El valor de los sueños
Soñar implica milenarias
tradiciones que por años se han construido alrededor de esta cotidiana práctica
que tantas dudas, aún en pleno Siglo XXI, nos genera. Para muchos definen la
suerte, para otros los condiciona la cantidad de comida ingerida la noche
anterior (Mi señora madre acusa a la “gula costeña” de las pesadillas) y así
existen millones de creencias alrededor de ellos. Para mí sólo significan una
expresión, la misma con la que respondo cada que me formulan la “pregunta del
millón”: ¿Que sueñas? Yo sueño con viajar en el tiempo.
Y no, mis propósitos no pasan por
la palabrería casual de corregir los errores y cambiar el presente. Mi deseo,
por muy “freaky” que suene, pasa por querer presenciar, en carne propia, los
momentos que marcaron la historia del balompié y su devenir.
Sin sorpresa alguna me topé con
que casi nadie lograba comprender mi extraño deseo. Mi madre, por su parte,
diría que me estaba volviendo loco. Que tanto computador me estaba quemando
neuronas, y que apagara ese bicho de una buena vez (De haber estado en el
colegio me lo habría quitado). Hasta que un día, navegando sin rumbo alguno en
la web, me topé con la foto que cambiaría mi desdén en una sonrisa de oreja a
oreja. A pesar de ser una imagen del siglo pasado, me vi inmediatamente
reflejado en ella.
Y allí estaba yo, personificado
por el “10” de los Rowdies de Tampa Bay. En 1977 un hombre había tenido el
placer de ver a tan sólo metros de distancia, lo que yo sólo puedo palpar a través
de una pantalla.
Su expresión lo dice todo.
Fascinado, extasiado, embelesado y como poco atolondrado. En sus narices estaba
el legendario Beckenbauer, a su lado el mítico Pelé, ambos desbordando
pinceladas de arte puro, regalándonos trazos propios de Da Vinci o Botero,
epopeyas sonoras con sus caños, tacones y “tocaditas” dignas de Bach y
Anatolyevich Khil. Arte en su máxima expresión histriónica, y él, nuestro
melenudo compañero, lo presenció a metros de distancia. Soltaré el "qué envidia" más certero que haya plasmado en un escrito jamás.
Encontrarme con alguien, así
fuese en foto, que compartiera mi disparate significa el cielo para mí. Y
encontrar quien secunde y viva el fútbol de la misma manera que yo, le da más
carrete a este hilo de locura que tejo a diario. Como diría el adagio popular “Ningún
loco es loco sin nadie que lo secunde”. Ahora, entrado en mayor edad y con la
plena seguridad de mis creencias y gustos, podré plantarme estas navidades (Sí,
como un descarado de 19 años pidiendo aguinaldo) y decirle: Sí, mamá, yo quiero
una máquina del tiempo, aunque me cuelgues de las orejas por admitirlo.







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