qué creer. Menos mal nos queda la ilusión de la décima película de Tarantino y de la (pronta) jubilación de Coelho. 

Aun así, hay cabida para una explicación de tinte macondiano: La sucesión de episodios enigmáticos e inconcebibles. El V.A.R. (Video Assistant Referee), Alberigo Evani (el armar mal una barrera) y Jonathan Fabbro. Simplemente no se nos da en Japón, no se nos da el cetro mundial. Hasta en eso somos fieles a nuestra tradición. Todas nuestras debacles, que escapan de la explicación lógica, tienen una validación folclórica inconcebible en cualquier otra cultura diferente a la del sagrado corazón. Y qué le vamos a hacer si así somos.

Skyhook: Remembranzas


Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

En un año (siglo) que parece la secuencia de un filme de Hitchcock hay poco tiempo para recordar. El ejercicio de recordar necesita tiempo, espacio y un motivo. Motivos sobran, pero el tiempo y el espacio son cada vez posesiones más codiciadas y escasas. Lo curioso es que, como el cardón que florece en medio del desierto, existan resquicios de asuntos semi-inaprensibles para recordar y reflexionar, y que podamos detenernos sobre ellos, muy a pesar de su condición, es simplemente alucinante; como, por ejemplo, la remembranza de tiempos pasados felices. Solo hace falta aguzar los sentidos, captar los detalles y dejarnos embriagar. 

Bajo el centelleante sol caleño dominical el detalle del humo rojo por montones, las leyendas presentes en la sagrada catedral, la atenta mirada de los cuervos esperando carroña luego de otro fracaso y la sed del náufrago que despilfarró y subvaloró privilegios antaño, presagiaban otro episodio de memoria. El ejercicio de remembranza del América de Cali fue como una lluvia en la sequía: tortuosa de esperar, pero exquisita al llegar. Los jugadores parecieron acordarse de que al escudo que defendían cada año en el infierno le colgaba una pesa más sobre los hombros que difícilmente será borrada, pero que será más fácil de difuminar entre menos pesas halla que tratar. Para el plantel fue un ejercicio de amor propio, para los fanáticos uno de catarsis y para la institución uno de revelación ante el mal tiempo; fue, en resumidas cuentas, como sacarle el dedo gordo al profesor de álgebra el día del grado.

A kilómetros de distancia otro ejercicio de remembranza fue causado por la conjunción de elementos inciertos. En Madrid una prenda de material reciclado, la lluvia torrencial y una victoria sin explicación, anclada en la pesada tradición de la que hace gala el Real Madrid cuando le escasea el fútbol, embarcaron a más de uno en un recuerdo que muchos construyeron gracias a vídeos y otros, muy pocos, atesoran celosamente en su memoria. La lluvia desdibujo el efecto de la sociedad líquida sobre el deporte. Por un momento pareció que la camiseta carecía de publicidad, marcas y logos, y que se limitaba a portar un color con un escudo sin más. Un detalle que recordaba tiempos donde lo único que importaba era la disputa de veintidós sudados por embocar un tejido inflado en un enjambre de redes. Otro deporte, otras épocas. 

Tiempos de los que es pecado no acordarse y cuya gloria hay que perseguir para intentar emularla, pero que, lastimosamente, no volverán. Esto es lo que hay y lo que habrá. Y cuán necesario se hace, cada vez más, parar el reloj a las malas, enviarle castigado a un rincón del cuarto y sentarse a recordar.

Skyhook: Autómata querido

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

La voluntad es algo que siempre puede verse cuestionado, pues es bien sabido que, como dice el resabio popular, cuando se quiere, se puede. Siempre que la gente quiera encontrará una manera, como programar una cita en la agenda más apretada (mujeres que según la circunstancia son Obama o son Jim Carrey en “Yes Man”), quitarle las pasas al helado de ron o el pepino a la hamburguesa y reemplazarlo por tocino para complacer al cliente, y así; a diferencia, siempre que le inunde la letanía, propia de un domingo a las cinco de la tarde, encontrará una excusa; será entonces imposible fabricar el helado de ron con pasas sin pasas “porque así viene” y siempre habrá un paseo familiar ineludible y de último momento. Para ganas está Escocia, que en su lucha por sentirse lo menos británicos posible tienen un billete propio, una liga de fútbol propia y defienden la postura argentina sobre las Malvinas. Para excusas está Inglaterra, que no se siente europea últimamente y que, en la victoria, se ufana de un oriundo de Escocia como británico (casi como inglés), como un hijo de casa.

