Skyhook: De imperialistas y colonos
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| Pep Guardiola y Carlo Ancelotti (Foto: Talksport) |
Los
grandes (y pequeños) imperios de la historia se han caracterizado, entre sus
monumentales gestas militares, por una cierta homogeneidad interiorizada desde
el triunfo de sus predecesores, aplicando ideas muy cercanas a su
particularidad dentro de los manuales de guerra seguidos a rajatabla. Con la
aportación singular de cada personaje como aspecto distintivo, claro está.
Marcados, además, por ápices diferenciales entre uno y otro. Un fenómeno
evidenciado, por ejemplo, desde la legión de conquistas e ideologías gestadas a
partir de los principios maquiavélicos. En pocas palabras, cómo el éxito de una
idea se propaga al ritmo de una pandemia cuando los agentes del sistema la ven
válida y fructífera.
Sucede en
la vida y, por consiguiente, en su vertiente más cercana, el fútbol. A partir
de la llegada de Guardiola al Camp Nou se empezó a germinar un fenómeno de
heterogeneidad táctica exquisito, sobre todo para el espectador, quién deleita
el paladar con el amplio bufé. El legado estilístico mesmerizador de Pep dio pie
a una nueva interpretación, a un nuevo aire de revolución en las entrañas del
balompié del viejo continente. Desde los modestos verdes de tercera división
hasta los impetuosos teatros se compartían ideas en una reciprocidad provechosa
para el crecimiento contingencial.
Para el
ojo del “tifosi” de tribuna fue maná en un desierto de presiones en bloque bajo
y tibieza. Su obra consistió en un entramado de pequeños procesos e ideas,
parte de un credo global innegociable, que desencadenaban coyunturalmente en la
mayor expresión futbolística de la década y, cómo poco, una de las mejores de
la historia del marrón.
Al
mencionar las clarísimas raíces provenientes de aquel fabuloso “Dream Team”
muchos acusaban a Guardiola de repetir una fórmula pre cocida por Cruyff y
Michels (ignorando bestialmente a Peucelle), sin tener en cuenta la crisis de
identidad que padecía el Barça en el último tramo de Rijkaard, síntoma común
desde la era post-van Gaal hasta la llegada de Pep al banquillo. Además de las
notorias evoluciones en materia defensiva y de presión post-perdida. Cómo dijo
alguna vez el multicampeón olímpico Phelps: “No soy un segundo Mark Spitz, sino un primer Michael Phelps”.
Su método
fue simple. Rescató esencia, sentido de pertenencia y compromiso, valores de
antaño que estaban algo refundidos, acompañados de un estilo construido con
pico y pala. No por casualidad las grandes eclosiones naturales son efectos de
la conjunción de elementos peligrosos. Desde Lillo en Sinaloa, Bielsa en
charlas veraniegas, cafés larguísimos en el piso de Menotti, encontrones
pedagógicos con Capello hasta asiduas visitas a casa del maestro Cruyff, fuera
de su experiencia palpable de haberle tenido cómo director de ceremonias,
formaron parte vital de la construcción del estilo autóctono. Tomó lo mejor de
cada uno. Idealizó, creyó, maduró, ejecutó y campeonó.
Erigió,
ladrillo a ladrillo, una pirámide de juego posicional exquisito que repartió
decálogos por doquier, dejando a su salida un irremediable vacío en el cetro
continental. Las hegemonías son agua en el Sahara desde aquel punto de quiebre
contra Di Matteo en 2012. Nadie es capaz de controlar grandes citas a punta de
posesión absoluta. Y ante tal dominio la solución de salida por la tangente
pasaba por ejecutar un plan que rozara la perfección basado en marcajes,
coberturas y ayudas incansables, ahogamiento y desgaste, además de perpetuar,
con poquísimo margen de error, contraataques feroces de manual en las cortas
rencillas de equivocación rival. Pocos hidalgos cómo Mourinho, Sabella, Lucescu
o Hiddink se aventuraron a ello, asumiendo todas sus consecuencias, plantando
cara y dejando cotejos de antología. Los necios con complejo de técnico
frustrado aseguraban, sin vergüenza alguna, que la clave estaba en quitarles el
balón.
