Skyhook: El error humano y la suerte
La debacle de Atlético Nacional
en Japón no es explicable dentro de parámetros lógicos. Ni por táctica, ni por
falta de preparación, ni ningún factor futbolístico duro que se nos pueda
ocurrir. La balanza la han terminado inclinando los intangibles, esos tan
temidos que pasan por debajo de la mesa en la gran cena de la conversación
futbolística porque, aunque todos desean tenerlos a favor, no existe trago más
amargo que verlos obrar en contra ante la impotencia de no poder luchar contra ellos.
Simeone dijo alguna vez que la
suerte siempre empalma con el más preparado, y que por ello él intentaba ser
siempre el más preparado en la contienda, para tratar así de seducir a la
suerte. Claramente, en momentos donde la necesitó, la suerte le abandonó,
concretamente en un desquiciado e histórico minuto 92:48. La suerte es una
ramera que elige sin discriminación; y que como hoy puede negar sus amores,
mañana quizá toque a la puerta con lencería negra y una botella de Bourbon. Se
le ama y se le odia, sin grises.
Nacional hizo lo que debía en
teoría, dominó en todas las facetas del juego desde el principio, salvo en los tramos finales donde se vio embriagado por la desesperación del marcador y la oportunidad histórica que se esfumaba. Se topó, sorpresivamente, con un onceno ordenado, serio, aplicado, subvalorado y con la suerte de su lado. Y ante la
suerte no hay nada que se pueda hacer. En la temporada más laureada de su
historia ha sufrido quizá la debacle más estrepitosa de su historia. Altos y
bajos, claros y oscuros; el fútbol, señores. Porque se hace válida aquella
máxima que el balompié lleva tatuada y saca a relucir religiosamente cada vez
que se nos va olvidando: el que no los hace, los ve hacer.
El partido quedará para la historia
por donde se le vea. Por el resultado, por la dinámica o por la “innovación”.
El primer partido en la historia del fútbol en el que se utiliza tecnología para sancionar un penalti queda
manchado por el error. Y es ciertamente justo, no es más que justicia poética;
porque cuando se desprende al deporte de una de sus condiciones innatas nada
bueno puede suceder. El error humano hace parte de la naturaleza orgánica del
juego en sí mismo. Y nos quitan eso. Ciertamente, queda poco en qué creer.
Menos mal nos queda la ilusión de la décima película de Tarantino y de la
(pronta) jubilación de Coelho.
Aun así, hay cabida para una explicación de tinte macondiano: La sucesión de episodios enigmáticos e inconcebibles. El V.A.R. (Video Assistant Referee), Alberigo Evani (el armar mal una barrera) y Jonathan Fabbro. Simplemente no se nos da en Japón, no se nos da el cetro mundial. Hasta en eso somos fieles a nuestra tradición. Todas nuestras debacles, que escapan de la explicación lógica, tienen una validación folclórica inconcebible en cualquier otra cultura diferente a la del sagrado corazón. Y qué le vamos a hacer si así somos.







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