Cuando hace tres años Murray quebró el maleficio de los británicos en el torneo grande de casa (77 años sin títulos) y pareció alcanzar la alargada sombra de Fred Perry que tanto persiguió, viendo como su estatua a la salida del All England (que le sonreía con picardía y malicia cada vez que abandonaba el césped sagrado sin el trofeo a cuestas) pareció rendirse a sus pies al igual que todo el pueblo británico, Andy dejó de ser el escocés semi-encadenado que nunca ganaría Wimbledon para desafiar su naturaleza junto a la historia misma y el estertor agónico y espeso que significaría su palmarés sin ser profeta en su tierra; quebrando así paradigmas, etiquetas y callando cientos de bocas en el camino a la cumbre. Desde que carburó no se ha detenido, como un autómata que mecanizó su labor y ya no se conmueve como antaño porque se limita a cumplir con su cometido, como la gran mayoría de los nombres que reposan en el Olimpo del deporte. Le arrebató la medalla de oro en césped al mejor jugador de la historia en césped, perpetuó (y ganó) batallas épicas contra otros monstruos que, como él, están marcando época sentando una nueva era (sus duelos con Djokovic son caviar) y el sudor frío ya no le baja por la espalda a la hora de sentenciar partidos. Su reacción este sábado al llevarse la corona de maestros fue de eventual alegría por la victoria, pero con mesura y sosiego propios del campeón al que todo le sale porque ya está en la edad madura en que todo cae por hábito y que, en lugar de vivir una epopeya fantástica, asiste a un día regular de trabajo en la oficina, en el cubículo de la izquierda al lado del baño llenando formularios de seguro social.

Murray seguirá a lo suyo. Seguirá asistiendo al trabajo, poniendo la computadora a andar para procesar formularios y dibujando sonrisas amplias en los rostros de Judy y Kim; en Londres y sus alrededores, entonces, seguirán vociferando: “Gracias, autómata querido” cada vez que sume otra copa a la vitrina de su casa, que pareciera ser la misma vitrina británica (cada uno de sus títulos vale como una Davis para las islas). Aunque todos sabemos que, de ser uno más del montón y no el primero de la lista, sería escocés y no británico; sería el que saca buenas notas, se sienta en la última fila y pasa desapercibido, y no el que iza bandera, se gradúa con honores y es situado en primera página del anuario ignorando el alfabeto. No nos engañemos. 

Skyhook: Hay que volver a gustarnos

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
“El común de la gente toma las cosas porque le son dadas, y no tiene ninguna opinión o criterio sobre ellas”  Víctor Hugo
El fútbol es tan vasto y amplio que presenta variedad de corrientes afluentes divididas, maneras distintas de ver y entender las circunstancias del juego y, por consiguiente, de la vida. La manera de consumir el producto dicta mucho de la condición, el pensamiento y el cauce que cada quien elige, desde su particularidad, para su porvenir; incluyendo un gigantesco abanico que abarca desde gustos y manías hasta las situaciones trascendentales donde la vida juega a ser trapecista. Si, por ejemplo, en un restaurante el camarero nos sirve un bistec pasado, ¿pasaríamos sin más, sin hacer la reclamación de su calidad solo porque el objeto final de acudir como comensal es alimentarse? El saber vivir es, puramente, una cuestión sensitiva.

Nietzsche hablaba de la teoría del eterno retorno, y de cómo las cosas están condicionadas por la fragilidad banal de la no repetición. Es decir, que no se mide con la misma vara la figura de un Stalin fugaz que no volverá, a tener que pensar en otra impartición de su credo recalcitrante y en que regresará una y otra vez de forma cíclica e infinita a implantar su totalitarismo. Esta fragilidad de lo fugaz, característica de cualquier evento pasado, es lo que valida que, como decía Borges, la deshonestidad, por ejemplo, goce de veneración pública.

