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Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
La expresión impávida de Kieran Read, capitán de los All
Blacks, al cierre del partido que acabó 24-25 y significó el título invicto para
los neozelandeses, fue una muestra más de que el enemigo no logró cruzar el
puente vetusto para llegar al todo, pero hizo temblar los adoquines del reino. Y
eso, ante una caballería milenaria y colosal, es la muestra de que el simbolismo
es el camino: Nueva Zelanda tiene puntos débiles mínimos -objetos sensibles-, y
para llegar al todo, la victoria, hay que encontrar los vínculos entre unos y
otros. Después del despliegue sudafricano y de la excelsa labor de los Lions en
sus cuatro encuentros recientes, parecen vislumbrase luces en el camino más
allá de sus cinco derrotas aisladas en estos años. La clave pasa porque los
cuerpos técnicos consuman, a partes iguales, partidos de la tribu maorí, café
para el pestañeo de madrugada y libros de Coetzee. Leer a un nobel y vencer a los
All Blacks como recompensa del trasnocho no estaría nada mal.
Simbolismo, más allá de enrevesadas definiciones típicas de
diccionario filosófico, es un estilo literario que Moréas, su precursor,
definió como “enemigo de la enseñanza”. Más allá del enunciado, este esconde intenciones
de mostrar el mundo como un sudoku de periódico de domingo esperando a ser
resuelto, y en aras de dicha labor el escritor debe encontrar los vínculos
entre los objetos sensibles para, entonces, desempolvar el puente de piedra
vetusto y transitar sobre su historia en busca del todo.
El simbolismo en sus letras ha caracterizado, por ejemplo, a
J.M. Coetzee, premio nobel de literatura sudafricano, a lo largo de su carrera.
Lo que John Maxwell nunca supo, mientras apañaba en su estudio a poca luz los
primeros trazos de obras como “desgracia” y “diario de un mal año”, era que un
compatriota gemelo de apellido iba a tomar de él, maestro de la disección
precisa de su sociedad, la técnica para arremeter en contra de lo establecido.
El sábado pasado en Newlands, el coloso de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica,
Allister Coetzee, entrenador de los Springboks, fue un simbolista más; fue,
desde el primer minuto, en contra de aquella enseñanza que dice que contra los
All Blacks no hay fórmula ni menjurje, y que no queda más remedio que aguantarles
con kilos de masa muscular y centenares de rosarios rezados en la semana previa
al cotejo. Porque son ellos los que tienen tan solo cinco derrotas desde 2011.
Los Springboks eran el último escollo de la tribu maorí por
excelencia para alzarse con el Rugby Championship de este curso. Coetzee
planteó un partido reactivo de principio a fin, sin regalar medio centímetro e
incomodando, dentro sus posibilidades, la gestación de juego de los
neozelandeses. El sudoku se fue desentrañando a medida que, por los pequeños
vínculos de la aportación individual, Sudáfrica fue tejiendo los caminos para
buscar el todo. Desde la aplicación sistemática y acertada del balón a tierra
hasta la resistencia mastodóntica de su hooker, Malcolm Marx y el ímpetu del
espíritu anarquista de su capitán, Eben Etzebeth, recordando, independiente de
sus marcadas diferencias en estilo y aplicación táctica, a François Pienaar -el
hombre que detuvo a Jonah Lomu-. Etzebeth fue la representación artística de un
cuadro en bucle en el que el protagonista, anarquista luchando contra el
régimen, no se cansa de colisionar contra un muro de concreto infranqueable
que, a cambio de sus marcadas cicatrices, apenas va cediendo de a ínfimas
fracturas. Sudáfrica acabó con catorce hombres y una derrota, pero el orgullo
intacto.
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
Cuando en los años 70 el imperio Playboy se vino abajo, los vientos en la redacción no se arremolinaron ni se produjo una hecatombe que desembocara, como casi todas las caídas en el sector editorial, en una serie de despidos en masa -por ende, la cancelación de muchas suscripciones a revistas del hogar y la reducción de las filas en los estrenos de las películas de Jane Fonda-. Hefner, quien dio vida al magazín y labró un concepto que trascendió las barreras del mercado editorial, supo que la única necesidad de una monstruosa maquinaria que se había quedado sin aceite ante la velocidad de la competencia era encontrar quién diera un cambio de enfoque para resurgir y seguir a flote más fuerte que antes.
