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domingo, 12 de abril de 2015

El éxito, el estilo y el periodismo
José Mourinho en el Inter de Milán


José Mourinho respondía, sobre apoyar a la vieja o nueva escuela de técnicos de fútbol, a un periodista en una rueda de prensa de su etapa en Porto:

“Yo no soy un defensor de los entrenadores de fútbol viejos o jóvenes. Yo creo en los buenos y en los malos, aquellos que logran el éxito y los que no lo hacen”

Existen pocas palabras en el castellano más subjetivas que éxito. Y aplicadas al contexto futbolístico muchísimas menos. La comunidad futbolística y el mismo periodismo han llegado a equiparar como sinónimos, conceptos tan ambivalentes y distantes cómo “éxito” y “ganar”.

Y es que ganar se ha convertido en el único termómetro existente para medir, en función de variables inexactas, el éxito o el fracaso de un proceso. Con esta corriente, hemos venido equivocándonos, restándole méritos a aquellos que, a pesar de no ganar, sentaron bases previamente inexistentes para, por ejemplo, éxitos subsiguientes. Lastimosamente, algunos cosechan y otros recogen.

En esta caracterización del éxito, se debe tocar su punto de inflexión más inverosímil: El estilo. No existe una verdad universal sobre éste, y su intrínseca relación con el “jugar bien” o “jugar mal” (“feo” o “bonito”) lo hacen difícil de definir. Pero, ¿en qué se basan realmente los arrogantes que pretenden imponer como verdad suprema determinado estilo? ¿Habrá algo más allá de un juicio moral incomprensible o una estirpe anti-democrática? Vamos desde el inicio.

Que un equipo tenga forma, sentido, y responda a una manera de jugar determinada por su entrenador a raíz de diferentes situaciones o conceptos, se antoja necesario para el funcionamiento armónico de un onceno. Ahora, el estilo siendo entendido como la manera o la forma de resolver las situaciones que se presentan en un partido de fútbol.

El estilo, por tanto, está emparentado con la particularidad, con la forma de ser del que transmite o comunica. El que transmite cree en la particularidad y la asertividad del mensaje que intenta comunicar. Esto se antoja primordial, porque si no está completamente convencido de su mensaje, su inseguridad será inmediatamente descubierta por el receptor, en este caso el futbolista. Para el futbolista poder aceptar a un entrenador tiene que creer que lo está convenciendo respecto de un camino en el cual el entrenador cree. Pues es muy difícil darle varios estilos al equipo y asignarle el que conviene en determinado momento. Allí cabe lo que mencionaba Marcelo Bielsa como técnico de Chile sobre los estilos:

“Hay varios estilos distintos, lo que no hay es entrenadores exitosos que triunfen aplicando ideas en las que no crean firmemente”

Marcelo Bielsa, DT del Olympique de Marseille


Por tanto, denotamos que “jugar bien” no tiene relación alguna con el estilo, pues observando el juego como un sistema democrático y una dinámica autotélica, el único criterio realmente válido para sentar juicio sobre un determinado proceso o partido en singular, es el nivel de ejecución de la idea grupal, no la consecución de resultados. El espectador puede disfrutar de igual manera la perfecta ejecución de transiciones de Mourinho, los repliegues compactos de Simeone, la presión alta y contraataque letal de Klopp o el juego posicional de Pep. Jugar bien no debe ser un camino enjuiciable, debe ser el fin.
Entonces tu porción de éxito radica en ejecutar tu idea de la mejor manera posible (no existe la perfección), sin importar los resultados momentáneos. A mediano plazo el que juega bien, ejecuta y cree en su idea termina cosechando frutos. El juego debe tener el fin de primar las virtudes propias y no triunfar a causa de los errores del rival.

Los que planifican y estructuran ganan, y los que dan cabida a la improvisación, la especulación y las distintas variables (como el despliegue de talento individual) también. Ambos siempre sujetos al error humano, y a las pequeñas cosas que embellecen este deporte. Por tanto una escuela no es mejor que la otra. Tener más títulos en su haber no hace más exitoso al “catenaccio” que al “fútbol total”.

Convencer a un grupo es el paso primario de cualquier intento de éxito en cualquier ámbito de la vida. Diego Pablo Simeone en una entrevista con Maldini mencionaba:

“Yo creo que los equipos tienen una vida. La vida del equipo es el cómo juegan. Y si sumas gente que piensa de la misma manera y está convencida de la misma idea, más allá de que jueguen mejor o peor, es un éxito. No pasa por jugar bien para ganar, pasa por cómo lo transmites, cómo te compenetras y cómo compites para poder demostrarlo después. Puedes ver al Atlético de Madrid y son todos tipos con el mismo corte. Pueden jugar mal, pero nunca te van a fallar.”

El éxito en sí (o una parte de él) entonces vendría siendo, necesariamente, una compaginación homogénea de convencimiento y voluntad divina. Independientemente de que desee jugar como Hitler o como Lenin.

Hitler: “Logré comprender igualmente la importancia del terror físico para con el individuo y las masas”
Lenin: “Todo se trata de dar un paso hacia atrás para dar tres hacia adelante”

Si entendemos e interiorizamos estos principios, quizá algún día podamos juzgar sin automatismos efímeros y/o resultadismos, el verdadero sentido del éxito en un grupo o un proceso. Sobre todo nosotros, el periodismo deportivo. A ver si así le abonamos la merecida cuota a grandes infravalorados como Lillo, Bielsa o Menotti, a los que la justicia divina y el tiempo ya se encargaran de darles la razón, como siempre la han tenido.

“El periodismo no le ha enseñado al espectador más que geometría innecesaria que no merece ser explicada más allá de los números telefónicos”

Marcelo Bielsa

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