No tener que enfrentar los mismos fantasmas una y otra vez deroga, socialmente hablando, tanto al asesino como a la guillotina. Pero, ¿Y si supiéramos que todo se repetirá eternamente, igual preferiríamos ver fútbol “mal jugado”, o pagar por ver cualquier clase de espectáculo sin divertimento alguno? ¿Nos daría igual asesinar al juego, privándole de su condición innata de imprevisibilidad, sólo porque “hay que ser campeón”, así el campeonato pierda todo sentido por repetirse inequívocamente una y otra vez?

Para los defensores de la “viveza criolla” y del “trabajo” siempre existirá una validación. Y otros, más cándidos y reducidos, seguiremos defendiendo que si esto es un juego donde se atrae al público con la excusa de un espectáculo también importa gustar. Entendiendo también que gustar (el estilo) va ligado a la condición de dinámica autotélica que tiene el fútbol, un deporte, en su esencia, democrático de la cabeza a los pies. Sin embargo, y esto bien se sabe, el deporte es jugado por seres cambiantes de carne y hueso, que sienten, actúan y deciden en cuestión de segundos; y al final todos los planes de arcilla que se labran fuera del césped son cambiados por el palpitar del jugador en un solo instante. Bien decía Guardiola que “ningún sistema es cerrado, porque al final los jugadores se mueven”.

Por ello, a fin de cuentas, el juego depende, mayoritariamente, de cómo amaneció la pierna del diez hoy, y si su corazón bonachón quiere arrasar sobre la llanura verde este día. Lo demás, esa necesidad insaciable de buscar la satisfacción perdida del día a día en cosas pequeñas (síntoma de la sociedad minimalista en la que vivimos) es apenas coherente cuando somos vecinos cohabitando un mismo basural; por eso queremos sacar a relucir las pequeñas diferencias entre uno y otro, hasta en el más mínimo gesto o pensamiento: “Yo soy campeón, vos lo ves por televisión”. Hoy jugadores y público acuden al estadio fijando su atención desde el principio en el reloj; y a la salida, siempre que el contador indique un número a nuestro favor, no habrá crítica alguna sobre lo que vimos. Porque hoy, simplemente, somos una diatriba auto-incriminatoria.

Eso, que es hoy una conducta sistematizada de este siglo, no es culpa del wing derecho que juega “con un balde en la cabeza”. Eso, todo lo demás, es culpa nuestra como sociedad; de nadie más. Hay que recuperar la voluntad y las ganas de gustar. Y no para ningún tercero: hay que volver a gustarnos a nosotros mismos.

Nota extraída de Fútbol para Entendidos

Skyhook: Nos juran crédulos

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

A la hora de juzgar la calidad de un producto se suele tomar la acogida, masiva o nula del público, como termómetro principal. Para muchos esto es sinónimo de la consideración de cuasi erudición en la que nos toman los postores de los productos, basando su argumento en la velocidad centrífuga de cambio y avance de la sociedad contemporánea con una finísima relación producto-calidad. En ese orden de ideas, nos tendrán que perdonar a los (bien) llamados “apocalípticos”, en clave Umberto Eco, por oponernos tajantemente a dicha postura; porque eso, más que una entelequia utópica, es la consideración inocente de la res que no se huele que la están encaminando al matadero. No soy dueño de verdades absolutas, así como ninguno sobre la faz de la tierra, pero el concepto de oferta y demanda siempre está condicionado por el manejador de la balanza del segundo y su estándar de exigencia, porque el primero en cuestión vive de lo que ofrece, y el segundo está en todo su derecho de rechazar su producto y obligarlo a mejorar, o conformarse y dejarlo habitar indefinidamente en la mediocridad; y a juzgar por la calidad del producto que recibimos en el fútbol, al aficionado de tribuna y cántico ahogado se le desprecia sin duda alguna, considerándole incapacitado, corto de raciocinio o carente de paladar gustativo. “El público quiere venir el domingo a ver a su equipo ganar”, esta afirmación de puro tinte demagógico prolifera entre dirigentes para sostener por qué prefieren el equilibrio y el empate, de carácter diplomático, por sobre la derrota intentando jugar y gustar (cuando intentando jugar pueden, no sé, ganar quizá). Todo juego bien jugado siempre implica tomar riesgos.