Cuando en los años 70 el imperio Playboy se vino abajo, los vientos en la redacción no se arremolinaron ni se produjo una hecatombe que desembocara, como casi todas las caídas en el sector editorial, en una serie de despidos en masa -por ende, la cancelación de muchas suscripciones a revistas del hogar y la reducción de las filas en los estrenos de las películas de Jane Fonda-. Hefner, quien dio vida al magazín y labró un concepto que trascendió las barreras del mercado editorial, supo que la única necesidad de una monstruosa maquinaria que se había quedado sin aceite ante la velocidad de la competencia era encontrar quién diera un cambio de enfoque para resurgir y seguir a flote más fuerte que antes.
Hefner, cual rey sobrado
de pericia y sagacidad, cedió las llaves del reino a su hija, Christie, y esta
levantó a la revista del bache, la volvió a situar en el pico del mercado y
expandió el espectro comercial de la marca logrando que Playboy llegara al
cine, el video -innovador para entonces- y la cibernética. La pequeña Hefner
reacondicionó un Koenigsegg con el chasis maltrecho para que volviera a lucir
acorde a su poderoso motor. Más tarde, con el auto reluciente y el motor
desempolvado, Hugh tomó las llaves y volvió a ser el rey.
Carlo Ancelotti,
recientemente relegado en el Bayern de Múnich, es Hugh Hefner. Ha caído, a
pesar de que su despido se pueda considerar apresurado e incorrecto, pero
volverá. Porque, como dijo Sófocles alguna vez, los decretos no tienen la
fuerza suficiente para permitir al hombre ignorar las leyes inmutables de los
dioses, pues su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre. Ancelotti
hace parte de ese olimpo de dioses de la Copa de Europa cuyos decretos son
inmutables y cuya palabra no tiene reversa; pocos entrenadores llevan cubos de
hielo en la sangre como para, tras las críticas por dejar fuera de un cotejo
mediático a los pesos pesados del vestuario, afirmar con la serenidad de un
personaje de Tolstoi: “Je ne regrette rien” -no me arrepiento de nada-. Las
copas en el bar junto a Paisley, Ferguson, Michels, Herrera y Sacchi se las ha
ganado a pulso.
El Bayern, ese equipo que
de la mano de Jupp Heynckes parecía tener madera para tiranizar europa, es
Playboy. La velocidad centrífuga a la que corre el medio, el reinado
indiscutible de un monarca -Real Madrid- y la amenaza de aquellos reinos que
cuentan con príncipes de sangre azul esperando por el cetro -Kylian Mbappé,
Paulo Dybala y compañía- han acabado por, aparentemente, relegarlo de la
discusión por la corona continental, esa que parece, cada vez más, cortar de
raíz los aires subversivos para privilegiar a una élite que se retroalimenta y,
en un acuerdo tácito, actúa para simplemente cederse la silla.
Dentro de sus filas
tiene materia prima suficiente para cambiar el aceite y volver a sembrar el
pánico en sus giras por el viejo continente; la clave está en encontrar a su Christie
Hefner que le de nuevas dimensiones al gigante bávaro. A fin de cuentas,
Playboy siguió siendo Playboy, y el Bayern volverá a ser el Bayern. Así
Beckenbauer y Rummenigge deban volver a vestirse de cortos y enfundarse las
botas para lograrlo. Es lo que tienen los imperios milenarios; jamás caen, solo
se transforman.
Hugh Hefner (QEPD)
Skyhook: Carlo, tu sei Hugh Hefner
Unknown
1:30 p.m.
Unknown
1:30 p.m.
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
Floyd
Mayweather es uno de esos tipos que no da puntada sin dedal. Y lo es
sencillamente porque, a pesar de poner en riesgo el invicto de 49-0, con el que
se retiró en 2015, al pelear con Conor McGregor, no lo hace por el simple hecho
de demostrar su valía en el ring ante un oponente que le ha retado hasta el
hartazgo, no; lo hace porque, desde mucho antes de poner un pie en la lona,
tendría asegurados 100 millones de dólares más una tajada cuantiosa de los
ingresos por PPV. Mayweather, ante todo, es un astuto hombre de negocios, como
bien lo dijo el propio McGregor posterior a la primera reunión entre ambos para
tratar la posibilidad de montar semejante show. Porque efectivamente es un
show, y quizá sea el espectáculo más lucrativo de la historia. 1 billón de
dólares en ganancias estimadas, todo esto para una pelea que, desde la óptica
del boxeo y del deporte en general, carece de todo sentido.
