El fútbol como campo intrascendente
Nota extraída de FulboBlog
Germán Lagger (@polilla_lagger)
A la par de los años acumulados, el fútbol fue perdiendo en mi vida todo aspecto seductor. Los motivos por los cuales empecé a jugarlo se fueron fagocitando, quedando solo resabios que puedo encontrar en algún destello individual o alguna inspiración colectiva. Pero esa alegría que puede producir un eslalon de Messi se ve opacada por un negocio perverso que, si bien no ha arrebatado lo que significa una pelota en la Argentina, ese sentido de expresión y representatividad, si ha ido desintegrando cada día más el espíritu romántico y primitivo del juego.
La verdadera influencia es la de hacer del fútbol una plataforma donde los estadios sean invadidos por un espíritu festivo, el turismo crezca, propios y extraños se sientan identificados en los equipos, hacer de este deporte un lugar menos toxico y recordar que se inició con un gran sentido comunitario.
Sin embargo, en la Argentina, el fútbol ha ido perdiendo todo tipo de incredulidad. La gente va a la cancha a ver a su equipo ganar. Y todo vale ante esta alternativa. Uno cuando ve una película, debe suspender su incredulidad porque el villano no es malo de verdad, sino un tipo que está actuando, que después se va a la cafetería con su víctima. En el fútbol, no pasa esto. El entorno no se deja llevar. Los porqués no están sujetos a cuestiones futbolísticas. El equipo no logra imponerse, porque no se hizo suficiente mala sangre o porque son millonarios burgueses y juegan por la plata. Esto después es motivo de violencias verbales y gráficas en todo el encono de la opinión pública. Ese mismo encono que se indigna por la violencia en Riestra-Comunicaciones, pero después genera un montón de mensajes subliminales sugiriendo que el fútbol es algo más que un juego, es algo pasional, dramático, de vida o muerte. Si el hecho es vital, el conflicto será vital. Si el hecho es sin importancia, el conflicto será sin importancia. Nadie se mata jugando a las bolitas.
Germán Lagger (@polilla_lagger)
A la par de los años acumulados, el fútbol fue perdiendo en mi vida todo aspecto seductor. Los motivos por los cuales empecé a jugarlo se fueron fagocitando, quedando solo resabios que puedo encontrar en algún destello individual o alguna inspiración colectiva. Pero esa alegría que puede producir un eslalon de Messi se ve opacada por un negocio perverso que, si bien no ha arrebatado lo que significa una pelota en la Argentina, ese sentido de expresión y representatividad, si ha ido desintegrando cada día más el espíritu romántico y primitivo del juego.
Apartar el lado primitivo del juego de
la realidad globalizante va en desmedro de la realidad de la sociedad, donde el
fútbol no está ajeno. Los clubes necesitan no solo de una estructura deportiva
sino también económica para cimentar un proceso que vele por un proyecto
futbolístico y también por la prosperidad institucional. No entender esto es no
llegar a lo que el dinero ha sabido comprender: hay que seducir. Hay que
generar interés.
La verdadera influencia es la de hacer del fútbol una plataforma donde los estadios sean invadidos por un espíritu festivo, el turismo crezca, propios y extraños se sientan identificados en los equipos, hacer de este deporte un lugar menos toxico y recordar que se inició con un gran sentido comunitario.
Sin embargo, en la Argentina, el fútbol ha ido perdiendo todo tipo de incredulidad. La gente va a la cancha a ver a su equipo ganar. Y todo vale ante esta alternativa. Uno cuando ve una película, debe suspender su incredulidad porque el villano no es malo de verdad, sino un tipo que está actuando, que después se va a la cafetería con su víctima. En el fútbol, no pasa esto. El entorno no se deja llevar. Los porqués no están sujetos a cuestiones futbolísticas. El equipo no logra imponerse, porque no se hizo suficiente mala sangre o porque son millonarios burgueses y juegan por la plata. Esto después es motivo de violencias verbales y gráficas en todo el encono de la opinión pública. Ese mismo encono que se indigna por la violencia en Riestra-Comunicaciones, pero después genera un montón de mensajes subliminales sugiriendo que el fútbol es algo más que un juego, es algo pasional, dramático, de vida o muerte. Si el hecho es vital, el conflicto será vital. Si el hecho es sin importancia, el conflicto será sin importancia. Nadie se mata jugando a las bolitas.
El fútbol se volvió algo demasiado
importante, sagrado, religioso y vital. En el nombre de la pasión se produjo
una ceguera en la muchedumbre y la alieno. Sacraliza estadios, himnos,
banderas, escudos. Paga el codificado con tal de ver a su equipo, sin importar
las condiciones que allá: clubes fundidos y que no pueden solventar la
formación de jugadores, administración televisiva obsoleta, jugadores que
emigran para solventar los huecos financieros de los clubes y acentuar los
mercados negros de representantes, abundancia de planos en las trasmisiones
televisivas de patadas mientras sucede un hecho importante en el juego, un
fútbol cada vez menos mirable.
El mensaje que cae es que el fútbol no
se piensa, se siente. El fanatismo no entiende de matices. Pero si entiende del
odio a la otredad. Un hincha de Newells es capaz de no leer a Fontanarrosa por
ser de Central. La devoción por los colores es provocada por la ilusión de que
algo más que un título de algún campeonato está en juego. Esa ilusión lleva a
considerar al otro como un enemigo. Ese odio alimenta al negocio. No se vende
un fútbol para seducir, sino para alimentar la industria del odio. El fútbol
argentino en vez de hacer crecer al negocio a partir de un producto más sexy,
más bello, busca el odio como norma rentable para vender más productos
marketineros. La violencia es el precio que hay que pagar para sostener esta
estructura. Ante esto, no sirve la paciencia, porque hay que resolver
cuestiones más complejas. El fútbol no debe ser complejo, es fácil. Para que
vamos a perder tiempo si podemos hacer lo más fácil que es destruir en vez de
construir.
Si habría más personas que le importara el fútbol cómo a mí, nuestro fútbol no sería rentable. Recomiendo ampliar nuestros horizontes, como conocer otros deportes, darles prioridad a cosas verdaderamente trascendentales como el amor o el arte. De esta manera, el fútbol volverá a ser lo que fue: algo no trágico y si un campo de belleza.
Si habría más personas que le importara el fútbol cómo a mí, nuestro fútbol no sería rentable. Recomiendo ampliar nuestros horizontes, como conocer otros deportes, darles prioridad a cosas verdaderamente trascendentales como el amor o el arte. De esta manera, el fútbol volverá a ser lo que fue: algo no trágico y si un campo de belleza.







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