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jueves, 17 de marzo de 2016

Skyhook: Luisito, el mayordomo

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)

El verano en que compré la casa a las afueras todo marchaba bien. La ciudad no me mataba, pero había llegado allí porque los rumores sobre la servidumbre eran alucinantes, y me quedé a pesar de los tiempos horribles que hacían. Unos decían que era la mejor camada de servidumbre jamás vista. Mejor que las camadas del 61’, del 92 y del 2009. Vaya, aun mejor que la del 2009. Y más exquisita, decían los más arrestados.

Yo necesitaba, en concreto, un mayordomo capaz de lidiar con el polvo y las telarañas que se acumulaban de manera celosa e inalterable semana a semana. Después de consultar con tres o cuatro amistades cercanas que tenían las mismas necesidades que yo, un vejete pensionado que no quiere ni doblar los párpados para aguzar la mirada, decidí hacerles caso y darle una oportunidad a aquel mayordomo que estaba en boca de todos. Aunque desde ya sabía que no era un mayordomo de trabajo diario; era de pocos días. Así, como las mejores cosas de la vida: intensas y efímeras.

Recibí su hoja de vida por correo casi sin darme tiempo de haberla esperado. Y así diligentemente me tomé el trabajo de averiguar sus referencias. No me bastaba con la palabra de la gente de Barcelona quienes, después de varios intentos fallidos por encontrar la pieza que pusiera la guinda en el pastel a sus armoniosas mansiones, se salían de quicio con este mayordomo. Aunque este se hizo esperar casi cinco meses mientras pagaba una vieja deuda que un burócrata le había endosado; pero estaba retribuyendo la espera con creces. 

Llamé a Uruguay primero, de donde me dijeron que había salido muy niño, pero que siempre mostró capacidades, garra y muchas ganas de trabajar; y que, a pesar de nacer especialmente estrellado, supo rehacerse y educarse en la limpieza de telarañas. Me lo recomendaron a ojo cerrado. Y, para mayor morbo, me han dicho que la fecha de su primera limpieza coincide con mi cumpleaños. Intento alejarme del cúmulo de cosas que me florean por la cabeza para seguir pidiendo referencias y no confiarme a la primera.

Pasé luego a comunicarme por una misiva con sus empleadores en Ámsterdam, ya que no atendieron el móvil acusando estar en un “exhaustivo proceso de renovación de casa”.  En la carta con papel membretado advertían, a modo de visión, que no le tomara demasiado cariño, porque su partida me destrozaría; y cito: “se va a cansar de limpiar telarañas, de celar la casa y de acomodar lavadoras, entre otras tareas. No le tome demasiado cariño, sobre todo si su casa permanece sucia de antaño y él lo mal acostumbra a mantenerla cero telarañas.” Todo esto después de romperme el coco intentando descifrar garabatos que luego tuve que pagar para que me tradujeran a un dialecto de caballeros, no de médicos. Allí, en Ámsterdam, donde había desembarcado tras una breve escala en una ciudad del norte del país, su jefe le había nombrado, además de mayordomo, patrón de sus tierras tan solo dos semanas después de haber iniciado. Decían de su trabajo que era impecable y eficaz. 

Decidí viajar a Liverpool, su último destino y de donde provenían rumores de leyenda sobre él. Allí me reuní con un ex mayordomo que había sido su jefe. Al borde del Merseyside, con el aroma de un café y al son de “Norweggian Wood” de los Beatles, me contaba epopeyas fantásticas de cómo ese, conocido por muchos como el mejor mayordomo en lo que a limpiar telarañas se refiere, había roto la profesión allí. De cómo durante sus años de estadía los otros mayordomos quedaban reducidos a perseguir su sombra, por la precisión clínica de su trabajo. Me dijo también que, en el bolsito que cargaba consigo a todas partes, llevaba un arsenal vasto y variado de herramientas que le permitían extraer mejor las telarañas: Tijeras, palos con cabeza, bastones puntiagudos que alternaba usándolos tanto en la mano derecha como en la zurda, entre otros. Aquel ex mayordomo, con el cabello peinado hacia un lado, de tez blanca y pálida y de mirada taciturna, me llenó de historias fantásticas con las que me sentí hablando más de un personaje de la ficción que de un mayordomo. Y me convenció. Paseando por las calles de Liverpool, a todo caballero que le mencionaba su nombre me respondía con un cantito que traduzco: (Rojo de la bandera / rojo mi corazón / A Luisito y Gerrard nunca los olvido yo). Luisito se llamaba.