Mayweather
afirmó recientemente ante las cámaras del portal fighthype.com, a
la salida de un evento en Londres, que vuelve del retiro únicamente para
enfrentar a McGregor: "Firma el papel con UFC y peleemos en junio.
El plan es simple, pelear en junio" sentenció. El combate, que ya
es posible pues McGregor obtuvo la licencia de boxeo hace un par de semanas en
California, carece de sentido más allá de poner fin a la lucha de egos que
ambos protagonizan desde hace tiempo en redes sociales, y tiene, además, un
nefasto historial con el recuerdo de la pelea, hace 40 años, entre Muhammad Alí
y el japonés Antonio Inoki, campeón de lucha libre. Aquel combate, que finalizó
en empate, fue un rotundo fracaso deportivo que recaudó millones, algo no muy
lejano a lo que este terminaría significando. Porque más allá del morbo del
público, que es el motor de la maquinaria que gestiona el combate, no habrá
mucho más. Nada memorable como un Tyson vs Holyfield o un soñado Pambelé vs
“Mano de piedra” Durán. Será (jugosa) carne de cañón para los empresarios del
entretenimiento en Estados Unidos.
El combate
tiene todo el sentido desde el punto de vista económico, evidentemente, pero
desde lo deportivo es como lanzar a un león a pelear con tiburón fuera del
agua. Lo normal será que Floyd Mayweather destroce a McGregor, por el simple
hecho de que McGregor no es boxeador y Mayweather no es cualquier peso welter
novato. Y pasaría lo mismo si se invirtieran los papeles. Mayweather, en un
octágono y con normas y técnicas de MMA, tendría una mínima, por no decir
ninguna, opción. McGregor, para colmo de males, estaría arriesgando su carrera
prácticamente en base a nada; además de adjudicarse 25 millones mientras su
contrincante se lleva 100 (cuatro veces más), para pelear tendría que romper su
contrato con UFC, el cual tiene firmado por 3 combates más, y poner en peligro
su integridad física, por ende su carrera, subiéndose al ring como un simple
novato con meses de entrenamiento ante un campeón invicto que no va a
especular, menos cuando su reputación y legado están en juego. Una pelea, por
donde se le mire, con un solo ganador.
La única
posibilidad real de McGregor pasa por atestarle al campeón un puñetazo que en
la jerga boxística se conoce como “Money Punch”, uno con la suficiente potencia
para lanzar a Mayweather sobre la lona. Y bueno, ante el mejor boxeador de este
siglo, maestro por excelencia de la técnica defensiva y una bestia que ni
siquiera Manny Pacquiao pudo domar, el puñetazo del billón de dólares se
antoja, como diríamos coloquialmente, “bien patas arriba”.
Skyhook: El puñetazo del billón de dólares
Unknown
4:04 p.m.
Unknown
4:04 p.m.
La debacle de Atlético Nacional
en Japón no es explicable dentro de parámetros lógicos. Ni por táctica, ni por
falta de preparación, ni ningún factor futbolístico duro que se nos pueda
ocurrir. La balanza la han terminado inclinando los intangibles, esos tan
temidos que pasan por debajo de la mesa en la gran cena de la conversación
futbolística porque, aunque todos desean tenerlos a favor, no existe trago más
amargo que verlos obrar en contra ante la impotencia de no poder luchar contra ellos.
Simeone dijo alguna vez que la
suerte siempre empalma con el más preparado, y que por ello él intentaba ser
siempre el más preparado en la contienda, para tratar así de seducir a la
suerte. Claramente, en momentos donde la necesitó, la suerte le abandonó,
concretamente en un desquiciado e histórico minuto 92:48. La suerte es una
ramera que elige sin discriminación; y que como hoy puede negar sus amores,
mañana quizá toque a la puerta con lencería negra y una botella de Bourbon. Se
le ama y se le odia, sin grises.