El
histórico Walt Disney alguna vez mencionó que lo difícil no era llegar la cima,
si no mantenerse. Mismo fenómeno. El fútbol, al ser una ciencia tan detallada,
con estudios en constante evolución y tecnologías al servicio del deporte hace
cada vez más difícil sostener una idea revolucionaria que perdure más de tres
ciclos, tiempo suficiente para generar el mismo efecto de atracción y
adaptación; logrando toparse, tarde que temprano, con la tuerca que apaga el
reloj. El verdadero y trascendente mérito está en reinventarse cuantas veces lo
exija el entorno, en aras prolongarse en la cima. Caso Ancelotti, Heynckes o Halilhodzic que han dotado
a su filosofía de cierta (y necesaria) flexibilidad táctica que les permite
pregonar cimientos firmes y a la vez unirse a la ola estilística de turno. Y claro, campeonar.
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| Jupp Heynckes y Arjen Robben (Foto: BBC) |
A
diferencia de la tozudez que exige el no estar dispuesto a negociar el credo.
Con la llegada de Guardiola a Múnich se planteaba uno de los más osados planes
de trabajo. Decirle a una máquina colosal–única manera de definir la brillantez
sinérgica creada por Heynckes- que a pesar de ganarlo todo debe cambiar e implementar
un nuevo estilo significa un agravante mayúsculo para iniciar un proyecto. Algo
legado para genios, siendo los únicos en capacidad de no negociar sus ideas y
mantenerse en constante creación. Sistemas, variables, rotaciones, lo que haga falta
para mantenerse imprevisible ante un entorno que ya le conoce y cree poseer la
clave para detenerle. Eso sí, dándole continuidad a una metodología de trabajo
y entrenamiento, además de contar con verdaderos prodigios capacitados para
bajar las ideas del papel, entenderlas, razonarlas y explayarlas en sobre el
verde. Que la flexibilidad táctica exista en los micro-ciclos, en pequeños ápices. Bien lo aseveraba el campeón ajedrecista Kaspárov: “La regularidad puede influir al cambio positivo. Siempre hay que buscar
retos. Hallar nuevas preguntas. Tener el valor de pensar en grande y
cuestionarse sobre todo cuando las cosas marchan bien”
La
fórmula exacta del éxito no existe. Sobre todo por la constante evolución del
rival y el entorno, quién a causa de la misma heterogeneidad mencionada, cada
vez tiene más argumentos para complicar al histórico de turno, convirtiendo
campos como Anoeta o El Madrigal en los puntos asiduos para pérdida de títulos.
Divagar y
profundizar en estudios ilógicos no es más que jugar al alquimista con una
venda en los ojos, intentando solucionar el misterio de la vida por arte de
magia. Allí está la verdadera esencia de esto. Tan imprevisible y exacto a la
vez. Tan simple y tan complejo. Tan lioso y tan fascinante. El juego tiene la
particularidad de generar sensaciones y sentimientos diferentes en cada individuo,
por tanto, la cuantía de acercamientos a
este marca la pauta para poder disfrutar de un duelo de estilos, donde cada rey
cree que la causa de su imperio es la más justa y la única válida. Y el gran
ganador es el espectador.
En una
pugna de imperialistas contra colonos siempre ganarán los colonos, porque
poseen un valor agregado por sobre la carrera armamentista y militar que ambos
comparten: El engaño. Así, aquellos que se diferencian por pequeños detalles
que resultan siendo cuantiosos son los genios cuyas gestas contaremos en las
cenas familiares de la próxima década. Cómo bien lo enunció Simeone: “La diferencia entre Low, Ancelotti, Ferguson
y cualquier muchacho de segunda división es experiencia y un plus intangible,
porque de fútbol sabemos todos parecido”.
Aquel que
niegue que la revolución táctica que vivimos es una bendición para la retina
debe pertenecer a la horda que sostiene en el rating a los viles inquilinos de
los micrófonos que no diferencian el libre directo del indirecto (Sí, mientras
hablan en directo).
Porque
cada vez son menos imperialistas y más colonos, y entre colonos la lucha es
mejor. Claro, para el disfrute popular. Que al fin y al cabo es el objeto de
todo esto.
“Eso era la historia. Una rama de fabulación
y magia que pretendía ser ciencia”.
Mario Vargas Llosa








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