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sábado, 30 de abril de 2016

Skyhook: Nos juran crédulos
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

A la hora de juzgar la calidad de un producto se suele tomar la acogida, masiva o nula del público, como termómetro principal. Para muchos esto es sinónimo de la consideración de cuasi erudición en la que nos toman los postores de los productos, basando su argumento en la velocidad centrífuga de cambio y avance de la sociedad contemporánea con una finísima relación producto-calidad. En ese orden de ideas, nos tendrán que perdonar a los (bien) llamados “apocalípticos”, en clave Umberto Eco, por oponernos tajantemente a dicha postura; porque eso, más que una entelequia utópica, es la consideración inocente de la res que no se huele que la están encaminando al matadero. No soy dueño de verdades absolutas, así como ninguno sobre la faz de la tierra, pero el concepto de oferta y demanda siempre está condicionado por el manejador de la balanza del segundo y su estándar de exigencia, porque el primero en cuestión vive de lo que ofrece, y el segundo está en todo su derecho de rechazar su producto y obligarlo a mejorar, o conformarse y dejarlo habitar indefinidamente en la mediocridad; y a juzgar por la calidad del producto que recibimos en el fútbol, al aficionado de tribuna y cántico ahogado se le desprecia sin duda alguna, considerándole incapacitado, corto de raciocinio o carente de paladar gustativo. “El público quiere venir el domingo a ver a su equipo ganar”, esta afirmación de puro tinte demagógico prolifera entre dirigentes para sostener por qué prefieren el equilibrio y el empate, de carácter diplomático, por sobre la derrota intentando jugar y gustar (cuando intentando jugar pueden, no sé, ganar quizá). Todo juego bien jugado siempre implica tomar riesgos.

La diplomacia se paseó rimbombante el fin de semana pasado por el fútbol argentino, por ejemplo; la preocupación asfixiante por ofrecerle resultados a la gente a cualquier costo llevó a que los clásicos fuesen nada más que la representación del fútbol que supuestamente el aficionado quiere ver: Bodrios sin sentido con protagonistas a los que les quemaban tanto la pelota como el reloj que caminaba a paso tortuga. El 0-0, o cualquier clase de empate producto de la incapacidad de los protagonistas, es el equivalente al silencio diplomático del político que no está de acuerdo con las posturas de cierto país sobre determinado tema, pero se queda callado porque dicho ponente surte por montones a su nación de cierto producto necesario. No se trata de volvernos mercantiles de la cursilería, ni de vivir día y noche en queja e inconformidad, pero sí pensar en que estos personajes nos toman como elemento justificativo de sus actos, y se dicen trabajar por “lo que al hincha le interesa”. Siendo nosotros el termómetro, ¿no hemos de revelarnos y exigir que se nos deje de tratar como energúmenos que solo asisten a un coliseo con sillas y un pasto verde podado a ver a un elenco de once tipos calurosos embocar balones inflados en un enjambre de redes sostenidas por tres postes? ¿Como si fuésemos, únicamente, a ver en un marcador led un número a nuestro favor que nos devuelva felices y con un empujoncito en el trasero a casa? El espectáculo es principalmente eso, un espectáculo; pero para ser espectáculo tiene que tener pasión, y la pasión hay que alimentarla. Los bodrios que hielan los músculos y los fijan a la silla, sea del estadio o del sillón de casa frente al televisor, no lo logran, para tortura de los promotores del negocio. De igual forma, al fin y al cabo, el hombre caluroso que sale a jugar hace lo que puede, o más bien lo que le dejan hacer, afectado por un contexto de presión forjado a punta de periódicos amarillos, jefes enceguecidos, un guía que sufre su misma suerte o muchedumbres enfurecidas que caldean el ambiente varios días antes. Vivir en función de un score es comparable a vivir en función de tener o no tener dinero, un vacío irremediable con cosas superfluas que solo saben menguar mínima y temporalmente un vaho permanente.

La verdadera cuestión de todo esto no atañe a los dueños de los altavoces (porque ellos no van a cambiar), nos toca directamente a nosotros: ¿Somos o no somos crédulos? ¿Merecemos realmente el status gustativo en que se nos califica? ¿Es eso, diplomacia, realmente lo que queremos? Que cada quien se responda a sí mismo, y que la respuesta repose en el recinto transparente entre cada uno y su conciencia fantasma. A mí me bastan estas líneas.

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