En descenso directo
Juan Pablo Gatti (@GattiJuan)
La distancia que separa
a Buenos Aires de Moscú es de aproximadamente 13.500 kilómetros. Pero la que
hoy está apartando a la Selección Argentina del Mundial de la FIFA Rusia 2018
es todavía mayor, ya que no hay que mirar solo la cantidad de puntos con la que
el equipo albiceleste llegará a la última fecha ante Ecuador -puede, incluso,
meterse en repechaje hasta perdiendo-, sino también el nivel tanto futbolístico
como anímico.
Y es que ante Perú quedó
plenamente patente el hecho de que el problema no radicaba en el estadio
(¿algún alma sensata realmente pensó que solo por jugar en la Bombonera las
cosas mejorarían drásticamente?). Se perdió más tiempo luchando por el lugar
donde se haría la última localía en vez de gastarlo en otras cuestiones más
importantes, posiblemente para tapar temas de fondo.
Y es que si la Argentina
llega con la soga al cuello a este final de las eliminatorias es también (y en
muy buena medida) por culpa de una dirigencia que está más preocupada en
mostrar su poder que en el aprovechamiento del “equipo de todos”. No por nada
se desmantelaron las juveniles -otrora bastión fundamental del país-, se echan
técnicos a mansalva (y no se busca mantener el mismo modelo a la hora de elegir
al sucesor) o se mantiene a uno de los mejores certámenes a nivel mundial en
estado de desorganización casi total. Si, los jugadores y los entrenadores
tienen su parte en este momento ya que son ellos los que organizan el estilo y
meten los goles, pero es menester recordar que los tres subcampeonatos
consecutivos en realidad fueron un oasis en medio de tanto desconcierto, lo que
los termina por volverlos un hecho notable.
El nerviosismo que
arrastran los que saltan al terreno de juego se hace patente incluso antes de
que estos pisen el verde césped. Ayer, al bajar del micro, se apagaron
súbitamente las sonrisas que mostraban los jugadores en el predio de Ezeiza, y
eso es un síntoma de que algo no está bien. Y es que, como expresé en una nota anterior, el problema del seleccionado es en gran parte mental. Ese cerrojo les
impide poder dar lo mejor de si, ya que el miedo al error es enorme. La
analogía es la de un equipo grande que juega buscando salvarse del descenso
(situación en la que nunca se debería ver envuelto, y por ende le resulta
desconocida). Esos partidos que antes se ganaban fácilmente ahora cuestan el
triple y esos goles que se convertían a mansalva son escasos como agua en el
desierto. Los jugadores magnifican las virtudes del rival y minimizan las
propias, al punto de destruirse psicológicamente cada vez que fallan una
situación de gol, un regate, un centro o una cobertura.
Ese estrés también lo
provoca por un país que pareciera que les exige más a los futbolistas que a
ellos mismos, lo cual genera hasta las lesiones que se han visto, como la de
Mascherano llegando al final del partido. Los músculos se agarrotan, las
piernas pesan el doble, la vista se nubla y los labios fallan al querer dar
indicaciones. Es como si cada futbolista debiera dar explicaciones cada vez que
realizan una acción en el terreno de juego. Y para jugar bien se necesita tener
la mente liberada, no descontrolada.
La Argentina llegará a
Quito buscando, aunque sea, el repechaje, que a esta altura no tiene nada de
deshonroso. Pero lo hará sabiendo que tendrá que luchar ante varios rivales:
los ya eliminados locales, la altura (por eliminatorias el seleccionado
albiceleste solo ganó una vez, en el 2001), el estrés del “no gol” y la lucha
mental por evitar un descenso que sería sumamente doloroso -dicho en otras
palabras, quedarse afuera del Mundial por primera vez desde 1970-. Sampaoli
deberá trabajar en varios frentes para evitar esto. Y aunque no lo parezca, aún
hay tiempo de salvar al barco. Aunque, dicho sea de paso, pase lo que pase
correspondería tomar varias medidas de fondo para pensar en un futuro más
próspero, situación realmente lejana a octubre del 2017.







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