Viajó a Brasil de vacaciones antes de recalar aquí, de donde dicen que se fue antes de tiempo. Después de sobreponerse a una enfermedad, pudo integrarse a sus labores. Tuvo dos días de trabajo fantásticos, donde maravilló a propios y extraños, jefes e invitados. Todos atendían maravillados. Pero sufrió otro ataque y todo se fue al carajo. Volví a comunicarme con sus referencias aunque, como la memoria del enamorado es selectiva y funciona por conveniencia, tuvieron que recabar bien al fondo, y con dificultad me contaron de sus ataques. De esos ataques que parecían, más que manifestaciones aisladas, gotas de sangre que caen sobre una camisa blanco impoluto.

Tengo una teoría sobre sus ataques. Creo que una fuerza sobrenatural le posee. Que cada que pisa las llanuras verdes de la mansión y divisa al horizonte telarañas pendiendo, eso que lleva dentro, más poderoso que él, lo lleva a hacer lo que sea por conseguir su objetivo. A veces se le va la mano, y sus métodos son duramente criticados; pero los días que logra dosificar la fuerza bestial que lleva dentro, no hay nadie mejor que él. Y ese día, no quedan ni las telarañas dentro de las arañas que se pasean por el sótano. Sobretodo esas noches que la mansión se viste de gala. Porque ya no se ven mayordomos así, tan buenos en su tarea de limpiar telarañas. Causa de vivir en tiempos de mayordomos polifacéticos.

Fuera del trabajo no es el mismo. Es un tipo sencillo, afable y que ceba mates en casa como le dicta su tradición. Un tipo común y corriente con un don especial.

Ahora ya Luisito trabaja para mí, como para otros cientos de personas en la ciudad. Es metódico en su labor, pero aun así cada semana me intrigo por saber qué se le ocurrirá para limpiar el próximo fin de semana. Porque a pesar que el fin siempre sea el mismo, Luisito cambia sus formas y echa mano de su inacabable arsenal de herramientas para hacerlo parecer distinto. 

Como aquel buen hombre de Liverpool (a donde suele volver uno que otro día para visitar a los viejos amigos) advertía, Luisito llega cada fin de semana, bien sea sábado o domingo y uno que otro miércoles, con su bolsito a cuestas (un bolsito fino, con dos franjas azules, una blanca en medio y letritas rojas) y desenfunda sus herramientas para proceder a cumplir con su labor, como un oficinista, pero dotando el oficio de picardía, sin perder la precisión. 

Da gusto verle trabajar. Cómo rodea los jardines de la casa celoso y analítico, cómo se prepara, ladea el cuerpo, fija la mirada y espera, cual depredador expectante, con la herramienta escogida en las manos, aguardando el instante justo para atacar. Hasta el momento no ha tenido ataques y, según dicen los que le conocen de antaño, la de aquí es su mejor versión. Durante un rato cada fin de semana la gente en Barcelona se olvida de la crisis, de la economía, de la independencia y de sus otros males, y se dedican a ver cómo el mayordomo limpia telarañas deja relucientes sus casas, y cómo le pinta una sonrisa imborrable a miles que acuden a él. 

Si en las islas rompió el deporte, aquí parece que lo reinventó, o inventó otro deporte y lo rompió. Él asegura estar feliz aquí, y las fuerzas divinas parecen coincidir para que las telarañas de Barcelona, y todo el que ose acercarse por aquí, sean atacadas por él. No le llama el dinero, ni los lujos ni las tentaciones que le ofrecen foráneos que quieren ver su casa limpia como la hoja de la espada de un noble. Él se halla aquí. Además, tiene dos amigos, también mayordomos, a los que conoció aquí. Los tres son fenómenos limpiando telarañas, solo que uno es de raíces cariocas y abusa de la fantasía porque posee una chistera inagotable; y el otro… el otro es un hombre perro para el que ya se acabaron los apelativos y del que, cualquier cosa que diga, se antojará insuficiente. Cuando los tres se juntan, la casa que atacan queda pareciendo más un museo imperial que una morada habitada por simples mortales.

Cuando viajo por placer y cuento la historia en sendos clubes privados de lugares como Madrid, Londres, Turín o Kosovo, donde le anhelaron, cada uno en su momento y él se resistió a ir, tensan los dientes y los ojos les revolean como dados de un casino a medianoche. Cuando cuento que coincidí y coincido con el mayordomo de apetito voraz, ese que limpia telarañas con la precisión de un neurocirujano, el lugar queda en silencio y los espectadores atónitos. Algunos me creen, otros permanecen escépticos, pero, a pedido de los buenos, que son mayoría, soy dueño tanto del primer golpe en el golf, cuando el campo aún hace eco del rocío matutino, como de la primera cerveza del barril que llegó ayer. Un privilegio de pocos.

Escribo esto en caliente porque el mayordomo acaba de bajar una lavadora con un artilugio espectacular parecido a una tijera y, como no, ha limpiado esta noche hasta las telarañas que planeaban salir la próxima semana. Y ha dicho que no sabe con qué herramienta lo hizo.

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