Nacional hizo lo que debía en
teoría, dominó en todas las facetas del juego desde el principio, salvo en los tramos finales donde se vio embriagado por la desesperación del marcador y la oportunidad histórica que se esfumaba. Se topó, sorpresivamente, con un onceno ordenado, serio, aplicado, subvalorado y con la suerte de su lado. Y ante la
suerte no hay nada que se pueda hacer. En la temporada más laureada de su
historia ha sufrido quizá la debacle más estrepitosa de su historia. Altos y
bajos, claros y oscuros; el fútbol, señores. Porque se hace válida aquella
máxima que el balompié lleva tatuada y saca a relucir religiosamente cada vez
que se nos va olvidando: el que no los hace, los ve hacer.
El partido quedará para la historia
por donde se le vea. Por el resultado, por la dinámica o por la “innovación”.
El primer partido en la historia del fútbol en el que se utiliza tecnología para sancionar un penalti queda
manchado por el error. Y es ciertamente justo, no es más que justicia poética;
porque cuando se desprende al deporte de una de sus condiciones innatas nada
bueno puede suceder. El error humano hace parte de la naturaleza orgánica del
juego en sí mismo. Y nos quitan eso. Ciertamente, queda poco en qué creer.
Menos mal nos queda la ilusión de la décima película de Tarantino y de la
(pronta) jubilación de Coelho.
Aun así, hay cabida para una explicación de tinte macondiano: La sucesión de episodios enigmáticos e inconcebibles. El V.A.R. (Video Assistant Referee), Alberigo Evani (el armar mal una barrera) y Jonathan Fabbro. Simplemente no se nos da en Japón, no se nos da el cetro mundial. Hasta en eso somos fieles a nuestra tradición. Todas nuestras debacles, que escapan de la explicación lógica, tienen una validación folclórica inconcebible en cualquier otra cultura diferente a la del sagrado corazón. Y qué le vamos a hacer si así somos.
Skyhook: El error humano y la suerte
Unknown
11:30 a.m.
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11:30 a.m.
En un año (siglo) que parece la secuencia de un filme de Hitchcock hay poco tiempo para recordar. El ejercicio de recordar necesita tiempo, espacio y un motivo. Motivos sobran, pero el tiempo y el espacio son cada vez posesiones más codiciadas y escasas. Lo curioso es que, como el cardón que florece en medio del desierto, existan resquicios de asuntos semi-inaprensibles para recordar y reflexionar, y que podamos detenernos sobre ellos, muy a pesar de su condición, es simplemente alucinante; como, por ejemplo, la remembranza de tiempos pasados felices. Solo hace falta aguzar los sentidos, captar los detalles y dejarnos embriagar.
Bajo el centelleante sol caleño dominical el detalle del humo rojo por montones, las leyendas presentes en la sagrada catedral, la atenta mirada de los cuervos esperando carroña luego de otro fracaso y la sed del náufrago que despilfarró y subvaloró privilegios antaño, presagiaban otro episodio de memoria. El ejercicio de remembranza del América de Cali fue como una lluvia en la sequía: tortuosa de esperar, pero exquisita al llegar. Los jugadores parecieron acordarse de que al escudo que defendían cada año en el infierno le colgaba una pesa más sobre los hombros que difícilmente será borrada, pero que será más fácil de difuminar entre menos pesas halla que tratar. Para el plantel fue un ejercicio de amor propio, para los fanáticos uno de catarsis y para la institución uno de revelación ante el mal tiempo; fue, en resumidas cuentas, como sacarle el dedo gordo al profesor de álgebra el día del grado.
A kilómetros de distancia otro ejercicio de remembranza fue causado por la conjunción de elementos inciertos. En Madrid una prenda de material reciclado, la lluvia torrencial y una victoria sin explicación, anclada en la pesada tradición de la que hace gala el Real Madrid cuando le escasea el fútbol, embarcaron a más de uno en un recuerdo que muchos construyeron gracias a vídeos y otros, muy pocos, atesoran celosamente en su memoria. La lluvia desdibujo el efecto de la sociedad líquida sobre el deporte. Por un momento pareció que la camiseta carecía de publicidad, marcas y logos, y que se limitaba a portar un color con un escudo sin más. Un detalle que recordaba tiempos donde lo único que importaba era la disputa de veintidós sudados por embocar un tejido inflado en un enjambre de redes. Otro deporte, otras épocas.
