Skyhook: Hay que volver a gustarnos
“El común de la gente toma las cosas porque le son dadas, y no tiene ninguna opinión o criterio sobre ellas” Víctor Hugo
El fútbol es tan vasto y amplio que presenta variedad de corrientes afluentes divididas, maneras distintas de ver y entender las circunstancias del juego y, por consiguiente, de la vida. La manera de consumir el producto dicta mucho de la condición, el pensamiento y el cauce que cada quien elige, desde su particularidad, para su porvenir; incluyendo un gigantesco abanico que abarca desde gustos y manías hasta las situaciones trascendentales donde la vida juega a ser trapecista. Si, por ejemplo, en un restaurante el camarero nos sirve un bistec pasado, ¿pasaríamos sin más, sin hacer la reclamación de su calidad solo porque el objeto final de acudir como comensal es alimentarse? El saber vivir es, puramente, una cuestión sensitiva.
Nietzsche hablaba de la teoría del eterno retorno, y de cómo las cosas están condicionadas por la fragilidad banal de la no repetición. Es decir, que no se mide con la misma vara la figura de un Stalin fugaz que no volverá, a tener que pensar en otra impartición de su credo recalcitrante y en que regresará una y otra vez de forma cíclica e infinita a implantar su totalitarismo. Esta fragilidad de lo fugaz, característica de cualquier evento pasado, es lo que valida que, como decía Borges, la deshonestidad, por ejemplo, goce de veneración pública.
No tener que enfrentar los mismos fantasmas una y otra vez deroga, socialmente hablando, tanto al asesino como a la guillotina. Pero, ¿Y si supiéramos que todo se repetirá eternamente, igual preferiríamos ver fútbol “mal jugado”, o pagar por ver cualquier clase de espectáculo sin divertimento alguno? ¿Nos daría igual asesinar al juego, privándole de su condición innata de imprevisibilidad, sólo porque “hay que ser campeón”, así el campeonato pierda todo sentido por repetirse inequívocamente una y otra vez?
Para los defensores de la “viveza criolla” y del “trabajo” siempre existirá una validación. Y otros, más cándidos y reducidos, seguiremos defendiendo que si esto es un juego donde se atrae al público con la excusa de un espectáculo también importa gustar. Entendiendo también que gustar (el estilo) va ligado a la condición de dinámica autotélica que tiene el fútbol, un deporte, en su esencia, democrático de la cabeza a los pies. Sin embargo, y esto bien se sabe, el deporte es jugado por seres cambiantes de carne y hueso, que sienten, actúan y deciden en cuestión de segundos; y al final todos los planes de arcilla que se labran fuera del césped son cambiados por el palpitar del jugador en un solo instante. Bien decía Guardiola que “ningún sistema es cerrado, porque al final los jugadores se mueven”.
Por ello, a fin de cuentas, el juego depende, mayoritariamente, de cómo amaneció la pierna del diez hoy, y si su corazón bonachón quiere arrasar sobre la llanura verde este día. Lo demás, esa necesidad insaciable de buscar la satisfacción perdida del día a día en cosas pequeñas (síntoma de la sociedad minimalista en la que vivimos) es apenas coherente cuando somos vecinos cohabitando un mismo basural; por eso queremos sacar a relucir las pequeñas diferencias entre uno y otro, hasta en el más mínimo gesto o pensamiento: “Yo soy campeón, vos lo ves por televisión”. Hoy jugadores y público acuden al estadio fijando su atención desde el principio en el reloj; y a la salida, siempre que el contador indique un número a nuestro favor, no habrá crítica alguna sobre lo que vimos. Porque hoy, simplemente, somos una diatriba auto-incriminatoria.
Eso, que es hoy una conducta sistematizada de este siglo, no es culpa del wing derecho que juega “con un balde en la cabeza”. Eso, todo lo demás, es culpa nuestra como sociedad; de nadie más. Hay que recuperar la voluntad y las ganas de gustar. Y no para ningún tercero: hay que volver a gustarnos a nosotros mismos.
Nota extraída de Fútbol para Entendidos







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