La diplomacia se paseó rimbombante el fin de semana pasado por el fútbol argentino, por ejemplo; la preocupación asfixiante por ofrecerle resultados a la gente a cualquier costo llevó a que los clásicos fuesen nada más que la representación del fútbol que supuestamente el aficionado quiere ver: Bodrios sin sentido con protagonistas a los que les quemaban tanto la pelota como el reloj que caminaba a paso tortuga. El 0-0, o cualquier clase de empate producto de la incapacidad de los protagonistas, es el equivalente al silencio diplomático del político que no está de acuerdo con las posturas de cierto país sobre determinado tema, pero se queda callado porque dicho ponente surte por montones a su nación de cierto producto necesario. No se trata de volvernos mercantiles de la cursilería, ni de vivir día y noche en queja e inconformidad, pero sí pensar en que estos personajes nos toman como elemento justificativo de sus actos, y se dicen trabajar por “lo que al hincha le interesa”. Siendo nosotros el termómetro, ¿no hemos de revelarnos y exigir que se nos deje de tratar como energúmenos que solo asisten a un coliseo con sillas y un pasto verde podado a ver a un elenco de once tipos calurosos embocar balones inflados en un enjambre de redes sostenidas por tres postes? ¿Como si fuésemos, únicamente, a ver en un marcador led un número a nuestro favor que nos devuelva felices y con un empujoncito en el trasero a casa? El espectáculo es principalmente eso, un espectáculo; pero para ser espectáculo tiene que tener pasión, y la pasión hay que alimentarla. Los bodrios que hielan los músculos y los fijan a la silla, sea del estadio o del sillón de casa frente al televisor, no lo logran, para tortura de los promotores del negocio. De igual forma, al fin y al cabo, el hombre caluroso que sale a jugar hace lo que puede, o más bien lo que le dejan hacer, afectado por un contexto de presión forjado a punta de periódicos amarillos, jefes enceguecidos, un guía que sufre su misma suerte o muchedumbres enfurecidas que caldean el ambiente varios días antes. Vivir en función de un score es comparable a vivir en función de tener o no tener dinero, un vacío irremediable con cosas superfluas que solo saben menguar mínima y temporalmente un vaho permanente.

La verdadera cuestión de todo esto no atañe a los dueños de los altavoces (porque ellos no van a cambiar), nos toca directamente a nosotros: ¿Somos o no somos crédulos? ¿Merecemos realmente el status gustativo en que se nos califica? ¿Es eso, diplomacia, realmente lo que queremos? Que cada quien se responda a sí mismo, y que la respuesta repose en el recinto transparente entre cada uno y su conciencia fantasma. A mí me bastan estas líneas.

Skyhook: Luisito, el mayordomo


Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

El verano en que compré la casa a las afueras todo marchaba bien. La ciudad no me mataba, pero había llegado allí porque los rumores sobre la servidumbre eran alucinantes, y me quedé a pesar de los tiempos horribles que hacían. Unos decían que era la mejor camada de servidumbre jamás vista. Mejor que las camadas del 61’, del 92 y del 2009. Vaya, aun mejor que la del 2009. Y más exquisita, decían los más arrestados.

Yo necesitaba, en concreto, un mayordomo capaz de lidiar con el polvo y las telarañas que se acumulaban de manera celosa e inalterable semana a semana. Después de consultar con tres o cuatro amistades cercanas que tenían las mismas necesidades que yo, un vejete pensionado que no quiere ni doblar los párpados para aguzar la mirada, decidí hacerles caso y darle una oportunidad a aquel mayordomo que estaba en boca de todos. Aunque desde ya sabía que no era un mayordomo de trabajo diario; era de pocos días. Así, como las mejores cosas de la vida: intensas y efímeras.

