Skyhook: Autómata querido
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
La voluntad
es algo que siempre puede verse cuestionado, pues es bien sabido que, como dice
el resabio popular, cuando se quiere, se puede. Siempre que la gente quiera
encontrará una manera, como programar una cita en la agenda más apretada
(mujeres que según la circunstancia son Obama o son Jim Carrey en “Yes Man”),
quitarle las pasas al helado de ron o el pepino a la hamburguesa y reemplazarlo
por tocino para complacer al cliente, y así; a diferencia, siempre que le
inunde la letanía, propia de un domingo a las cinco de la tarde, encontrará una
excusa; será entonces imposible fabricar el helado de ron con pasas sin pasas
“porque así viene” y siempre habrá un paseo familiar ineludible y de último
momento. Para ganas está Escocia, que en su lucha por sentirse lo menos
británicos posible tienen un billete propio, una liga de fútbol propia y
defienden la postura argentina sobre las Malvinas. Para excusas está
Inglaterra, que no se siente europea últimamente y que, en la victoria, se
ufana de un oriundo de Escocia como británico (casi como inglés), como un hijo
de casa.
Cuando hace
tres años Murray quebró el maleficio de los británicos en el torneo grande de
casa (77 años sin títulos) y pareció alcanzar la alargada sombra de Fred Perry
que tanto persiguió, viendo como su estatua a la salida del All England (que le
sonreía con picardía y malicia cada vez que abandonaba el césped sagrado sin el
trofeo a cuestas) pareció rendirse a sus pies al igual que todo el pueblo
británico, Andy dejó de ser el escocés semi-encadenado que nunca ganaría
Wimbledon para desafiar su naturaleza junto a la historia misma y el estertor
agónico y espeso que significaría su palmarés sin ser profeta en su tierra;
quebrando así paradigmas, etiquetas y callando cientos de bocas en el camino a
la cumbre. Desde que carburó no se ha detenido, como un autómata que mecanizó
su labor y ya no se conmueve como antaño porque se limita a cumplir con su
cometido, como la gran mayoría de los nombres que reposan en el Olimpo del
deporte. Le arrebató la medalla de oro en césped al mejor jugador de la
historia en césped, perpetuó (y ganó) batallas épicas contra otros monstruos
que, como él, están marcando época sentando una nueva era (sus duelos con
Djokovic son caviar) y el sudor frío ya no le baja por la espalda a la hora de
sentenciar partidos. Su reacción este sábado al llevarse la corona de maestros
fue de eventual alegría por la victoria, pero con mesura y sosiego propios del
campeón al que todo le sale porque ya está en la edad madura en que todo cae por
hábito y que, en lugar de vivir una epopeya fantástica, asiste a un día regular
de trabajo en la oficina, en el cubículo de la izquierda al lado del baño
llenando formularios de seguro social.
Murray
seguirá a lo suyo. Seguirá asistiendo al trabajo, poniendo la computadora a
andar para procesar formularios y dibujando sonrisas amplias en los rostros de
Judy y Kim; en Londres y sus alrededores, entonces, seguirán vociferando:
“Gracias, autómata querido” cada vez que sume otra copa a la vitrina de su casa,
que pareciera ser la misma vitrina británica (cada uno de sus títulos vale como
una Davis para las islas). Aunque todos sabemos que, de ser uno más del montón
y no el primero de la lista, sería escocés y no británico; sería el que saca
buenas notas, se sienta en la última fila y pasa desapercibido, y no el que iza
bandera, se gradúa con honores y es situado en primera página del anuario
ignorando el alfabeto. No nos engañemos.







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