Tiempos de los que es pecado no acordarse y cuya gloria hay que perseguir para intentar emularla, pero que, lastimosamente, no volverán. Esto es lo que hay y lo que habrá. Y cuán necesario se hace, cada vez más, parar el reloj a las malas, enviarle castigado a un rincón del cuarto y sentarse a recordar.
Skyhook: Remembranzas
Unknown
3:19 a.m.
Unknown
3:19 a.m.
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
La voluntad
es algo que siempre puede verse cuestionado, pues es bien sabido que, como dice
el resabio popular, cuando se quiere, se puede. Siempre que la gente quiera
encontrará una manera, como programar una cita en la agenda más apretada
(mujeres que según la circunstancia son Obama o son Jim Carrey en “Yes Man”),
quitarle las pasas al helado de ron o el pepino a la hamburguesa y reemplazarlo
por tocino para complacer al cliente, y así; a diferencia, siempre que le
inunde la letanía, propia de un domingo a las cinco de la tarde, encontrará una
excusa; será entonces imposible fabricar el helado de ron con pasas sin pasas
“porque así viene” y siempre habrá un paseo familiar ineludible y de último
momento. Para ganas está Escocia, que en su lucha por sentirse lo menos
británicos posible tienen un billete propio, una liga de fútbol propia y
defienden la postura argentina sobre las Malvinas. Para excusas está
Inglaterra, que no se siente europea últimamente y que, en la victoria, se
ufana de un oriundo de Escocia como británico (casi como inglés), como un hijo
de casa.
Cuando hace
tres años Murray quebró el maleficio de los británicos en el torneo grande de
casa (77 años sin títulos) y pareció alcanzar la alargada sombra de Fred Perry
que tanto persiguió, viendo como su estatua a la salida del All England (que le
sonreía con picardía y malicia cada vez que abandonaba el césped sagrado sin el
trofeo a cuestas) pareció rendirse a sus pies al igual que todo el pueblo
británico, Andy dejó de ser el escocés semi-encadenado que nunca ganaría
Wimbledon para desafiar su naturaleza junto a la historia misma y el estertor
agónico y espeso que significaría su palmarés sin ser profeta en su tierra;
quebrando así paradigmas, etiquetas y callando cientos de bocas en el camino a
la cumbre. Desde que carburó no se ha detenido, como un autómata que mecanizó
su labor y ya no se conmueve como antaño porque se limita a cumplir con su
cometido, como la gran mayoría de los nombres que reposan en el Olimpo del
deporte. Le arrebató la medalla de oro en césped al mejor jugador de la
historia en césped, perpetuó (y ganó) batallas épicas contra otros monstruos
que, como él, están marcando época sentando una nueva era (sus duelos con
Djokovic son caviar) y el sudor frío ya no le baja por la espalda a la hora de
sentenciar partidos. Su reacción este sábado al llevarse la corona de maestros
fue de eventual alegría por la victoria, pero con mesura y sosiego propios del
campeón al que todo le sale porque ya está en la edad madura en que todo cae por
hábito y que, en lugar de vivir una epopeya fantástica, asiste a un día regular
de trabajo en la oficina, en el cubículo de la izquierda al lado del baño
llenando formularios de seguro social.
Murray
seguirá a lo suyo. Seguirá asistiendo al trabajo, poniendo la computadora a
andar para procesar formularios y dibujando sonrisas amplias en los rostros de
Judy y Kim; en Londres y sus alrededores, entonces, seguirán vociferando:
“Gracias, autómata querido” cada vez que sume otra copa a la vitrina de su casa,
que pareciera ser la misma vitrina británica (cada uno de sus títulos vale como
una Davis para las islas). Aunque todos sabemos que, de ser uno más del montón
y no el primero de la lista, sería escocés y no británico; sería el que saca
buenas notas, se sienta en la última fila y pasa desapercibido, y no el que iza
bandera, se gradúa con honores y es situado en primera página del anuario
ignorando el alfabeto. No nos engañemos.
Skyhook: Autómata querido
Unknown
5:24 p.m.
Unknown
5:24 p.m.