Recibí su hoja de vida por correo casi sin darme tiempo de haberla esperado. Y así diligentemente me tomé el trabajo de averiguar sus referencias. No me bastaba con la palabra de la gente de Barcelona quienes, después de varios intentos fallidos por encontrar la pieza que pusiera la guinda en el pastel a sus armoniosas mansiones, se salían de quicio con este mayordomo. Aunque este se hizo esperar casi cinco meses mientras pagaba una vieja deuda que un burócrata le había endosado; pero estaba retribuyendo la espera con creces. 

Llamé a Uruguay primero, de donde me dijeron que había salido muy niño, pero que siempre mostró capacidades, garra y muchas ganas de trabajar; y que, a pesar de nacer especialmente estrellado, supo rehacerse y educarse en la limpieza de telarañas. Me lo recomendaron a ojo cerrado. Y, para mayor morbo, me han dicho que la fecha de su primera limpieza coincide con mi cumpleaños. Intento alejarme del cúmulo de cosas que me florean por la cabeza para seguir pidiendo referencias y no confiarme a la primera.

Pasé luego a comunicarme por una misiva con sus empleadores en Ámsterdam, ya que no atendieron el móvil acusando estar en un “exhaustivo proceso de renovación de casa”.  En la carta con papel membretado advertían, a modo de visión, que no le tomara demasiado cariño, porque su partida me destrozaría; y cito: “se va a cansar de limpiar telarañas, de celar la casa y de acomodar lavadoras, entre otras tareas. No le tome demasiado cariño, sobre todo si su casa permanece sucia de antaño y él lo mal acostumbra a mantenerla cero telarañas.” Todo esto después de romperme el coco intentando descifrar garabatos que luego tuve que pagar para que me tradujeran a un dialecto de caballeros, no de médicos. Allí, en Ámsterdam, donde había desembarcado tras una breve escala en una ciudad del norte del país, su jefe le había nombrado, además de mayordomo, patrón de sus tierras tan solo dos semanas después de haber iniciado. Decían de su trabajo que era impecable y eficaz. 

Decidí viajar a Liverpool, su último destino y de donde provenían rumores de leyenda sobre él. Allí me reuní con un ex mayordomo que había sido su jefe. Al borde del Merseyside, con el aroma de un café y al son de “Norweggian Wood” de los Beatles, me contaba epopeyas fantásticas de cómo ese, conocido por muchos como el mejor mayordomo en lo que a limpiar telarañas se refiere, había roto la profesión allí. De cómo durante sus años de estadía los otros mayordomos quedaban reducidos a perseguir su sombra, por la precisión clínica de su trabajo. Me dijo también que, en el bolsito que cargaba consigo a todas partes, llevaba un arsenal vasto y variado de herramientas que le permitían extraer mejor las telarañas: Tijeras, palos con cabeza, bastones puntiagudos que alternaba usándolos tanto en la mano derecha como en la zurda, entre otros. Aquel ex mayordomo, con el cabello peinado hacia un lado, de tez blanca y pálida y de mirada taciturna, me llenó de historias fantásticas con las que me sentí hablando más de un personaje de la ficción que de un mayordomo. Y me convenció. Paseando por las calles de Liverpool, a todo caballero que le mencionaba su nombre me respondía con un cantito que traduzco: (Rojo de la bandera / rojo mi corazón / A Luisito y Gerrard nunca los olvido yo). Luisito se llamaba.

Viajó a Brasil de vacaciones antes de recalar aquí, de donde dicen que se fue antes de tiempo. Después de sobreponerse a una enfermedad, pudo integrarse a sus labores. Tuvo dos días de trabajo fantásticos, donde maravilló a propios y extraños, jefes e invitados. Todos atendían maravillados. Pero sufrió otro ataque y todo se fue al carajo. Volví a comunicarme con sus referencias aunque, como la memoria del enamorado es selectiva y funciona por conveniencia, tuvieron que recabar bien al fondo, y con dificultad me contaron de sus ataques. De esos ataques que parecían, más que manifestaciones aisladas, gotas de sangre que caen sobre una camisa blanco impoluto.

Tengo una teoría sobre sus ataques. Creo que una fuerza sobrenatural le posee. Que cada que pisa las llanuras verdes de la mansión y divisa al horizonte telarañas pendiendo, eso que lleva dentro, más poderoso que él, lo lleva a hacer lo que sea por conseguir su objetivo. A veces se le va la mano, y sus métodos son duramente criticados; pero los días que logra dosificar la fuerza bestial que lleva dentro, no hay nadie mejor que él. Y ese día, no quedan ni las telarañas dentro de las arañas que se pasean por el sótano. Sobretodo esas noches que la mansión se viste de gala. Porque ya no se ven mayordomos así, tan buenos en su tarea de limpiar telarañas. Causa de vivir en tiempos de mayordomos polifacéticos.

Fuera del trabajo no es el mismo. Es un tipo sencillo, afable y que ceba mates en casa como le dicta su tradición. Un tipo común y corriente con un don especial.

Ahora ya Luisito trabaja para mí, como para otros cientos de personas en la ciudad. Es metódico en su labor, pero aun así cada semana me intrigo por saber qué se le ocurrirá para limpiar el próximo fin de semana. Porque a pesar que el fin siempre sea el mismo, Luisito cambia sus formas y echa mano de su inacabable arsenal de herramientas para hacerlo parecer distinto. 

Como aquel buen hombre de Liverpool (a donde suele volver uno que otro día para visitar a los viejos amigos) advertía, Luisito llega cada fin de semana, bien sea sábado o domingo y uno que otro miércoles, con su bolsito a cuestas (un bolsito fino, con dos franjas azules, una blanca en medio y letritas rojas) y desenfunda sus herramientas para proceder a cumplir con su labor, como un oficinista, pero dotando el oficio de picardía, sin perder la precisión. 

Da gusto verle trabajar. Cómo rodea los jardines de la casa celoso y analítico, cómo se prepara, ladea el cuerpo, fija la mirada y espera, cual depredador expectante, con la herramienta escogida en las manos, aguardando el instante justo para atacar. Hasta el momento no ha tenido ataques y, según dicen los que le conocen de antaño, la de aquí es su mejor versión. Durante un rato cada fin de semana la gente en Barcelona se olvida de la crisis, de la economía, de la independencia y de sus otros males, y se dedican a ver cómo el mayordomo limpia telarañas deja relucientes sus casas, y cómo le pinta una sonrisa imborrable a miles que acuden a él. 

Si en las islas rompió el deporte, aquí parece que lo reinventó, o inventó otro deporte y lo rompió. Él asegura estar feliz aquí, y las fuerzas divinas parecen coincidir para que las telarañas de Barcelona, y todo el que ose acercarse por aquí, sean atacadas por él. No le llama el dinero, ni los lujos ni las tentaciones que le ofrecen foráneos que quieren ver su casa limpia como la hoja de la espada de un noble. Él se halla aquí. Además, tiene dos amigos, también mayordomos, a los que conoció aquí. Los tres son fenómenos limpiando telarañas, solo que uno es de raíces cariocas y abusa de la fantasía porque posee una chistera inagotable; y el otro… el otro es un hombre perro para el que ya se acabaron los apelativos y del que, cualquier cosa que diga, se antojará insuficiente. Cuando los tres se juntan, la casa que atacan queda pareciendo más un museo imperial que una morada habitada por simples mortales.

Cuando viajo por placer y cuento la historia en sendos clubes privados de lugares como Madrid, Londres, Turín o Kosovo, donde le anhelaron, cada uno en su momento y él se resistió a ir, tensan los dientes y los ojos les revolean como dados de un casino a medianoche. Cuando cuento que coincidí y coincido con el mayordomo de apetito voraz, ese que limpia telarañas con la precisión de un neurocirujano, el lugar queda en silencio y los espectadores atónitos. Algunos me creen, otros permanecen escépticos, pero, a pedido de los buenos, que son mayoría, soy dueño tanto del primer golpe en el golf, cuando el campo aún hace eco del rocío matutino, como de la primera cerveza del barril que llegó ayer. Un privilegio de pocos.

Escribo esto en caliente porque el mayordomo acaba de bajar una lavadora con un artilugio espectacular parecido a una tijera y, como no, ha limpiado esta noche hasta las telarañas que planeaban salir la próxima semana. Y ha dicho que no sabe con qué herramienta lo hizo.
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